Reseña

Rosas, cartas y revolución: José Martí en su epistolario

03/24/2020

Una mirada crítica al ensayo de Juliana Javierre publicado en Klepsidra Editores

Por Diego Firmiano

¡Qué novela tan linda la historia de América!

José Martí (1889)

Una revolución, un juicio sumario, o una pasión amorosa también puede iniciarse por correspondencia. José Martí (1853-1895), el prócer cubano de ascendencia española, ingresó por primera vez a la cárcel, luego que los voluntarios del régimen español descubrieran una carta dirigida a Carlos Castro y Castro, condiscípulo suyo, conminándolo a que desertara de la escuela de cadetes, y acusándolo de apóstata de la causa cubana.

Esta misiva, firmada a dos manos, (la otra rúbrica era de Fermín Valdés Domínguez) le costó seis años de prisión bajo los cargos de traidor de la patria, y sería este incidente, el que finalmente le revelaría el tremendo poder de una carta redactada, sellada y enviada, porque el género epistolar, contrario a un diario, representa un diálogo, una toma de posición, el posible inicio de una revuelta, y/o la construcción de un yo histórico.

Esta anécdota patriótica, que además le causó el destierro, fue el inicio del arte epistolar de José Martí.  Una faceta no desconocida, pero si poco explorada, del prócer cubano, que la narradora pereirana Juliana Javierre (1993) examina generosamente en el libro “Cultivo una rosa blanca: Martí desde su epistolario”. Un ensayo de ciento siete páginas cuidadosamente editado por Klepsidra Editores en el 2018, y cuya importancia radica en destacar el perfil de un José Martí literario, narrador, poeta, allende de su incursión reaccionaria por liberar la isla de Cuba, llamada la “París del Caribe”, del dominio colonial español.

Juliana Javierre – Cultivo una rosa blanca: Martí desde su epistolario

Porque José Martí, en su tiempo, conoce la crisis que atraviesa América. Su correspondencia da cuenta de un continente atrasado por la subyugación colonial, que carece de producción literaria y se disuelve entre la política intervencionista, además de adolecer de una identidad que nos haga vivir y morir por esta tierra. Inconformidades generales que el libertador caribeño se propone subsanar agregando su cuota, especialmente, haciendo presencia con grandes ideas literarias expuestas en ciento cincuenta cartas que, Juliana Javierre, autora de este ensayo, estudia con detenimiento para bordear la cuestión del arte y la vida de un hombre multifacético e histórico, que con maestría y temeridad se convierte en la punta de lanza del llamado “Modernismo” en el nuevo continente. Ya que, si en Colombia se le atribuye la fundación de esta corriente al trágico poeta José Asunción Silva, en Cuba, José Martí es el líder más visible de este movimiento, tal como lo atestiguan sus cartas y sus contemporáneos.

Y aunque José Martí sea más recordado en Latinoamérica por revolucionario, no hay que omitir los detractores que, al mencionarlo para contradecirlo en su faceta de escritor o periodista, lo publicitaron con más ahínco. Me refiero al episodio del crítico argentino Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), quien, alegando, sobre la muerte del patriota dice: «Recordemos esta imagen, que no es la de las fotografías; recordemos que murió como Mayor General del Ejército Libertador y no con las palmas de la Academia de la Lengua» Y no es que el ensayista santafereño haya querido minimizar el que-hacer literario de Martí, sino que creía firmemente que una cosa se contraponía a la otra. Algo así como: “O hace esto, o hace aquello. Pero no las dos cosas a la vez”.

Un yerro, que perduraría hasta la redacción de una biografía del revolucionario cubano en tres tomos (dos de ellos póstumos), donde finalmente capitularía al creer, tal como José Martí creía, que el escritor (no el intelectual) debe intervenir e influenciar el mundo. Toma de posición, que parte de un Martínez Estrada como un feroz crítico sobre el devenir literario del prócer de la independencia de Cuba, a involucrarse al final de su vida en la revolución cubana e identificarse con su programa político.

Juliana Javierre – Cultivo una rosa blanca: Martí desde su epistolario

Y aquí es donde Juliana Javierre rescata con maestría, la llamada “consciencia del deber” del José Martí sensible, esteta y creador. Esa identidad literaria que ubicó al prócer cubano entre el lenguaje y la espada, entre la causa revolucionaria, y la moda ilustrada de la correspondencia. Porque la “misión” martiana fue alcanzar una doble independencia: la liberación de la España colonial, y la emancipación espiritual de los latinoamericanos. Un doble objetivo expresado en sus cartas, especialmente en el escrito dirigido a su amigo mexicano Manuel Mercado que evidencia un José Martí preocupado por su deber histórico de insuflar vida a América, resucitar la antigua identidad de los “americanos” y causar una bella y perdurable revolución con su tarea de narrador, versificador y poeta.

Un Martí subjetivo, almático, humano, que se entiende con una causa, pero también con el papel y la pluma, cuya tarea acuciante es establecer una identidad Latinoamérica a través de la narrativa, la poesía, las epístolas. Un deber que le urge y que nace en su alma no individual sino colectiva. Pasión que históricamente lo consumía día y noche en sus tiempos de la América subyugada, ya que, desde joven, cuando era editor de las gacetillas como El diablo cojuelo y La patria libre, tenía en mente causar una revolución, comprometerse con su gente, dejar un mejor continente a su partida.

Una visión o consciencia del deber, como escribe la Juliana Javierre, que pudo haber sido una utopía, sin embargo, cada etapa en la existencia de este hombre americanista, apuntaba a ello, “Y pensar que de un soplo mío dependerá algún día la libertad de Cuba” dice en una carta. Y en otro aparte afirma: “Es que ya me voy haciendo calvo, y tengo miedo de salir de la vida sin haber tenido ocasión de cumplir con mi deber.” Una cuestión, tanto patriótica, como literaria que lo llevó a donar su vida por sus ideales, sin que estos cayeran a tierra, contrario a don Simón Bolívar que naufragó en el mar amargo de su destino.

Juliana Javierre – Cultivo una rosa blanca: Martí desde su epistolario

José Martí, una vida, una causa, un hombre de espada y pluma, que finalmente sucumbió, al igual que el prócer colombiano Antonio José de Sucre (1795-1830), o el revolucionario angolés Jonas Savimbi (1934-2002), de tres tiros propinados a mansalva, por una facción de soldados españoles. Un final, donde irónicamente, el coronel español José Ximenez de Sandoval, anunciaría que sería España la que costearía una lápida para poner los restos de José Martí, el antirevolucionario, poeta, periodista, masón, e integrante del poderoso club neoyorkino, Crepúsculo, que tomó notoriedad luego de ser visitado por el filósofo ingles Herbert Spencer.

Así entonces, por último, como afirma Juliana Javierre: “La invitación debe ser … volver a Martí, a buscar no los calificativos sino la esencia. [Al hombre]… que no disoció, en ningún momento, su deber político de su búsqueda de lo bello, de la expresión exacta de la palabra precisa.” Recomendación demasiado acertada, y que trata de acercarnos al hombre, que a decir de Roberto Fernández Retamar escribió los poemarios Ismaelito, Versos libres y Versos sencillos, las críticas admirables sobre Wilde, Emerson, Whitman, Twain o los pintores impresionistas franceses, la revista para niños La Edad de Oro, además de numerosísimos artículos y cartas que cuentan entre lo más bello y entrañable que se haya hecho en nuestro idioma.

Klepsidra editores lo ha vuelto a hacer, es decir, traer un libro de y para la historia de las ideas. Un texto que cabalmente puede dar cuenta de qué sucedía con las letras en tiempos de la América española, cuando la política, las artes, la religión, y el mundo, eran uno solo. José Martí y Juliana Javierre, son parte de la literaria en Latinoamérica. El primero con su vida y obra; la segunda, por este ensayo, que, sin duda, nos convence que José Martí vive, y sigue vivo entre las letras.

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