Filosofía

La modernidad y los problemas fundamentales de la moral

Por: Elbert Coes

Por último, el moralismo es un juicio externo; la creencia casi siempre equivocada de que lo que es bueno para un individuo lo es para el otro.

La modernidad atraviesa hoy unos cambios sociales muy necesarios. Sin embargo, se está pagando un cierto precio por la impaciencia y el radicalismo moral. Esto es: que hay una reinversión de posiciones frente a la moralidad. En el siglo pasado, la religión dictaba lo que era bueno y lo que era malo, a lo cual se circunscribía el poder político, de forma que la contracultura se vio señalada, juzgada y condenada por su manera de vivir y de interpretar la vida.

Uno de los ejemplos mundiales es el movimiento hippie norteamericano de finales de los Sesenta y principios de los Setenta, que promovía la paz, la libertad y el amor universal; a lo que el sistema preestablecido denominó rebeldía, insurrección y libertinaje. Para muchas instituciones políticas de toda América aquello no fue más que una forma de huir a los imperativos sociales de la época, especialmente frente a los deberes para con la patria. Evadir, por ejemplo, el pago de impuestos o prestar el servicio militar, casi siempre obligatorio.

Para Immanuel Kant la moralidad se sostiene en la tradición del bien y la ley natural convertida en norma común cuando las comunidades primitivas descubrieron que por ejemplo la deslealtad, la traición, la mentira, afectaban más de lo que beneficiaban, en mayor tiempo, la conservación de sus miembros. —Un siglo más tarde Engels escribiría El origen de la familia, la propiedad privada y el estado—. Kant apoya su tesis en lo expuesto por Jeremy Bentham en Deontology: «La moralidad es el arte de maximizar la felicidad».

¿Qué es el bien y qué es el mal?

En Lecciones de ética, Kant rastrea los fundamentos de la moral desde la antigüedad, con Aristóteles y Heráclito hasta los preceptos bíblicos de la ley de Moisés, más no afirma que aquellas formas de aplicación sean las correctas. Lo que hace constituye un ejercicio para mostrarnos el por qué vivimos bajo determinados condicionamientos sociales, ética, moral y decorosamente hablando; los cuales en la actualidad nos cuestionamos y a la vez condenamos, sin comprender que de ello no existe un solo responsable. Por el contrario, todos, directa o indirectamente, lo somos.

Fernando Savater, en Ética para amador, plantea una cuestión bastante compleja. Esaú llega cansado y hambriento del campo frente a Jacob, su hermano menor, que acaba de preparar un guisado de lentejas. Cual buen vendedor, conociendo la necesidad del hermano, Jacob le ofrece un trato: un plato de lentejas a cambio de su primogenitura. Trato al que Esaú accede y del que se arrepiente no bien ha despertado del sueño y el sopor en el que cae después de comer.

El pasaje anterior nos permite evaluar las premisas de Jeremy Bentham y preguntarnos ¿qué significa «el principio de mayor felicidad»? y si en realidad esta expresión no es más que un razonamiento abstracto que podría derivar en el «peor mal común» para quienes no resultan favorecidos con la decisión ética o moral tomada.

Casi todos confundimos los preceptos éticos con los morales, y también los conceptos de moral, moralidad y moralismo o juicio moral.  Y a partir de ese error divagamos en cuanto a los juzgamientos sociales. Vamos a plantear una breve diferenciación: la ética como la moral es, en su más amplio sentido, una ciencia social que busca regular las relaciones desde la convivencia. La moral eleva unos preceptos más íntimos , bien por tradición o bien por convicción. A su vez, moralidad se refiere a la correspondencia de la acción o inacción con el precepto moral particular. Por último, el moralismo es un juicio externo; la creencia casi siempre equivocada de que lo que es bueno para un individuo lo es para el otro.

Dilema del tranvía

Esta última, que ha sido arrastrada por los sectores políticos y religiosos durante muchísimo tiempo, también se ha arraigado en los movimientos contraculturales toda vez dejaron de serlo al lograr la autoconsciencia o el propio «reconocimiento».

Para ilustrarlo pongamos el ejemplo de la discusión sobre la legalidad o ilegalidad del aborto. Claramente hay una gestión por despenalizar a quienes incurran en su práctica y eso incluye además un juicio moral contra quienes lo impugnan. Este asunto presenta un problema: la no separación entre el juzgamiento legal y el juzgamiento social, lo que hace que todo juicio penal se convierta en un juicio moral.

Pero además también está la otra cara del problema, que supone un juicio moral del «proaborto» contra el «provida». Incapaz de identificar la moral frente a la moralidad, e independientemente de las muchas razones válidas que tenga para defender su lucha, el «proaborto» señala al «provida» no por sus actos sino por su concepto e ideación del conflicto en cuestión (la defensa de una vida neonata).

Un ejemplo de que las posibilidades delante de un suceso determinado podrían ser infinitas es el dilema del tranvía planteado por Philippa Foot. La conceptualización y la ideación son inherentes a la individuación, y eso no significa juicio moral, que deriva en condena. Los obstáculos se presentan cuando, paralelo a ello, corre un juicio con resultados de facto y las decisiones deben ser tomadas por funcionarios incapaces de separar la moral (concepto e ideación) del moralismo (juicio moral). Cuando la condena o la absolución son meramente prácticas, el moralismo (moralización de un hecho) resulta un estorbo.

Dialéctica del amo y el esclavo de Hegel

En la modernidad la cuestión de los juicios morales plantea dos dificultades: la primera de ellas es su enfrentamiento con el establishment, para que determinadas conductas moralizadas se desliguen o individualicen de la conducta criminal. La segunda consiste en cuán arraigado pueda estar en la sociedad el reproche de una conducta moral. Esto conlleva a la necesidad de hacerle transición de un estado moralizado a uno de desmoralización. El bloqueo se presenta incluso para el individuo o sector que impugna dicha desmoralización, puesto que al tratarse de valoraciones abstractas es muy común hallarse ante vacíos teóricos. No obstante, parafraseo a Alan Watts, ser libres no significa que todo se valga.

Para la anterior propongo examinar a modo de analogía la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, donde la autoconsciencia, el reconocimiento del propio valor, puede revertir las posiciones sociales. Lo mismo ocurre con los juicios morales. Los cambios industriales por ejemplo requieren de humanización, para que la transición en el caso de mano de obra no afecte de forma abrupta al sector humano que viene a ser reemplazado por la tecnología. Esto es: que el sector afectado se readapte a la situación ya sea en otro oficio o en otra forma del mismo con un plazo suficiente de capacitación.

El costo de las transiciones morales está en la reinversión de los juicios y de la intolerancia. Además del desconocimiento de los fundamentos morales por parte del que impugna la desmoralización de una conducta (ejemplo, el «proaborto» que condena al «provida» por su moral). Aquí radica la importancia de una sensibilización completa para todos los involucrados, sin menoscabo, desprecio y juicio condenatorio de ninguno.

Los prejuicios parten de un lado y del otro, y en ocasiones todos los participantes entorpecen las transiciones y sus procesos. La moral, sin embargo, es individual, y cada cual la administra a su modo. Sin embargo, el moralismo o juicio moral es una cuestión ética que a todos nos atañe resolver, por el bien y la armonía social, cuanto más pronto mejor.

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