Psicología

La fe y el amor en Erich Fromm

Por: Elbert Coes

El que ama, el hombre de fe, no tiene más remedio que ser amado, que recibir de vuelta la confianza del mundo.

Aunque empezó estudiando Derecho, Erich Fromm pronto se dejó vencer por el pulso que lo empujaba a estudiar Psicología en la Universidad de Heidelberg (Berlín). Nació en Fráncfort del Meno, Alemania, en el año 1900, y moriría en Suiza ochenta años más tarde. Dirigía el departamento de Psicología del Instituto sociológico de Frankfurt cuando, en 1934, tras la escalada nazi, se vio obligado a huir hacia Estados Unidos. Estuvo vinculado al Washington School of Psyquiatry y a la Michigan State University, hasta el año de su retiro, en 1965.

Considerado uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, fue un incansable examinador del trabajo de Carl Gustav Jung, de Sigmund Freud y de Karl Marx; una mezcla complejísima si se tiene en cuenta que venía de familia religiosa, y a la cual añadiría la búsqueda de la libertad del ser.  Entre sus obras más destacadas se hallan El amor a la vida, La condición humana actual y El arte de amar.

El arte de amar, 1957

Este último, cuyo título original es The art of loving, fue publicado en inglés por primera vez en 1956 por Editorial Harper. En su ensayo Fromm hace un cuidadoso examen sobre lo que significa amar en la cultura moderna, deteniéndose especialmente en las formas occidentalizadas del amor. El libro, dividido en cuatro capítulos, parte de una cuestión simple y fundamental: de la pregunta ¿qué es el amor?; de las teorías colectivizadas del concepto de amor; de las diferentes maneras de amar, o mejor dicho, de los diferentes objetos y sujetos de amor, como son los padres, los hijos, la pareja; por supuesto no deja de lado una importante crítica sobre la decadencia del amor en la suciedad occidental actual; y finalmente, la obra termina con un capítulo sobre la práctica del amor.

Es en este apartado donde habremos de detenernos, en particular porque está claro que nuestra sociedad, y casi ningún individuo que la habite, sabe practicar el amor. Es preciso decir que aquí Erich Fromm deja clara la inexistencia de una receta para perfeccionar dicha práctica; no obstante, tal como el título del libro lo expresa, el amar es un arte, y si bien ningún arte precisa un derrotero, sí existen, a grandes rasgos, unas consideraciones que se deberían tener en cuenta para todo aquel individuo que desee convertirse en un maestro del mismo.

El autor propone unas premisas, el reconocimiento cuidadoso de dichas premisas, y por supuesto, su puesta en acción. Refiere que la única forma de lograr una maestría en el real significado del amor, es brindarle a esta práctica la misma devoción y entrega que se le da a artes como la pintura, la música, la escritura, en las que no cabe la mediocridad o los impulsos, sino una absoluta determinación, concentración y entrega.

Así, estas premisas, acuñadas en el lenguaje, serían: disciplina, concentración, paciencia, objetividad y fe. Las tres primeras se explican en sí mismas, como condición sine qua non para la perfección un arte cualquiera; Sin embargo, objetividad y fe plantean una dificultad mayor de compresión, de modo que Fromm profundiza con detenimiento en ellas para poder así eliminar cualquier esbozo de ambigüedad. Para la primera, aclara que hay que ver al sujeto del amor desde la realidad, y en lo pertinente desde su realidad, lo que hoy día se podría traducir como sororidad y empatía.

Erich Fromm (1900-1980)

Para la segunda, la fe, que se ha occidentalizado desde una concepción religiosa, hace una división entre fe racional y fe irracional, las cuales define así: «Al hablar de fe irracional me refiero a la creencia (en una persona o una idea) que se basa en la sumisión a un autoridad irracional.  Por el contrario, la fe racional es una convicción arraigada en la propia experiencia mental o afectiva» (Fromm, Erich, El arte de amar, 1956). Este tipo de fe, esta fe sana, debería ser la única —como el amor, que no debería aceptar clasificaciones—. Para Erich Fromm, esta fe racional atraviesa todo el cuerpo, todo el ser, la personalidad, y no una parte de ella. Y es por ello que se hace necesaria como premisa para la práctica del amor, pues supone que el mundo, en este caso el sujeto amado, es un espejo que refleja el mundo interior del que ama.

La práctica del amor debe entenderse como una tarea individual que, por supuesto, ha de extrapolarse a lo colectivo. El que ama, el hombre de fe, no tiene más remedio que ser amado, que recibir de vuelta la confianza del mundo. No por una funcionamiento capitalista del amor occidentalizado, sino como una consecuencia natural del arte de amar. En ese sentido Erich Fromm deja claro que el amor de intercambio, condicional, el de “Te ofrezco esto a cambio de aquello”, dista mucho del amor real, este que difícilmente podría lograrse si el amador vive en la trampa del sistema establecido, ya que amar, o mejor dicho, practicar el amor, requiere de navegar sin mapas, pues el amor mismo tiene funciones cartográficas para la vida.

«Solo la persona que tiene fe en sí misma puede ser fiel a los demás, pues solo ella puede estar segura de que será en el futuro igual a lo que es hoy y, por lo tanto, de que sentirá y actuará como ahora espera hacerlo» (Ibidem).

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