Cuentos entre panas

El hilo de la memoria

Prólogo

En este cuento el autor plantea un incómodo interrogante; si acaso la memoria no es un reemplazo de la acción; el que acaso el individuo sacrifique vivir a cambio del doloroso placer de la melancolía. Sí, también como forma de flagelo, de castigo auto impuesto, para construirse el propio infierno. Los lamentos —quizá un tormento más sofisticado que el dolor físico— de lo que fue y ya no es, no será. No será nunca. Su mecánica es, como nos muestra el relato, el constante hilar sin otro fin que la esclavitud del pensamiento.

La memoria es tan voluble (no se puede confiar en ella), que en una sola vida se puede ser León, Águila y Serpiente; humano y salvaje; conquistar un imperio y derrocarlo. La constante en ella, la memoria, la única constante, es la melancolía, porque contiene implícito el sello del «jamás volverá». Entonces, todo es ausencia, incluso el tiempo presente.

Elbert Coes   

No aspiremos a ser otros; seamos lo que somos, enérgicamente.
Fernando González, Viaje a pie, 1929.

Por Jorman S. Lugo
Especial Cuentos entre panas

La mujer estaba sola. Todas las tardes se sentaba en el mirador y veía cómo se iban cayendo los días. Su vida estaba en pausa. Algunas veces no cenaba por el simple motivo de no tener hambre. Caminaba por el pasillo con lentitud, como si esperara que alguien la llamara para poder voltearse y mirarle la cara. Llegaba al cuarto y se tumbaba en la cama. Le gustaba pensar. Era la única acción que no paraba de hacer. Sus pensamientos interrumpían cualquier tarea. Varias veces se descubrió mirando un punto fijo en la ducha mientras el agua le caía por los hombros. Perdía la noción del tiempo.

Nunca quiso convertirse en lo que era. Pero sabía que la vida tenía cosas incontrolables. Imponderables. Así llamaba estas situaciones. Ahora estaba inmersa en una de ellas. No se puede controlar el destino de dos personas. Le costaba aceptarlo. Lloraba de la impotencia. Tampoco creía en las lágrimas como un remedio, como su remedio, pero ellas le daban señales de vitalidad y fuerza.

Todo lo que le pasaba la mantenía en un estado de hundimiento. Su cabeza estaba bajo el agua del pasado. Melancolía. Se preguntaba qué iba a pasar con todas esas imágenes que recorrían su memoria. ¿A dónde irían? ¿De qué estaban hechas? ¿Por qué eran tan pesadas? ¿Cuál es el sentido de los recuerdos? ¿Recordar es vivir o es un lamento, una queja al presente? Se daba cuenta que no podía responder ninguna pregunta. Tomaba algunas pastillas. Encontraba el descanso.

Al despertar, casi siempre se miraba en el espejo buscando las señales de cambio que suele dar el tiempo. No hay arrugas. No hay canas. No hay manchas. Sin embargo, sentía que sus entrañas se contraían. Que todo lo que fue, ya no sería más; que el tiempo, con su intransigencia, la había abofeteado hasta tumbarla. ¿Y qué se puede hacer contra eso? Nada. Solo dejar que los días sigan su camino. En algún momento tiene que cambiar. Las heridas no pueden durar para siempre y mucho menos pueden estar hechas de la misma materia cada día. El dolor solo es remplazado por otro dolor más intenso. Y ella solo sufría por su pasado.  

La persistencia de la memoria – Salvador Dalí

Se sentaba a tejer en el mirador. Dejaba que la aguja perforara la tela sin mirarla. La aguja entraba y salía esperando que todo terminara. Cuestionaba su espera. Creía que esperar, solo por hacerlo, era un acto inútil. Muy cercano a la muerte. Solo los cadáveres esperan los gusanos. Ella no estaba así, aunque le faltaba poco. Volvía a llorar. No quería morirse pero tampoco tenía fuerzas para luchar contra su presente.

No volvió a llamar ni a recibir llamadas. Sus amigos se cansaron de insistir en la puerta. Creyó que la soledad era la única salida. Hizo de su casa una cueva. Empezó a hurgar en su vida sin más pretensiones que encontrar una pizca de sí, de lo que había sido. No encontró nada. Todo lo que vio, lo había construido otra persona que ya no estaba. ¿En qué momento se dejó invadir? ¿Realmente fue consciente de perderse en la esencia de otro? Lloraba. No sabía que olvidarse doliera tanto. Siempre creyó que lo más doloroso era desprenderse de otro. Lo experimentó al despedirse de su madre. Acostumbrarse a la idea de no volver a verla, no solo le destruyó la paz que le daba su presencia, sino que le cambió la forma de relacionarse con sus recuerdos. Cada visita hecha a su infancia, le decía que su madre estaba muerta y que todas las imágenes guardadas, eran lo único que tenía.  Pero no ser capaz de verse a sí misma, ni siquiera en los momentos de mayor alegría, la derrumbó por varios días.

Una noche de insomnio, se dijo a sí misma que no valía la pena seguir buscándose de esa manera desesperada. Era obvio que ella ya no era ella. Que recordarse era su mayor fracaso. Ya poco importaba lo que había sido. Lo más importante era empezar a ser otra. ¿Cómo le gustaría a él que actuara? ¿Qué le gustaría escuchar? No obtuvo respuesta. Le insistió en que si quería en la mañana ambos se irían. Nadie respondió.

La última vez que había estado con alguien, experimentó una felicidad que no lograba reconstruir. A su memoria le llegaban los despojos: una carcajada, un beso, una mirada. Solo fragmentos. Pero nada de donde sujetarse. Intentaba revivir en su cuerpo los pasos del ausente. Se ubicaba en la cama y dejaba que su mano la hiciera suplicar, entre sollozos, el retorno de ese cuerpo que la había abandonado. Aún no cabía en su cabeza cómo se puede partir sin despedirse. Cómo es posible abandonar al ser amado en la cima de la pasión. Pero estaba sola. Y así terminaría esa noche, como todas las otras, deseando ser abrazada.

Arquitecto – Rivera

Se cuestionaba todos sus errores. Su mal temperamento. Su intransigencia en no querer abandonar la casa heredada de su madre: el único lugar donde hallaba reposo; su miedo a aventurarse en una vida nómada. Quizá si fuera otra aún estaría con él. O al menos así le hubiera avisado que se marcharía. Tal vez le hubiera hecho la promesa de regresar. Pero no. Era ella y no podía dejar de serlo. No podía tener a la persona que amaba, ni regresar a su infancia, ni soñar un futuro. Ni si quiera era capaz de recordarse sin él. Y aún así, solo veía cristales rotos que la laceraban.

Ya no sabía cuánto tiempo llevaba sumergida en los fragmentos de su pasado. Tampoco lograba distinguir las voces que le susurraban. En el afán de aferrarse a algún recuerdo que le devolviera la vida, había tejido un laberinto de preguntas del que no podía salirse. A veces sostenía largas conversaciones con la persona ausente, donde le contaba lo feliz que era al verse de nuevo entre sus brazos. Le mostraba los sacos que tejía para él. Otras veces le preguntaba por qué se había ido, por qué no la había llevado con él. Le contaba que, aun así, esperaba su regreso alguna tarde. Contándole todas las cosas que hacía en el día, lograba dormirse.

En medio de un atardecer violento, se preguntó si algún día encontraría una forma para escapar de esa red que la había capturado, si sería capaz de desafiar a sus recuerdos y si lograría cortar la espera que la tenía suspendida en el tiempo, añorando la presencia de alguien. Quiso llorar. Pero su cuerpo ya no tenía más lágrimas. Al saberse seca, comprendió que los gusanos irían a devorar su cuerpo. Se levantó como pudo de la silla donde se mecía y volvió a preguntarse, ¿si fuera otra qué haría para liberarme de esta red que había tejido a mí alrededor y donde me ahogaba a diario? Miró al pavimento y lanzándose a él encontró su respuesta.

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