Un inventor en San Pío

Rafael Aguirre nos entrega una reseña sobre el mítico Guillermo Isaza, un hombre que vivió y murió para el cine, acudiendo a fórmulas e inventos en los que trabajó sin parar, casi llevado por una voluntad ajena a él mismo.

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«Recuerda, por ejemplo, las cartas que le envió a la compañía Kodak en Rochester, Nueva York, solicitando la fórmula química de revelado en color y en efecto la consiguió; nos dice que se demoró catorce años para desarrollarla y revelar sus primeras películas a color».

Por Rafael Aguirre

Usted que lee este artículo y yo que lo escribí, como seres humanos tenemos la terquedad en nuestros genes, esa otra facultad que nos separa de los animales pero que, además, podemos variar y modificar hasta lograr resultados que determinan el devenir cultural de la humanidad. La forma como manejemos nuestra natural terquedad puede marcar la diferencia entre un genio y un tonto y sirve para hacer el bien o hacer el mal.

¿Habrá alguien más terco que un inventor? Thomas Alba Edison realizó más de mil experimentos sobre incandescencia de filamentos antes de dar con la fórmula correcta que lo llevó a inventar la bombilla eléctrica.

En el barrio San Pío de Itagüí, en un costado de la avenida principal que va a La Estrella, en una casa de tapias, alta y con corredor, que nos habla de una vivienda campestre cuando nuestro municipio era un pueblo chiquito, vive desde añares don Guillermo Francisco Isaza Isaza, un monumento viviente a la terquedad, pues es un inventor que podemos encontrar sin ir tan lejos.

Su casa da cuenta de ese oficio; sus inventos, terminados unos, en uso otros, más los que todavía son proyectos, abarrotan un cuarto, la sala, el comedor y aun hubo necesidad de un zarzo para guardar libros, revistas técnicas en inglés, latas con películas y otros artefactos que solo él puede explicar. Muchas de sus máquinas están apiladas unas sobre otras; al parecer, el orden no es el fuerte de muchos genios.

Al acercarnos con más detenimiento, observamos que entre el caos visual sobresalen los proyectores y las cámaras, entre las que figura una para ver cine en tercera dimensión. En resumen, la casa de don Guillermo es un lugar donde se respira el mundo del cine y su apreciación minuciosa puede llevar días si se tienen en cuenta los planos, dibujos, apuntes y prototipos. Es posible editar un catálogo con sus creaciones y obras inconclusas o fundar, como algunos proponen, un museo temático.

Cine colombiano y premios Macondo

Don Guillermo tiene un aire de octogenario vital, bonachón, rollizo, de frente amplia, voz pausada y usa gafas de lentes gruesos. Al preguntarle por su profesión u oficio, no titubea para decir que es inventor y, como ocurre con algunos creadores geniales, su escolaridad no llegó al bachillerato. Nos relata que le tuvo pánico al mundo escolar y por ello recorrió muchas instituciones educativas de Medellín.

Estando en la Bolivariana, monseñor Henao Botero se quejó ante sus acudientes diciendo que el joven Guillermo era un muchacho rebelde y que en clase de religión se le veía haciendo dibujos raros, armando avioncitos y como pensando en otra cosa. No obstante, existe un personaje clave en la génesis de su formación; se trata de su abuela paterna, doña Ana María Isaza, de quien heredó su actual vivienda, la misma donde se ha refugiado desde los siete años de edad.

Su abuela era culta y adinerada, según sus palabras; llegó a recorrer medio mundo antes de declararse en quiebra económica y era tan comprensiva que le permitía al niño desbaratar relojes, radios y todo engendro tecnológico que funcionara.

Don Guillermo realizó en su juventud un curso de inglés que le fue muy útil para sostener correspondencia con institutos norteamericanos, especialmente relacionados con la industria del cine y la fotografía. Recuerda, por ejemplo, las cartas que le envió a la compañía Kodak en Rochester, Nueva York, solicitando la fórmula química de revelado en color y en efecto la consiguió; nos dice que se demoró catorce años para desarrollarla y revelar sus primeras películas a color.

Como resultado de sus numerosas relaciones internacionales, hace más de cincuenta años, llegó hasta su casa el vicepresidente de la Metro Goldwing Meyer, Míster Doopy, para observar uno de sus inventos, el tecniscope que consiste en una importante modificación que le da más precisión al sistema de arrastre intermitente o jalones y que en los proyectores adecúa el paso de los fotogramas a la velocidad en que nuestro cerebro percibe el movimiento; además, debe ir en perfecta sincronía con el sonido.

Aunque nadie le paró bolas en sus inicios, este sistema es el que actualmente se sigue. Mister Doopy lo invitó a ir a los emporios de Hollywood para continuar allí su labor inventiva; él se negó y dice que la culpa la tuvieron estas montañas que en Antioquia nos hace sentir como aprisionados. En su terruño se percibe encerrado pero contento, concluye para paliar un poco el peso de alguna culpa.

El Método de la terquedad

Don Guillermo explica que en sus procedimientos no usa ningún método de esos que llaman científicos; recurre al error y ensayo, la observación, la retroalimentación y capitalización de los errores. Dice que muchos de sus proyectos fracasados los guardó y años después pudo resolver los problemas. Aconseja que todo aquel que se inicie como inventor no debe botar nada, ni siquiera los entuertos, pues más adelante se pueden encontrar las soluciones aunque demoren años.

Buscando la identidad del cine colombiano

En 1966, cuando nuestra televisión aún era en blanco y negro, doña Gloria Valencia de Castaño le hizo una entrevista que tituló El inventor de Itagüí; lo sorprendente es que nadie en el vecindario lo conocía. En El Colombiano del 7 de noviembre de 2001, en la sección Arte y cultura, aparece el titular: Guillermo Isaza, el hombre que sobrevive a punta de inventos.

Para muchos expertos, don Guillermo fue el primero que en 1955 sonorizó una película de 16 milímetros en una cámara que más tarde sería la misma que usaron muchos pioneros en Medellín para filmar eventos sociales.

En los momentos actuales, don Guillermo subsiste gracias a la creación de un calibrador que sirve para reparar las cabezas de impresoras de punto.

A veces la gloria, al igual que la justicia, cojea pero llega; el día en que sostuvimos nuestra conversación, don Guillermo estaba sumido en un estado cercano a la depresión. La soledad, el encierro voluntario y demás pestes psíquicas, acechan a ciertos seres humanos cuando su pasado se ve cada vez más lejano, pues la angustia de un viejo no es por ser viejo sino por haber sido joven y para un inventor perteneciente al mundo del cine, un universo pletórico de divas, actores y genialidades famosas, la vida bohemia está a la vuelta de la esquina y se suele pagar un precio proporcional a la cantidad de goce vivido.

Pero el reconocimiento llega como un bálsamo para los hombres persistentes, el primero de marzo de 2003, con el patrocinio de Televideo bajo la presidencia de don Francisco Muñoz y la revista Bohemia de Itagüí, nuestro inventor tuvo que soportar su miedo al avión y viajar para recibir un merecido homenaje en el Festival de Cine de Cartagena.

Entrevistas, conversatorios, encuentros con periodistas, como Juan Gossaín, y fotografías al lado del escritor William Ospina y el realizador Víctor Gaviria, dan cuenta de este homenaje. Lo que más lo impresionó, según sus palabras, fue la cantidad de jóvenes interesados en sus adminículos para hacer cine. Y llegaron más laureles como la condecoración Pedro Justo Berrío de la Secretaría Departamental de Educación y Cultura y otros más que irán escribiendo su historia en vida.

El rollo de sus anécdotas

Conversar con don Guillermo Isaza, el inventor de Itagüí, equivale a darle una mirada a la historia del cine local y universal a través de cientos de anécdotas. La colección de películas llegó a sus manos de una manera providencial; al igual que Moisés, fueron salvadas por él mismo de entre las aguas de la quebrada Doña María.

El rollo es el siguiente: don Emilio Correa fue alguien muy prestante en la ciudad y su sueño dorado era hacer de Medellín un segundo Hollywood, para ello fundó una empresa llamada PROCINAL que no prosperó como él deseaba y a los pocos años tuvo que declararse en quiebra.

Cuando un abogado efectuaba el acto de lanzamiento en una finca de San Antonio de Prado, llamó a don Guillermo para pedirle que recogiera algunas películas que se iban a botar y parecía interesantes, y justamente, cuando ya estaban a punto de ser tiradas a la quebrada Doña María, él las tomó, se las llevó para su casa y las guardó a riesgo de convivir con un material peligroso, pues tales rollos y sus componentes químicos son inflamables, aparte de otros riesgos como la cantaleta de su mujer por guardar semejante peligro en casa. Corría el año de 1955.

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Creaciones que ya son patrimonio cultural

Al fin, la tenacidad de don Guillermo se vio compensada cuando muchas de las máquinas y películas que pasaron por las manos y bajo los buenos oficios de María Emma Mejía, estarán bajo la custodia de la Fundación Patrimonio Fílmico Nacional con sede en Bogotá; él mismo está seleccionando películas pioneras que tratan de la vida social, religiosa, cultural e histórica de nuestro antepasados y esos primeros años del siglo XX tales como el único registro fílmico sobre el entierro de Gaitán, la inauguración del estadio Atanasio Girardot, las primeras fiestas del maíz en Sonsón y otras joyas dignas de ser preservadas. Doña Miriam Garzón de García Márquez muestra interés en continuar adquiriendo parte de sus pertenencias y de paso, procurarle modestas fuentes de subsistencia.

Que nuestros jóvenes, atrapados en esa burbuja de inmediatez que los hace ser más operativos que creativos, sepan que en nuestro terruño vive don Guillermo Isaza, una lección viviente a la terquedad que empuja a crecer y pervivir con obras.

 

  El Genuino Remake, Volumen 1

Contacto: diambulosli@gmail.com

 

 

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