Tres leyes

Continúa nuestro Especial «Cuentos entre panas», esta vez tres relatos cortos sobre la compasión, el rechazo y la culpa. Lo invitamos a leerlos en ese orden.

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Dios está lejos ahora. La mente, silenciosa, susurra: Dios bendiga la gravedad. Quedan vestigios del deseo.

Por Elbert Coes
Especial Cuentos entre panas

Cooper

En medio de la oscura madrugada una luz se movió en el cobertizo. Ash tenía diecisiete, era delgado y medía ciento setenta centímetros. La luz de la linterna le alumbraba de la cintura al rostro cuadrado, tenía la boca ancha, los labios finos. Todo en él era pajizo: el cabello, las cejas, la piel. La luz se movió de un lado a otro sobre la tierra polvorienta frente a la casa.
__Ash bajó las escalinatas cargando un cubo del agarradero. Echó un vistazo hacia el oriente, donde una línea parda anunciaba el amanecer. Recorrió cien metros hasta llegar al establo. Quitó la cerradura y entró. Los tres caballos resoplaron casi al mismo tiempo. Ash se acercó a Georgia y le acarició el lomo.
__Oye, ¿aún no te lo ha dicho?, dijo mirando de reojo a Colorado, el caballo de al lado, blanco y enorme.
__Georgia relinchó y sacudió la cola contra sus patas traseras.
__Es un cobarde, dijo Ash. Será mejor que yo mismo te lo diga. Ash miró a Colorado, que había vuelto el hocico en dirección a ellos. Sí, mejor que te lo diga él mismo. Acarició la barbilla de Georgia. Aquí está tu desayuno. Será mejor que te lo comas todo. Es la única manera de que te alientes. Queremos verte bien. En especial alguien que conocemos cuyo nombre mejor no digo.
__Colorado sacudió el hocico y lanzó un resoplido amenazador. Ash le sonrió.
__Ustedes tendrán que esperar a padre. Se sentó en una banca hasta que Georgia hubo terminado de comer.
__De vuelta a la casa había amanecido. El padre estaba de pie en el cobertizo, mirando en dirección al camino que lleva a la avenida. Tenía puesto los vaqueros, una cazadora y botas de montar. Sostenía el sombrero en la mano izquierda.
__Si vas al pueblo, asegúrate de llevarte a Huesos, dijo. Está viejo, pero conoce estas tierras mejor que nadie.
__Me llevaré a Colorado, dijo Ash.
__El padre se puso el sombrero.
__¿Cómo está ella?, preguntó.
__Se ve bien. Dos días más y vuelve a pastar. ¿Irá a ver al veterinario?
__Sí, tan pronto acabe con ese maldito coyote.
__Ash miró en la misma dirección que miraba el padre.
__Te refieres a Cooper.
__El padre lo miró, con las cabezas de las cejas arqueadas hacia arriba de la frente.
__¿Cooper?
__Es el nombre que le puso Roster.
__¡Qué diablos!
__No es nada listo, dijo Ash. Lo vimos desde los árboles al borde del río. Tomaba agua y de vez en cuando se volvía a morderse la cola. Estúpido animal.
__Será muy estúpido, dijo el padre, pero se está comiendo tu comida.
__Los ojos verdes de Ash palidecieron ante la honesta mirada del padre, que volvió a entrar en la casa. Ash dejó el cubo en el cobertizo y se fue a la cabaña de atrás. Mientras caminaba escuchaba los ladridos de Huesos.

Fantasmas

Entró al café, apenas ocupado, cerca de la puerta, por una pareja con cocteles coloridos. La vio y su corazón brincó. Ella también lo vio desde el fondo. Tenía delante de sí, junto al café, un libro abierto, pero chequeaba su celular. August se preguntó qué estaría leyendo, si es que en verdad leía. La bartender lo saludó preguntándole qué deseaba. Vine por unos libros que me dejaron aquí, dijo él. ¿Los del evento?, preguntó la joven alzando sus cejas espesas, agachándose para sacar la bolsa de la alacena. Antes de colocarla encima del mesón leyó el papel cubierto con cinta adhesiva. ¿Usted es August…? Ese soy yo, respondió él con la vista clavada en el fondo del salón. La chica de ojos pardos lo miraba; August movió los labios intentando una sonrisa, pero ella no la percibió.
__Tomó la bolsa, la apoyó en una de las mesas y la abrió. Por el rabillo del ojo la vio levantarse, caminar en dirección a él. Cerca, ella se dirigió a la bartender: ¿Cuánto es? Él estaba de espaldas, luego escuchó: ¿No me va a volver a hablar? Tímido se dio vuelta y descubrió los ojos pardos clavados en él. Tanta tristeza en un par de iris le pareció poético. August tardó casi un minuto en responder, con los párpados bajos porque sintió una repentina oleada de vergüenza. Si hubiera sido de piel blanca, todo él habría cambiado de color. Dijo: Usted tan chistosa. Lleva cinco meses sin saludar y hace esas preguntas. Ella, Ángela (por supuesto recordaba su nombre), le dio la espalda con cierta coquetería, y mirando a la bartender dijo: Fue usted quien dejó de hablarme. August no supo si volver a sus libros o esperarla. Después de que ella pagó, ni siquiera lo miró y se fue otra vez a la silla, tomó el libró abierto de encima de la mesa y se sumergió en él. August, que siguió sus movimientos, antes de que ella volviera a abrir los ojos pardos, cerró la bolsa, dio las gracias a la bartender y abandonó el café.

Tres leyes

Alicia se decide entre inclinarse a orar y acariciarse un flanco de la vagina. El amanecer es índigo, el cuarto es índigo. Su cuerpo matutino sigue bajo la sábana, de los hombros a las pantorrillas, con los piececitos fuera, como termómetros. No suele haber variaciones climáticas en esta habitación, salvo las raras ocasiones en que sus dedos pasean bajo el pijama.
__La acción depende de eventualidades. La humedad del sexo está inducida por una acción. La libido es una reacción. El sexo es más físico que químico (a menos que el amor llegue cuando el cuerpo no lo espera). Los hombres son químicos, y se aferran a Dios, que es física. La física parece indiferente al amor. Pero Dios es amor. Los opuestos se anhelan, se repelen, se complementan. La vagina de Alicia no piensa, anhela su opuesto. El sol solo saldrá cuando las cosas que proyectan sombras estén dispuestas.
__También Dios es contradictorio, y Alicia no solo lo ha olvidado esta mañana sino que además juega peligrosamente con su cancela húmeda. Entreabre los labios, respira hondo, baja los párpados, con menos voluntad que una manzana que cae.
__Para qué despertar tan temprano si no va a estudiar. Llevaba dos semanas en casa, por cuarentena, abriendo los ojos hostigada por el sol de la ventana, y dos veces ha tentado el camino con las yemas de sus dedos índice y medio; dos veces ha expandido su mundo interior y sobrepasado el umbral de las culpas. Una culpa nueva, la gran culpa, aciaga, propia de quienes preparan su infierno, muerte eterna, fuego eterno. Definida, y esta definición es lo que la hace inevitable.
__Se reconoce con claridad el meter y el sacar. Al salir viene el instante aciago. Antes de sacar, y después de meter, se halla el momentum. Entonces todos los condenados sonríen triunfantes, porque Alicia al fin entiende la razón por la que algunos prefieren el infierno, la muerte eterna. Es un instante sin reversa. Llega. Ya no piensa en Dios. Para su mente, el momentum y la oración son excluyentes, para la naturaleza es lo mismo. Ya no piensa a Dios, se convierte en diosa. El cuerpo es la química y Dios la física; ambos vibran en coalición. El orgasmo es la más excelsa de todas las deidades.
__Huele sus dedos húmedos, maniaca, instintivamente. Se retuerce y estira para quedar bocabajo. Clava la culpa en la almohada, lanza un quejido mudo, preguntándose qué es esa sensación, por qué lo hizo. La mente queda en silencio, la otra mano en la entrepierna. Dios está lejos ahora. La mente, silenciosa, susurra: Dios bendiga la gravedad. Quedan vestigios del deseo.
__El resplandor del sol acaricia su espalda por encima del pijama. Los pasos que oye del pasillo sacuden su culpa. «No me siento bien, mamá», dirá cuando venga a preguntarle por qué no se ha levantado; y luego más culpas. Este pensamiento hace que dé un salto y entre en la ducha. Explora el cuerpo del deseo. Dios se ha ido. A dónde. Su mente lo excluye, la naturaleza es indiferente: Dios y el orgasmo son la misma cosa. Entre el recuerdo y las ganas de revivirlo, en lugar de inclinarse a orar, Alicia decide revolver la culpa, darle sentido, reciclar los vestigios del deseo.

  Secreto familiar

Sobre el autor

Elbert Coes (Quibdó, 1983) Ganador del concurso de crónica y cuento de la Universidad Libre. Mención Especial en el concurso de cuento Colección de Escritores Pereiranos 2015 (Estímulos). Ganador del concurso de cuento corto del Tercer Festival de Literatura de Pereira, FELIPE III, 2016. Ha escrito para varios medios virtuales como La Cola de la rata, Literariedad y El Espectador. Autor de Florida Killer (Klepsidra Editores, 2019). Actualmente es editor de diambulos.com y miembro del comité editorial de Klepsidra Editores.

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