Trapos rojos

Retrato del hambre en los pueblos de la región en tiempos de pandemia. Diego Valencia Gómez hace una visita a Zarzal, Valle del Cauca, y este es su relato

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Retrato del hambre en los pueblos de la región en tiempos de pandemia

 

I

Salimos de Santa Rosa a las 8:25 a.m. del 20 de abril de 2020; las basuras, los fuertes olores y el hambre se veían en la variante occidente del municipio de Dosquebradas.

Evidentemente es ineficaz el hecho de que haya una pandemia para que los residuos dejen de ser un problema en este pequeño pueblo industrial.

Los trapos rojos aparecieron a lo largo de toda la vía El Pollo, alternativa vial entre la ciudad de Pereira y el municipio de Dosquebradas para llegar más rápido al Valle del Cauca.

El hombre que me acompañaba en el carro sacó varias bolsas con panes, pandequeso y buñuelos para compartirlos en el viaje.

Ralentizó la marcha al ver un par de mujeres que mientras caminaban por un lado de la vía mostraban un trapo rojo; y les entregó algo de comida. «Muchas gracias, mi don», dijo la muchacha, que iba acompañada de su mamá.

No hay pandemia que reduzca el exceso de basura

 

  Arenas del Otún

El trapo rojo es la nueva forma de rebusque en estos tiempos de coronavirus, si es que a eso se le puede llamar “rebusque”… Las entregas que hizo el conductor no fueron suficientes, y eso que contamos entre él y yo un poco más de 40.

Las familias quedaban atrás, muchas con el descontento de no haber recibido siquiera un pedazo de pan. «No, hermano, toda esa gente con trapos rojos y uno apenas con esto», comentó el conductor.

La vía estuvo extrañamente sola esa mañana, ningún retén en el sector de la postrera, ninguno tras la vía El Pollo y ninguno en el peaje Cerritos Dos, antes de cruzar hacia el municipio de Cartago, Valle. Para sorpresa nuestra, tampoco hubo algún cobro sobre el peaje. «Bien pueda siga, que no estamos cobrando peaje», dijo la asistente de recaudo.

Trapos rojos a lo largo de la vía intermunicipal

  Muridae hominis

9:35 a.m y la carretera tenía más migrantes que autos. Solo algunos camiones de carga, uno que otro auto particular o camioneta con letreros de empresas para las telecomunicaciones y por supuesto, el calor exponencial acercándose el medio día.

El conductor suena la bocina a unos caminantes con acento venezolano.

«Vea, muchachos, pa’ que coman alguna cosita».

«Que dios me lo bendiga, señor», responden.

Pronto estaríamos cerca de Zarzal, tal vez con más calor, pero no con el mismo que sienten los caminantes, quienes llevan hijos en sus brazos o sobre sus espaldas.

II

Miércoles 22 de abril en Zarzal. Sobre las 2.30 de la madrugada se escuchaba jadeante un hombre a las afueras de la casa en la que me hospedaba, en la calle 14ª. Algunas personas le repetían constantemente que se calmara. El hombre gritaba extrañamente como si quisiera vomitar.

El sueño pesaba en mis párpados, y sus jadeos ya sólo se transformaron en paisaje sonoro; como siempre, el despertar de madrugada trae raros acontecimientos o ciertas ansiedades.

9:45 a.m. Después de cruzar algunas palabras con la inquilina proseguimos a organizar la indumentaria suficiente para salir al pueblo.

«Tú vas en la bicicleta y yo en la moto, eso queda bastante lejos», dijo. Accedí esperando que afuera el calor estuviese soportable. En efecto, Zarzal lleva algunas semanas con un clima relativamente fresco.

A las 10:45 ya nos encontrábamos en el barrio La Balastrera, después de cruzar por unos kilómetros la variante hacia las vías que conducen a otros lugares. Trapos rojos, personas buscando reciclaje y casas en esterilla se observaron durante la ruta. Las necesidades de la gente no las veía en la carretera, las veía en los trapos rojos colgados.

«Cómo está, mi señor», preguntó mi compañera.

«Muy bien, sí, mi niña… ¿y usted?», contestó Arnulfo Marín, padre de tres hijas, cuya esposa Saudy Rosa se encontraba “rebuscándosela” en el centro del pueblo.

«Todo muy bien, sí señor. Vea, es que estábamos por acá preguntándole a la gente, cómo le va con esta vaina de la pandemia», dijo mi acompañante.

«¡Claro que sí!»

Arnulfo es un hombre de aproximadamente 60 años, delgado y con la mirada triste y mansa. Su mano derecha tambalea un poco mientras se expresa y en general tiende a cruzar las palabras.

«Mi niña, yo vendo boletas de lotería hace mucho tiempo ya, de eso vivo y con eso nos hemos sostenido acá en la casa, gracias a dios el ranchito es propio», contó tímido.

«¿Y si ha recibido ayudas de la alcaldía?», preguntó “mi niña”.

«No, mi niña, pues, por acá sinceramente no ha pasado nadie, si ha venido gente, pero por cuenta de ellos, que nos regala y nos ayuda y pues uno espera cualquier colaboracioncita de alguien».

Arnulfo se rasca brevemente la nariz y continúa diciendo que las cosas no van muy bien, aunque la casa sea propia. Tiene una hija en el hospital porque antes de todo ella ya tenía problemas respiratorios.

El trapo rojo de su casa es una camiseta colgada sobre la barandilla de una de sus ventanas. En seguida se puede observar una casa con un harapo, otras consecutivas tienen telas que parecen banderas; en esencia, casi toda la comunidad de ese sector padecía el síndrome del trapo rojo.

«Bueno y aquí entre los servicios, el estudio y la comida se nos va la platica. Andan diciendo los de la alcaldía que van a entregar ayudas, pero todavía las estamos esperando», finaliza don Arnulfo.

Don Arnulfo Marín

  Crónica de una locura anunciada

Para las 11:00 a.m ya habíamos terminado la pequeña charla, mi compañera sacó algo de mercado que tenía en su casa y se lo entregó. «Vea, ahí le trajimos alguna cosita». Agradecido recibe y accede a que yo le tome una fotografía.

Posa parado en el marco de la puerta de su casa. Nos despedimos, de inmediato vuelve a agradecer «mi dios me les pague, muchas gracias».

III

12: 15 p.m del 24 de Abril de 2020.

«Es que me informan que su señor padre lo está esperando a las afueras del municipio y que usted está aquí en Zarzal haciendo un trabajo de reportería, ¿eso es verdad?», me preguntó el secretario de Gobierno del municipio a través de una llamada telefónica.

«Si señor, claro, eso es cierto».

El secretario continuaba afirmando que le parecía un acto un tanto incomprensible, teniendo en cuenta que venía de otro lugar y que había «firmado un compromiso de confinamiento».

Le mencioné que estaba cobijado por el decreto 531 del artículo tres en el artículo 30 por el cual el desplazamiento para la prensa está habilitado.

Me interrumpe brevemente para decirme que entendía y que sólo necesitaba hablar conmigo para ver que todo estuviese en orden.

«Entonces en dónde nos vemos, ¿voy a la Alcaldía?», pregunté.

«¡No!, usted entenderá que es contradictorio que por estas vainas del confinamiento yo lo haga venir hasta la alcaldía, deme la dirección y yo iré», me respondió.

Ya eran las 12:20 p.m y, ansioso, esperaba la visita del secretario. Mi compañera observaba por la ventana; atisbó, empezando la calle, una camioneta Prado blanca con vidrios polarizados.

«Ay, ahí viene la alcaldesa, marica», dijo mi compañera.

Un poco nervioso tomé mis cosas y bajé.

«Buenos días, sí, ¿cómo están? Bueno, cuénteme, qué material ha recolectado, ¿por qué Zarzal y no otro municipio?, ¿también ha registrado lo que hemos hecho nosotros desde la alcaldía?, pues, de eso se trata, de ser imparcial también».

Así funciona la institucionalidad, supongo, llegando en camionetas caras y sonriendo a alguien que para estos tiempos puede parecer un enemigo potencial, y que encima es alguien recién llegado de Pereira, un municipio de Risaralda donde ya se registraba un caso de Covid-19.

No siendo más, me invitaron a subir las cosas a su camioneta para llevarme hasta el lugar en donde esperaba el conductor. Me ayudaron a subir los útiles que tenía en el lugar, me despedí de mi amiga y su hermano y subí a la camioneta.

«Sea sincero, ¿cómo vio las cosas en el pueblo?, dígalo sin miedo que yo sé que no todo es perfecto», dijo el Secretario.

«Sinceramente, la gente se queja mucho y la gente por supuesto, tiene necesidades», respondí.

Sobre las 12:40 ya estábamos llegando al lugar donde me esperaba el conductor, el mismo quien ayudó a traerme el pasado 20 de Abril. Antes de bajarnos, la mujer, que por supuesto, no era la alcaldesa, comentó: «Bueno, muchacho, ahí disculpa y espero no nos tire muy duro en esa crónica»

IV

11:35 a.m. del Miércoles 22 de Abril. La vía seguía parchada en trapos rojos. Encontramos una casa que tenía como antejardín una carreta grande y cuadrada. Un señor estaba seleccionando plástico y cartón.

«Buenas tardes», dijo mi compañera.

«¿Cómo están?», respondió el señor.

Después del protocolo inicial sólo nos invitó a sentarnos en las sillas plásticas blancas que tenía bajo un árbol, parecido a una ceiba. Una señora con un poco más de edad, nos observaba mientras él respondía a nuestras preguntas.

«Yo vivo aquí hace veinte años ya, soy de La Paila (Un corregimiento del municipio). Aquí con mi mujer hemos reciclado desde hace mucho tiempo; nos le pegamos al carro de la basura y vamos escogiendo», dijo el señor.

Hace 17 años se terminó su trabajo en Riopaila para el lavado de la caña. Hicieron recorte de personal gracias a la llegada de maquinaria. Esto produjo que tuviese que buscar una manera de sostenerse y la mejor fue el reciclaje.

No se notan sus 55 años de edad; un día normal para Luis Alfonso es levantarse, desayunar lo que se pueda, esperar a que pase el carro de la basura y junto con su esposa seguirlo para empezar la recolección de material reciclable.

Espera al medio día para concretar un almuerzo de la mano de Danila, su esposa, despachar a sus hijas a estudiar y volver a la recolección.

«Y vea, ustedes que están preguntando. A mí no me han preguntado, pero les digo, yo llegué hace 20 años a este pueblo desplazada de Caño Manzo, es un pueblito del Chocó que queda más allá, yo no sé si usted conoce a San José del Palmar», dijo doña Berta, quien perdió la timidez.

Caño Manso pertenece al Territorio Colectivo de Curbaradó y se ubica a orillas del río que lleva ese mismo nombre, en la región del Bajo Atrato, y desde 1996 sus habitantes han sido víctimas de innumerables desplazamientos forzados que estuvieron acompañados por hechos de violencia como masacres, asesinatos y desapariciones forzadas, perpetradas por estructuras paramilitares que actuaron bajo el auspicio de la Fuerza Pública. (Vía Contagio, radio)

Berta no sólo es negra, es mujer y es desplazada, además, al llegar a Zarzal, se convirtió en una mujer empobrecida. Llegó con su hija mayor. Su otra hija, Danila, cónyuge actual de Luis Alfonso. También había llegado de algún lugar en el Chocó por las mismas razones.

«¡Vea!, esa niña, Venga Jasney», gritó Berta. Sonriente la niña, se acercó y se le sentó al lado. Berta continuaba diciendo que de allá sacaban los cuerpos en helicópteros; que era “la guerrilla” quienes habían matado un poco de gente.

Mataron a su esposo amenazado con antelación para que desocupara la tierrita junto con un grupo de personas que ocupaban esos territorios. Razón por la cual ella se vió obligada a dejar el municipio.

«Y vean, es que uno llega acá y nunca me reconocieron nada, ni la unidad de víctimas ni la alcaldía, y ahora con esto de la pandemia, nosotros no sabemos qué hacer», finaliza.

Luis Alfonso dice: «traen uno o dos atados de panela, una libra de arroz y un aceite pequeño para decir que están repartiendo mercado, pero es que aquí somos muchos y eso no dura nada».

Los ranchos donde tienen sus pertenencias están hechos en esterilla, un techo con pedazos de teja y algunos plásticos en las paredes para cubrir hoyos. En la parte lateral derecha se encuentra separado entre cartón y algunos plásticos el reciclaje de Luis. Hacia el fondo tiene botellas de vidrio, envases de gaseosa y metales.

Luis Alfonso, Yuri, Jasney, Danila, Berta, habitantes del Zarzal, Valle del Cauca

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«Las botellas de vidrio cuestan poco, el kilo es a cincuenta pesos. Las botellas de gaseosa grandes son las que más dejan, está entre trescientos o cuatrocientos pesos el kilo y el cobre es como a 12.000 pesos el kilo, pero usted sabe que eso no lo va a votar la gente».

Danila, que al principio se mostró reacia para hacer algún tipo de comentario, ahora estaba abierta a contar cualquier cosa. «Mi hija, la mayor, está por fuera, ella peina. Está en el centro consiguiendo alguna cosita».

Es común que algunas mujeres provenientes del Chocó traigan consigo la tradición de los peinados, los mismos que le fueron funcionales en los palenques para indicar rutas de escape de sus opresores a los demás integrantes de un sector que estuviese siendo esclavizado.

«Vea, esa es mi hija, la mayor, ahí está chiquitica». Se pueden observar tres fotografías colgadas ante la pared, una de ella le pertenece a Jasney, la niña menor. Mencionaba que necesitaba arreglar un cuadro al que se le había dañado el vidrio dentro del marco. Jasney lo cogió de inmediato y lo mostró a la cámara.

«Entonces, ¿cómo es que se llama, sumercé», le preguntó mi compañera.

«Yo no me llamó sumercé, yo me llamo Yuri Jasney», replicó la niña. Quería que le tomara algunas fotografías con los gatos de la casa. No les permitió descanso mientras estuvimos ahí con la presencia de una cámara.

Se aproxima una bicicleta color azul, un hombre joven con cerca de 26 años de edad la monta. La parquea sobre la carreta de madera y se sienta a conversar con mi compañera.

«Yo vengo de barranquilla y desde que llegué no he podido conseguir nada, yo allá estudiaba y trabajaba, pero aquí ha sido difícil y más en esta cuarentena». Daniel percibe que la cuarentena seguirá extendiéndose y no entiende por qué la policía envía a resguardarse a los recicladores, concluye que es lo único que tienen para sobrevivir.

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«Además le van diciendo a uno, vayan pa’ la casa que por eso se les está dando mercado», complementa Luis Alfonso.

Mi compañera vuelve a sacar algo de su bolso, ha comprado algunas cosas para los entrevistados, los entrega. «¡Gracias!, muy amable por todo».

Doña Berta estrecha las manos de ambos, se despide con muecas y ojos agraciados. Todos acuden a la despedida. Observé los trapos rojos como una crónica sobre una pandemia anunciada y lastimosamente, estos no se despedían.

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