Toda ficción es profética

En «Cuentos entre panas», Ángela Gaviria nos sorprende con un relato tan extraordinario como oracular, así que lea con cuidado, y quede advertido

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El segundo de ingravidez me alcanza para recorrer todos los otros momentos y saber que por fin había llegado la respuesta. Bueno, acá fue.

Por Ángela Gaviria Piedrahita
Cuentos entre panas

Esta es una historia sobre un escritor que no se muere, o al menos no todavía. Tal vez más tarde, cuando ya haya escrito más historias. Entonces no me importaría si son esas mismas historias las que lo matan, las que me matan. Pero que no lo hagan ahora.

No sé cómo llegar a un suceso que ni siquiera implica acción, pero así tiene que ser. No me importa su vida. Lo que me importa es que se mantenga exactamente como está. Que yo me mantenga exactamente como estoy. Nada tendría por qué pasar. Nada y aún así las manos me tiemblan. Pero debo seguir. Eliminar los riesgos. Salvarme, aunque sea de mis propias ilusiones.

Las historias escriben al escritor, había pensado alguna vez. La idea sonaba bien en mi cabeza.

Ahora me persigue.

Suelto el lápiz. Cómo es que no pude darme cuenta antes. Siempre ha sido así. Y lo supe ayer cuando tomé un descanso de los cuadernos para celebrar la satisfacción de una historia terminada. Miré alrededor de mi cuarto y sentí que todo estaba bien. Incluso el desorden me reconfortaba. Pensé que sería un buen momento para volver a las pequeñas tareas que había dejado descuidadas durante la escritura. Volver a abrir las ventanas y las cortinas, quitar el polvo de las mesas, echarle agua a mis plantas. Había pasado mucho tiempo sin que las palabras fluyeran. Pedazos sueltos de conversaciones, descripciones, sensaciones. Horas intentando corregir ese relato en donde el escritor descubre que está condenado a vivir todo cuanto narra, justo cuando ya ha terminado una sobre su propia muerte. Un guionista condenado a sus invenciones, un autor de sus propias tragedias. Así lo imaginaba, como un ente distinto a mí.

La luz de la ventana me recibió con la regadera en la mano. Ahí estaba, la única flor mirando al suelo. Las pequeñas ramas a su alrededor, quemadas, no sé ni de qué. El resto de su tallo desnudo, pues ya había cortado el resto de hojas amarillentas esperando que abrieran paso a la sanación. Me paralicé, regadera en mano y todo. La flor agonizante. Un déjà vu. Y ya presentía la razón. Solté regadera y planta y corrí hasta el cuaderno. No recordaba siquiera qué había escrito. Frases sin importancia, frases sin importancia, frases sin… Ahí estaba. La historia que había escrito un par de meses atrás sobre la flor que muere una y otra vez sin que su pequeña jardinera sepa qué hacer al respecto. Y ahí yo, intentando levantar la cara de la única flor que mi planta logró sacar.

Podría pensarse que escribí esa historia porque era lo que sucedía. Pero en ese momento todavía no intentaba plantar flores, ni después las maté a propósito pensando en mi personaje. ¿Tal vez el aire había absorbido el ambiente hostil y mugroso de mi historia? ¿Se habría materializado a través del papel y las palabras? ¿Se había formado un conjuro accidental, tal vez siempre dejar mi cuaderno abierto por las noches?

Mejor arranqué esa planta de raíz, para ahorrarle tanto trabajo al destino, si es que ahí estaba. Cerré el cuaderno, boté el matero ya vacío, extendí la cortina. No pude evitar por mucho tiempo el presentimiento de que todo escrito se convertía en condena. Podía seguir buscando más coincidencias. Ir algunas páginas más atrás.

«Las historias escriben al escritor…»

Hasta ahora, he estado revisando cada escrito del cuaderno. He releído incluso historias más viejas en otros cuadernos. Puede que sean mucho más fantásticas, pero no logro encontrar ni un trazo de ellas en mi realidad. Mientras las que he escrito acá… No sé hasta qué punto mis palabras son causa o efecto. O ambas. Un relato empezando con la descripción de un cuarto desordenado. Sí, podía ser el mío sin necesidad de ninguna casualidad extraordinaria. Más extraño sería si lograra pensar en un cuarto ordenado. En fin, un detalle muy nimio. Tal vez pueda hacer una pequeña prueba aquí mismo, solo por seguirle el juego a aquella última historia.

La ciudad llevaba dos semanas seguidas de calor. Un trueno anunció que esa racha estaba lista para romperse.

Solo por ver qué pasa. Podría darse dentro de cinco minutos o en un par de meses. Quién sabe. Podré revisar esa penúltima historia mientras tanto. Esa historia dentro de la historia de aquel escritor condenado.

Desde pequeño me ha dado curiosidad imaginar mi propia muerte. A los cinco años, claro, mis muertes eran un poco más esperanzadoras. Una gripe más fuerte de lo usual a los ochenta que me dejaría desaparecer en medio del sueño, sin que me diera cuenta siquiera. Sábanas blancas, las manos perfectamente entrelazadas sobre mi pecho y el enfermero de turno llegando al otro día para encontrarme una sonrisa tenue en el rostro. Pero las muertes se fueron volviendo más absurdas, más trágicas. Las anotaba en una libreta cada cumpleaños hasta que fue convirtiéndose en un ritual diario. Un bus me atropellaba cada vez que cruzaba la calle. Un muro se desprendía cada vez que me apoyaba en el balcón del último piso de mi universidad. Una avalancha me aplastaba cada vez que caminaba cerca de una montaña.

Pero nunca imaginé el momento en que ya no debiera imaginar. En que pensara en todas las veces que me habría imaginado muerta y me diera cuenta de la ingenuidad de cada una de ellas. El momento de la certeza. Este, luego de calcular mal un movimiento por no haber dormido bien y ahora encontrarme con la vista del agua profunda frente a mi parabrisas. El segundo de ingravidez me alcanza para recorrer todos los otros momentos y saber que por fin había llegado la respuesta. Bueno, acá fue. Uno no necesita decirse a sí mismo nada más, excepto porque ya me he dicho todo esto. No diré que no me lo esperaba. Porque sí, siempre me lo he esperado. Así la muerte nunca me podría agarrar desprevenido. No lo ha hecho ahora.

No se sintió bien leerlo. Ni siquiera escogí narrar en tercera persona. Eso me podría sentir más lejano a los hechos. En primera persona, no hay escapatoria. Sentí la boca seca con solo volver a recorrer las palabras. Al menos acabo de destrozar el cuaderno en donde estaban todas las historias. Este cuaderno nuevo no me gusta. Se siente distinto. El papel es más áspero, las argollas estorban y la tinta no queda bien marcada. Pero ya arranqué cada página del viejo, la rasgué en pedazos y ahora solo hay cenizas en una lata vieja. Las iré a botar afuera, en el jardín.

Un trueno me interrumpió cuando agarraba la puerta para volver a entrar. Miré hacia atrás: sí, las nubes gruesas lo confirmaban. Como si la tinta y el papel fueran un sentido más, o como si me convirtiera en chamán cada vez que me sentara en este escritorio y, sin querer, descifrara alguna voluntad inconsciente, una revelación de mis deseos más íntimos. Tal vez la inspiración es en realidad un sentido más y no me he dado cuenta de que estoy condenado a vivir mis historias. Tal vez es que tengo mi cabeza demasiado sumergida en ellas. O esto es real o me estoy volviendo loco.

«Esa historia dentro de la historia…»

De cualquier manera, ya sé que hacer. Si escribiendo me he condenado, tal vez puede ser tan sencillo como escribir:

Epílogo

Ni siquiera esa certeza pudo ser mi muerte. Aún tengo un poco de agua en los pulmones. Y siento dos pares de brazos musculosos arrastrándome fuera del auto. La imagen borrosa de un martillo de emergencias. Agua. Hospital. Ahora desconfiaré incluso de mis imaginaciones. Si ninguna de mis proyecciones me ha matado y si ni siquiera mi única certeza ha acertado, ¿cuándo moriré? No me queda nada por esperar.

Ya me puedo sentar tranquilo a esperar mi vida, a esperar que nada pase. Puede parecer un exceso de suerte, pero de alguna manera tenía que arreglar la situación. Una historia tenía que ser lo que me salvara. Esta. La misma que escribo sobre cómo intento salvarme. Pero lo haré. Me salvaré. Así mismo. Poniéndolo en palabras.

Haré otro pequeño experimento, solo por comprobar.

Las luces de su habitación parpadearon como si anunciaran el apocalipsis. O al menos uno de muchos.

Ya tengo todas los bombillos prendidos. Los miraré de frente hasta que me quemen la córnea. Por ahora, siguen intactos. ¡Quién sabe cuánto tiempo podrían tomar!

***

Me he quedado acurrucado en el sofá de la sala, pendiente desde ahí de la luz proveniente de todas las habitaciones de la casa. Ahora temo que este nuevo cuaderno no pueda salvarme. ¿Y si solo contaba lo que escribiera allí, en el viejo? Intentar escribir la misma historia en otras hojas no parece coherente. Mucho menos si quiero corregirla. Pero ya tengo mi plan. Iré a comprar el mismo cuaderno, justo en el mismo lugar. Tomaré un taxi, ya que conducir no luce una buena idea. Repetiré cada palabra de cada relato. Trataré cada hoja de la misma manera. Lo dejaré abierto cada noche frente a la ventana. El destino no se dará cuenta de que cambiaré algunas palabras en los finales del último par de cuentos. El escritor solo estaba delirando un poco, pero ahora ha vuelto a entrar en razón y no escribe otra cosa que entradas de diario, por si acaso. Solo escribe lo que le sucede, para no verse condenado a vivir lo que inventa. Y ya no seguirá los pasos de una ficción que no sabe hasta qué punto es distinta de él. En cuanto al accidentado, no pediré tanto. Pondré que otras dos personas involucradas en el hecho no tuvieron la misma suerte, pero él logró salvarse. Todo solucionado. Ya no habrán historias de muerte ni escritores que las profetizan.

Acá voy. Le dije que debía llegar rápido, pero no me refería a esto. Es la tercera vez que adelanta en plena curva. No sé si ando paranoico o si el conductor es un poco imprudente. Y no tomó cualquier atajo. Se dirigió hacia el puente antes de que me pudiera dar cuenta siquiera. Veo el río al otro lado. Los recuerdos de aquel personaje llegan a mí como propios. Le grito que pare y me deje salir. Se niega. Abro la puerta, saco una pierna y se ve obligado a hacerlo.

Escucho un carro frenar. Volteo. Lo veo encima de mí, con sus dos focos apuntándome a los ojos. Pero no alcanzará a parar del todo. Miro al lado, donde está el río profundo y ya entiendo cuál fue la trampa que me tendí a mí mismo. Sé que este carro caerá pero su conductor podrá sobrevivir. Ahora solo soy un peatón en medio de la calle. Una fatalidad.

Alguna vez había creído tener el control. Y ni siquiera pude ser protagonista en mi propia historia.

  El día que falte

Sobre la autora

Como una polilla: torpe, terca, indecisa, siempre queriendo escapar. He hecho parte de antologías y he publicado en revistas como Literariedad y La Página Escrita. Actualmente estudio licenciatura en filosofía en la Universidad Tecnológica de Pereira. 

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