Sueño, orgasmo, muerte

Un cuento que intenta atrevidamente surfear el abismo entre la doctrina religiosa, la ciencia especulativa y la literatura

«Resulta que Jesús es el péndulo. Ese punto fijo, único, del universo; el centro de todas las cosas. Es el péndulo de Foucault y también el Aleph»

07/16/2020
Por Elbert Coes
Cuento/Ensayo

En el reino de los cielos las palabras tienen formas. Pueden incluso sufrir mutación conforme la intención de aquel que las profiera. Así, si emana de Dios Todopoderoso, la palabra crea; como cuando este ordena al caótico cosmos que se haga la luz y la luz, en efecto, se hace. En el principio era el verbo, y aquí tenemos una larga controversia: si primero fueron las formas o el lenguaje. En cualquier caso, sentimientos y anhelos existen más allá de la percepción humana. Cristo los vio dos veces durante su agonía en el calvario. Dos veces, dicen los expertos: una en Getsemaní y otra en el Gólgota. He aquí sus sentencias de dolor: «Pase de mi esta copa amarga, pero hágase tu voluntad» y «Eli Eli, lama sabactani». Resulta que Jesús es el péndulo. Ese punto fijo, único, del universo; el centro de todas las cosas. Es el péndulo de Foucault y también el Aleph.

Poco después de repetir la profecía al ilustre Judas, y confirmar entre almas que la de ellos era una relación kármica por destino, Jesús entra en pánico, angustia y desazón. En el monte Horeb, mientras los discípulos rumian sus temores, ignoran qué va a pasar con ellos en el evento en que el nazareno sea llevado ante las autoridades; ignoran el porvenir, y sufren también, con la idea de la muerte de su líder. El término que el evangelista usa es «duermen». Hace referencia a sus estados de consciencia. Lo que antes había sido amor del más incondicional, esa noche es puro miedo y terror. Jesús tampoco estaba exento de ello; como todos, había sido premortal, y ahora sentía y, como un hombre corriente, conocía el poder de Dios, la fuerza del destino.

Lloró amargamente. Y oró durante toda la noche; aquella fue la noche en que más invocó el nombre del Padre. Estaba viviendo su noche más oscura. En ese instante el tiempo se detuvo. Ese marco de tiempo permanece en la eternidad; se trata de una singularidad entre la eternidad y el infinito. Es así, debe ser así, porque el mismo Cristo lo determinó, para condenar la muerte, para redimir al primer hombre, Adán, cuya desobediencia también fue pactada por destino, cuando él era un alma, mucho antes de ser el padre de todas las naciones.

  Sal, plumas y pelusas

En estado premortal subsisten también las palabras. Es así que Luz es un ser, lo mismo que Lujuria o Avaricia. Entonces, cuando Dios dijo ¡Hágase la Luz!, tomó un alma del caos cósmico y le dio forma. Probablemente algunos dioses tengan el mismo poder de crear a partir de las palabras. Uno de ellos sería Luzbel, Bella Luz o Lucero del Amanecer, cuyo ejército es infinito como el de Yahvé y, en lugar de misericordia, por arma lleva artificios. Esa noche en Getsemaní sucedió aquello que todos los hombres nacidos y por nacer ignoran: una persona es la representación de una orquesta celestial, orquesta que agrupa entes de todos los mundos posibles. Así, por cada ángel, este tiene un demonio. Algunos ángeles son indiferentes y odiosos mientras que ciertos demonios son condescendientes y aman a la persona que custodian. El hecho es que son orquesta, o legión; como el lector prefiera llamarlos.

Jesús empieza un solo, digámoslo así, de violín, un Paganini, y a él se suman todos los ejércitos del artificio. Cada uno, por destino, como ambos bandos lo pactaron en estado premortal, poco antes de la creación del primer hombre, pasa junto al mártir y lo hiere con su arma blanca particular, lo escupe y se burla de él. Cada uno y todos los pecados y tentaciones —es decir, cada artífice— que el hombre tuvo, tiene y tendrá. Hasta el último. Y cada oscura noche del alma que un individuo padeció, padece y padecerá debe pasar por la noche oscura del alma de Jesús —pues ese es el sentido del cristo: la conjunción del perdón y la redención absoluta— para que así todo ser viviente, la respiración —exhalar e inhalar— como arquetipo cósmico, logre cruzar el umbral de las sombras y renacer a la luz. Este es el Arcano XIII, La Muerte y el Renacimiento.

Y encima, Dios Todopoderoso, El Padre, gran responsable del drama, evita mirar a su hijo a la cara durante el último aliento. Le escucha repetir «¡Eli Eli!» una y mil veces, porque a Jesús le duele; le duelen el cuerpo y el alma. Hay dos ladrones condenados junto a él. Ellos esperan la muerte y se admiten reos responsables. Solo sufren en cuerpo; no llevan a cuestas la oscuridad del mundo de todos los tiempos —incluidos los infinitos de los mundos posibles—. Cristo, en cambio, tiene tres motivos de amargura: la asfixia, la interminable e innumerable lista de pecados y el saber que tendrá que pasar dos o tres noches en el infierno; infierno que su propio padre creó; infierno que, conforme Dante, a Jesús debía corresponderle tener trozos de su espíritu en cada uno de ellos, o al menos padecer los tormentos de cada uno, porque sí, Cristo lleva a cuestas todos los pecados de todos los mundos. Y allá en el inframundo no había tour ni guía preferencial; Virgilio no había nacido entonces, pese a que el cristo ya tuviera que cargar con sus artificios.

Hay algo que perturba con solo imaginar: tres días bajo el seno de la muerte no son realmente tres días. El tiempo, que es exponencialmente relativo según la dimensión que la consciencia habite, se ralentiza en estado onírico. Si el sueño, pequeña muerte, casi vuelve obsoleto el reloj, y el orgasmo, otra pequeña muerte, lo desconoce —sin deducir por ello que en el «Mas allá» se puedan conjugar todos los placeres—, ¿cuánto más lentamente no correrá el tiempo durante la muerte absoluta? Hinduismo, judaísmo e islam sostienen esta misma tesis: que un día para los dioses equivale a mil años de vida humana. Ignoramos la cifra correspondiente al estado inánime, y faltaría la conjunción «y» en la ecuación para calcular la equivalencia de días en años; tan solo tenemos el dato esbozado a partir de esas pequeñas muertes ya mencionadas, la casi inexistencia del paso del tiempo, que para muchos se supedita al movimiento, propiedad ausente en dicho estado. 

Concluyo con la siguiente teoría —para evitar confusiones, excluiré el examen sobre la relatividad que puedan, al respecto, producir en el sujeto el placer o, por oposición, el dolor—, bajo la premisa de que fueron dos noches y tres días los que Cristo permaneció en el Hades según los evangelistas: si bien el tiempo se ralentiza en el sueño y en el orgasmo se detiene casi de forma absoluta, eventos en los que, invertida la ecuación de lo que sucede en el cielo (hogar de los inmortales), si un día de sueño divino equivale a mil años en muerte humana, calculen ustedes: ¿a cuánto tiempo equivalen tres días de fuego y tormentos infernales?

Elbert Coes
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