Sonetos de William Shakespeare

Con gustoso placer publicamos tres sonetos del maestro y dramaturgo de la lengua inglesa, quien sigue conquistando corazones y almas pese a la distancia temporal

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«Y, si a mí me aprecias, de ti haz copia viva//para que en alguien tuyo la perfección perviva»

08/03/2020
William Shakespeare
Poesía

En 1906 serían impresos por primera vez los Sonetos de William Shakespeare, época tardía en cuanto a la obra del dramaturgo se refiere; no quiere decir, por supuesto, que se tratara de una novedad o, mejor dicho, una exploración literaria del autor —ya había publicado sus obras más importantes—, sino que por razones que a editor (Thomas Thorpe) y a prócer conciernen, se juntaron 154 sonetos para componer la obra a la cual pertenecen los tres de este post, números 5, 10 y 56, elegidos adrede, o por capricho personal del editor. Cabe advertir, como sea necesario, que algunos sonetos del libro mencionado ya habían sido hechos públicos, con o sin el permiso del bardo. Por demás, solo cabe disfrutarlos.

Mira en tu espejo y dile al rostro contemplado
que es tiempo de que en otro él mismo se repita,
pues si no te renuevas en un fresco retrato,
le robas a una madre, que no será bendita.

¿Pues qué mujer hermosa, de vírgenes entrañas,
desdeñará el cultivo de tu agricultura?
¿O quién tan insensato pondrá fin a su casta
haciendo del amor por sí mismo sepultura?

Tú eres de tu madre un fiel espejo, y ella
revive en ti su grato abril de primavera;
así también verás tras unas ventanas viejas,

y pese a las arrugas, esta dorada era.
Claro que si no quieres dejar de ti memoria,
muere soltero y muera tu imagen y tu historia.

Siente rubor y acepta que a nadie amas de veras,
y que contigo eres igual de negligente.
Admito, si te empeñas, que muchos sí te aprecian,
pero que a nadie amas resulta evidente.

Estás tan poseído por criminal inquina
que en contra de ti mismo sin vacilar conspiras,
llevando tu hermosa mansión a la ruïna,
cuando en renovarla debes poner las miras.

¡Cambia de idea para que así mude la mía!
¿En vez de amor, el odio en ti será albergado?
Sé como aparentas, atento y altruista,

o al menos sé contigo justo y considerado.
Y, si a mí me aprecias, de ti haz copia viva,
para que en alguien tuyo la perfección perviva.

Renueva, amor, tu fuerza, para que no se diga
que el filo se te embota antes que el apetito,
pues aunque el alimento lo sacie cada día,
se aguzará de nuevo con su anterior prurito.

Haz como él, amor, y, aunque los ojos sacies
hasta que, ya ahítos, se entornen de repente,
vuelve a mirar mañana, y no dejes que acabe
la fuerza del amor en letargo permanente.

Que el triste intervalo sea como un mar calmo
que parte en dos la costa que dos enamorados
visitan cada día, de modo que al ver cuando

viene el amor de vuelta se ven recompensados;
o bien como el invierno, que siendo riguroso
hace al verano ansiado tres veces más precioso.

  Hasta que el agua de la noche pase

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