Sensación y escándalo en Pereira

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Simón Bolívar, una plaza, un joven que medita sobre un símbolo patrio

 

10/06/2020
Por: Diego Firmiano

Ensayo Pereira Historia

 

El joven observa el caballo, sus fosas nasales, su brío, luego centra su atención en el Libertador, es decir, en un ser desnudo, de cara tragicómica, que mira hacia ningún lugar (algunos dicen que al infinito). Se concentra en esos detalles y no entiende nada.  ¿Qué hace ese hombre ahí, en tamaño colosal, sin más propósito que mostrar su desnudez? Se acuerda que en sus días de gloría el traje militar no era su fuerte, sino las mujeres que fueron su verdadera guerra interior.

En la universidad un docente afirmó que el Libertador murió de VIH, que enviaba cartas muy bellas a su amante de Jamaica. ¿A Alexandre Pétion? ¿Al Negro Pío?  Paparruchadas El profesor era homosexual. Si a la historia se le mueve una coma, todo enloquecería. Esta verdad, de un padre de la patria hecha escultura, debe ser un símbolo, una imagen, una insignia. Nada más.

Quizá todo se daba a un error, piensa el joven. No logra conciliar porqué nos miramos en ese prócer y nos proyectamos en elementos patrióticos carentes de significado. Aunque, luego de dos cafés, un par de roscas y un cigarrillo, una filosofía se le cruza por la mente: nacemos desnudos y morimos igual. Para una muestra: el caballo. El animal que no tiene más que crin, encabrite, humo que sale por sus narices.  Lo que está encima le llamamos Libertador. Ninguna otra palabra le desagrada tanto. Medita. ¿Qué liberó? Si la respuesta no es automática, la historia está amañada. Concluye.

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El aire de esa mañana está enrarecido en el parque, pero ¿En cuál de los tres? ¿La fe, la esperanza o el amor? Título original de esas tres plazas céntricas.  Si es un espacio colectivo por qué el olor a orín, la cantidad de palomas (ratas con alas) cagonas, y tantas personas tomándose fotos con un exhibicionista que tiene nombre propio, historia propia y caballo propio.

 

 

Un mango cae, verde, maduro, podrido, quien sabe, pero cae. Igual que llueve mierda blanca, verde o maloliente de alguna rata voladora. Excremento que cae en cabeza calvas de curas, entre un tinto recién servido, o en los documentos que lleva el político a la picota de los decretos municipales. El Libertador y el caballo siguen impertérritos. Nada mueve su tranquilidad. ¿Es una estatua? Por supuesto, pero también tiene que ser algo. Ese poder de los símbolos debe hablar, si no, sería materia muerta como cualquier otra. Quitemos del parque ese monumento y solo quedarán las pensiones, los trabajadores sexuales, los estafadores, los políticos inhabilitados y los ajedrecistas amateurs que no entienden que este juego nació en la India y no en Persia. Comámonos los mangos y solo se apreciarán ardillas con frío;  arañas tejiendo kevlar; mensajes tiernos ocultos entre las ramas; y candados del amor engarzados en las rejas.

El joven le da vuelta al asunto. Piensa de nuevo en el Libertador apostado encima del caballo. Varios porqués despiertan con furia en su mente. Siente que «eso» es un atentado contra el pudor. El prócer expone sus carnes morenas al sol, al agua, a la intemperie. Algunos dedos traviesos, suaves, algunas manos adorables o unos labios sin dueño, pueden rozar su voluptuosidad. Y en efecto lo han hecho.

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Si en otras partes del país el Libertador vale por su guerrera, sus insignias, la espada rota, las botas de cuero añejo, las charreteras, vale solo por su cáscara. Acá tenemos la almendra, la verdadera figura del poder humano: la desnudez. La gente al rodearlo,  al observarlo desde diferentes ángulos, lo reprueba. Lo miran ahí inerme, inerte, sin facha, pero en el fondo lo veneran con amor filial. ¿Están convencidos o los convencieron? En Perú este no es un padre, sino un tirano. Allá su imagen se confunde con las alpacas, los guanos y la tunantada.

¿Es que la locura es nuestra identidad? Él es el padre, y sus hijos no desean verlo sin ropa. Esos fisgoneos y esa pacatería no tienen parangón. ¿Es que el barbas de Rodrigo Arenas Betancourt lo vio desnudo? Luego de Manuelita, pocos saben de esas fibras musculosas de sus muslos; de esas arrugas de iracundo y no de pensador que rayan su frente; de esa palidez inexplicable; de esa espalda partida en dos, señal de mujeriego. Este Libertador desnudo es griego, no colombiano, mucho menos venezolano. Ahí está, un caraqueño adoramos como prócer.

 

 

Lo impresionante es que Rodrigo Arenas Betancourt, luego de varias copas y cientos de miles, haya tenido una idea tan ruin del Libertador: lo concibió de arriba abajo semejante a un ser enclenque, flaco, palúdico, raquítico. En otras palabras, no ideó un jinete feroz, sino un muñeco de cobre, un pedazo de hombre afectado por el marasmo.

Es verdad, «El hombre de las dificultades» anduvo más a caballo que a pie. Disfrutó muchas camas y menos campos de batalla. Por eso es confuso que su cabeza sea una copia de una obra de Pietro Tenerani puesta sobre un cuerpo de adolescente. El joven, en efecto, sopesa que la extremidad superior no puede con el tronco. ¿Va a derrumbarse? Sí, es propensa a caerse. Quizá por eso anda tan agachado. En fin.

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El Libertador en ese parque es un jockey que corre sin un Derby. El caballo resulta mayor que el jinete. Así las cosas, al revés. El orden se ha invertido. El genio bélico se presenta como inferior a la fuerza equina que se muestra superior.  El proyecto del escultor fue hacer un Libertador que se pareciera un caballo, y no un caballo que se pareciera un libertador. Esa es la paradoja que causa sensación y escándalo en la ciudad.

El joven se retira lentamente de la plaza central. Ya llegan los policías, los indigentes, el tráfico de carne. Ya llega la noche en Pereira, la cama, el sueño, la muerte.  La vida cíclica inicia un nuevo día, y así el joven regresa a esa plaza a ver de nuevo al Libertador, a pensar sobre su imagen, figura, símbolo, y los desvaríos de un escultor y una ciudad.

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