Secreto familiar

Con «Secreto familiar» damos inicio al especial «Cuentos entre panas», relatos breves que le robarán el aliento; así que, ¡agárrese!

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Por Jhonattan Arredondo Grisales
Cuentos entre panas

Prólogo

A la manera de grandes autores de la lengua hispana, como Schweblin, Monterroso o Cortázar, estos cuentos de estructura externa sencilla contienen más de lo que en apariencia muestran. Sin el apego emocional característico de la amistad literaria, forzando la mirada profesional, me atrevo a decir que hay en ellos una enorme ambición; esa que busca comprender la sique humana, en lo individual y lo colectivo.

En Jhonattan Arredondo el universo está en el detalle, y el detalle lleva impresa la experiencia atroz del dolor y la angustia: el hambre disfrazada de ironía; la metempsicosis de un observador que cuestiona la realidad; y la corrupción estatal intrapolada a la primera estructura de la sociedad que es la familia. Es justamente por ello que merecen una lectura detenida, porque manifiestan símbolos, cual alfabeto hebreo, contenedores de los poderes y derroteros para explorar la mente de los vencidos y los agobiados.

Elbert Coes

Desde que trajo la escopeta nosotros sabíamos que se trataba de algo prohibido

Caldo de pollo

Papá dijo que las resorteras no eran para tirarle a los pajaritos. También advirtió que si matábamos uno y él se daba cuenta iba a obligarnos a comerlo como castigo. Sólo podíamos apuntar y lanzar a las tórtolas porque esas sí se podían comer: adobadas con ajo y cebolla, decía, eran gustosas y de mucho alimento. Pero ayer mi hermano y yo, cuando vimos aterrizar a los gallinazos sobre las bolsas de basura que se hallaban en frente de nuestra casa, decidimos probar puntería. El diablo es puerco. Luego de dos intentos fallidos, atinamos en el tercero: uno de los gallinazos, el más grande y gordo, empezó a chapalear en el suelo hasta quedarse quieto. Nos acercamos con un extraño sentimiento que oscilaba entre la alegría y el temor. Esa era nuestra mejor cacería desde que papá nos regaló las resorteras. Sin embargo, sabíamos que no podíamos contarle sobre nuestro logro: los gallinazos no eran pajaritos, pero tampoco tórtolas. Incluso sabíamos que eran aves de mal agüero: si tres de ellas se asentaban en el techo de una casa, significaba que pronto en esa casa alguien iba a morir. Lo mejor era huir, guardar el secreto y volver sin que nos descubrieran. Quietos. Quietecitos, escuchamos en ese momento detrás de nosotros. Era la voz de papá. Nerviosos procuramos ocultar las armas del delito en los bolsillos del pantalón. Papá llegó y miró el animal, que aún respiraba y dejaba salir un hilo de sangre entre las comisuras de su pico. En seguida tomó dos piedras grandes, nos las pasó y nos ordenó que acabáramos con la agonía del animal. Ninguno de los dos fue capaz. Después, ante nuestra indecisión, dijo: “Váyanse para la casa. Más tarde van a probar un delicioso caldo de pollo”.

Hombre en sepia

Es un hombre detenido en un rectángulo donde su imagen semeja un pez en un acuario. Nosotros lo miramos y él nos mira a nosotros. La inmovilidad es su rasgo distintivo. Pero digamos, también, que es un hombre viejo: las arrugas en su rostro y un aire de tristeza que irradian sus ojos, como una cicatriz, denotan el paso de los años. Sin embargo, a veces pienso que sonríe y que es joven como la brisa. El hombre, por su parte, sin que nadie lo sospeche, vuelve a ceñir su rostro y yo olvido mi ocurrencia. Quizá, cuando esté a solas, escape de su prisión y camine por la casa.

  La estación

Secreto familiar

Desde que trajo la escopeta nosotros sabíamos que se trataba de algo prohibido. Mamá no estaba de acuerdo con tener esas cosas en la casa, pero luego de una larga discusión, terminó por aceptar las explicaciones que nombraba papá. Por el lugar donde la encontramos, dedujimos que procuraron ocultarla en un lugar donde nuestra curiosidad no alcanzara. Pero nuestra curiosidad, más aguda que la de un felino, podía rastrear lo que nos proponíamos: las galletas, la leche en polvo y las revistas de mujeres desnudas que papá escondía en uno de los armarios. Rápidamente, pues, nos dimos a la búsqueda. Sin embargo, el hallazgo ocurrió dos semanas después. La escopeta se encontraba debajo de una de las tablas del piso. Era un arma de verdad: grande y pesada. Nos peleamos por definir quién la tomaba primero. Entonces sucedió lo que no debía suceder: un grito, un estallido, un silencio como ningún otro. Sin querer el irrevocable desenlace, apunté con ira a su cabeza y mi dedo índice apretó el gatillo. Hoy lo recuerdo todo. Hoy, que es el primer aniversario desde la muerte de mi hermano. Estamos en una misa que mamá hizo celebrar en su memoria. El cura, no sé por qué, habla de la historia de un hermano que mata a otro hermano. Mamá me mira y me dice al oído: “Fue un accidente, cariño. Fue un accidente”.

Acerca del autor

Jhonattan Arredondo Grisales (Cartago, Valle, 1990). Actualmente reside en el Corregimiento de Puerto Caldas, Pereira. Poeta, narrador e investigador literario. Realizó estudios en teatro y dramaturgia en diferentes ciudades del país. Es estudiante de la Lic. en Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Ganador del Concurso Nacional de Cuentos cortos para esperas largas 2017 (Festival de Literatura de Pereira) y Finalista de la V Edición del Concurso Internacional de Microrrelatos (Fundación César Egido Serrano, España). Ha sido invitado al Festival Internacional de Poesía Luna de Locos (2018), al Festival del Libro de Santa Rosa de Cabal (2018) y a la Feria del Libro de Pereira «Paisaje, café y libro» (2018). Publicaciones suyas aparecen en medios de comunicación como Literariedad, La Raíz Invertida, Telúrica, El Diario, El Espectador, entre otros.

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