Un cuento de Sebastián Gómez que explora la poesía y lo poético desde una perspectiva vocacional; que además tiene la ciudad como escenario esencial

Por Sebastián Gómez Gutiérrez
Música
Actualizado 28/12/20

unas cuantas preguntas sobre los sentidos y sobre cómo transmitirlos en un mensaje y responde hechos que él recuerda en neutro; es un espectador en el tiempo

Estaba lloviendo mientras venía por la calle 11 a oscuras. Todo parecía muy común; aunque ciertamente a él le parecía diferente. Su gabán empapado y sus manos dentro de los bolsillos; aceleraba el paso creyendo que se mojaría menos. Dando cuenta de la patética ilusión humana de querer evitar lo que acaece en la naturaleza, aunque lo tenga encima. Por las aceras de medio lado, inclinado al de los balcones, se apresura.



A la distancia de tres casas de la suya, hurga en los bolsillos de su pantalón, en busca de la llave. Abre y todo está cálido, perfecto y en calma. Menos él, que rompe el tenso hilo de la perfección entre temblores y el mal humor, a causa de un día pesado, un retumbante pensamiento y el remate de la lluvia, de la cual no le cabe una gota más en su ropa.

­‒¿Y qué tal tu día, mi vida? ‒pregunta ella. Dos segundos bastan, para pensar en cuatro letras.

‒Sin deseo de preocuparte, cariño, la verdad que no muy bien.

Se tumba en su hombro y bajo la bombilla amarilla sucumbe en sollozos. Un hombre vacío, aunque lleno de emociones; un hombre que busca, sin saber lo que pretende hallar; un hombre escuálido, un simple ser humano. Ella lo rodea con sus manos y le acaricia. Mientras se cambia de ropa, se da cuenta de lo fácil que puede ser deshacerse de un mal momento, del pasado; pero a causa del frío que arremete sus huesos, causándole un escalofrió que termina en la punta de su nariz, recuerda la existencia de los vestigios y viene a su mente aquel proverbio de una puerta pulida, sin abolles, luego llena de clavos, para terminar sin un lugar en donde quepa un solo agujero. Se dirige a donde su amada, que le aguarda sentada en la mesa de la sala.

‒¿Qué pasa? ‒pregunta ella.

Él está asustado, mira sus manos, toca su cara, posa sus ojos con sus ojos, frente al espejo. Desconcertado, mira a su esposa y se encuentran frente a frente, el color del café, con el verde de las esmeraldas. Con una voz rotunda, medio quebrantada, le responde, a grandes rasgos, que no existe. Le habla de su vacío y de la poca fe que le queda.

Safet Zec (realismo poético)

‒Hoy, mientras les enseñaba a mis estudiantes el género de la poesía y hablábamos de su distinción con lo poético, decíamos que lo poético es una esencia, que es la sustancia de la vida y algo que nos hace sentir cual seres humanos; en cambio, la poesía, es la manera de tratar de representar eso, con palabras; entonces, amor, surge del fondo, una pregunta, en la voz de aquel niño de los ojos cafés, del que siempre te hablo.

‒¿El que me dices que te recuerda en tu niñez?

‒Sí, él mismo. «Profesor», dijo el niño, «y si lo poético es la esencia y la poesía las palabras, ¿cómo un pastel de chocolate o el sabor del limón, pueden contar historias o mostrar un sentimiento?».

»Por más ilógico que sonara en su momento, reacomodé sus palabras y supe ahí, mientras saboreaba el dulce amargor chocolatoso en mi boca, y luego el agrio limón, que el sabor es ilimitado, en cuanto a lo que lo produce; además de la supuesta descripción, con la que documentamos aquellos sentires del paladar, y que muy posiblemente, no todos los percibimos igual.



»Traté de guardar esta idea en mi bolsillo y me dediqué a tratar de que entendiéramos lo que había explicado anteriormente: que lo poético es la esencia de aquello que nos parece bello y nos deleita; y de cómo se puede comparar a un pastel de chocolate, en la medida de la sensación que nos causa al degustarlo, el deleite o la explosión. Ese pastel, cuenta la historia de la sensación de bienestar del ser humano; y la descripción de lo que tú sentiste al saborearlo es la poesía. Mientras habla con su amada, recuerda cómo terminó la clase: unas cuantas preguntas sobre los sentidos y sobre cómo transmitirlos en un mensaje y las respuestas pertinentes.

Hechos que él recuerda en neutro; es un espectador en el tiempo.

Peter Rumney – Rain

»Todos se despiden hasta la próxima clase, y, no sin antes recoger mis cosas y ponerme el gabán, salí«.

Recuerda aquella idea que lo inquieta, sobre la inconsistencia de los sentidos, su inconstancia con los sentimientos y la felicidad. Recuerda hechos y circunstancias de momentos y se aflige. Fue feliz sin saberlo y no valoró aquellos momentos de bienestar como ser humano; el tiempo siguió corriendo, dejándolos atrás; y en él, solo quedaron vestigios, como la esencia del sabor a chocolate y en eso, su recuerdo; esos vestigios que ahora pasan como vagones de tren, transportando imágenes por su mente.

Una sensación de estar, pero impresente.

»Mientras venía caminando a coger la 11, mire a mi izquierda. Ahí, donde está el cementerio«.

Mientras pasa y mira, todo se torna más lento y de un color sepia. Parece que la realidad para el hombre hubiese cambiado en ese instante. Mira al cielo y está oscuro; cae la primera gota de lluvia y rompe en lapo de agua, cual calle bonita, trasnochadora y morena; él apura su paso, está muy cerca, siente un profundo dolor seco en el pecho y un vacío en la boca del estómago.

»Caen gotas por mi cara mientras miro al cielo, me ladeo hacía los balcones; ya estaba empapado, pero por alguna extraña razón, me resistía. Me sentí patético. Mientras caminaba, metí la mano en el bolsillo de mi pantalón, para buscar la llave. Abro la puerta y todo está en calma, tanta calma que agobia«.

El hombre ahora se encuentra en la comodidad de su aposento, ¡libertad!, ¡paz!, ¡tranquilidad!, ¿qué no es eso lo que debería de sentir ahora? Enciende la luz, una bombilla amarillosa, mientras camina por la sala, respirando la tranquilidad tan aberrante; mira la mesa y en ella la foto de su amada; observa los momentos pasando como la película de una cámara vieja, sin revelar.

Siente un sabor a chocolate y recuerda que ya no está; se suspende en el aire, se corta el tiempo y el espacio se hace pequeño. Sólo existe aquí, un hombre escuálido, vacío y desesperanzado. Bajo la bombilla amarilla, sucumbe en sollozos, abrasando más que una foto, su recuerdo; va a su cuarto, se desnuda tirando su ropaje mojado a un rincón.  Ahora se siente un poco mejor. Vuelve a la sala y se sienta en aquella mesa; besa la foto, toma un lápiz y comienza a contarle a su esposa en el papel, lo que le ha ocurrido el día de hoy.

Le puede interesar  En la sala de un hospital

Sobre el autor

Sebastián Gómez es un joven estudiante de Licenciatura en literatura y lengua castellana de la UTP. En sus tiempos libres y cavilantes escribe y se centra en los clichés, la monotonía y lo cotidiano de la vida, tratando de develar esas nimiedades que al parecer no tienen importancia o están muy gastadas, de una manera diferente, recuperando así un sentido simbólico desde la sensibilidad en todo lo que observa y sobre lo que medita. Desde niño escribe poemas, cuentos y canciones, principalmente a su madre; sin embargo, nunca se había decidido a hacer sus escritos públicos, más allá de su círculo cercano, hasta ahora.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *