Prometeo

Goethe es una singularidad literaria del renacimiento alemán, y tanto su poesía como su legado narrativo constituyen un pilar fundamental del pensamiento artístico moderno.

Johann Wolfgang Von Goethe nació en Frankfurt del Main en 1749. A los dieciséis años y a instancias de su padre, marchó a Leipzig para empezar sus estudios de derecho. A esa época corresponden sus primeros trabajos literarios: poemas y una comedia clásica. En 1771 terminó sus estudios en Estrasburgo, ciudad donde conocería al escritor Herder. De estos años datan dos de sus obras más conocidas: Fausto y Los sufrimientos de joven Werther. Apenas ejerció la abogacía, porque en 1775 empezó a actuar como consejero del gran duque de Weimar. Diez años más tarde, realizó un viaje a Italia que marcaría su vida y su obra, y que significaría una vuelta a la antigüedad clásica. Liberado finalmente de sus cargos oficiales, Goethe pudo dedicarse por completo a la literatura, y reservó sus momentos de ocio al estudio de la geología y la botánica.

 

Prometeo

 

¡Cubre tu cielo, Zeus,
de nubes vaporosas!
¡Dedícate, como un mozo
que corta flores de cardo,
a los robles y cimas de los montes!
Pero déjame mi tierra,
la choza que no has construido
y también mi hogar
por cuyo fuego
me envidias.
Nada más pobre conozco
bajo el sol, oh dioses, que a vosotros.
Mezquinos, alimentáis
vuestra majestad
con los tributos que son las ofrendas
y el hálito de los rezos;
y moriríais de hambre si no fueran
locos llenos de esperanza
los niños y los mendigos.
Cuando era un niño
y todo en mí confusión,
mis ojos desorientados
miraban al sol cual si más allá
hubiera oídos para oír mi queja
y un corazón como el mío,
capaz de apiadarse del angustiado.
¿Quién me ayudó
contra la arrogancia de los titanes?
¿Quién me salvo de la muerte
y de la esclavitud?
¿No lo has hecho todo tu,
corazón sagrado y ardiente?
Ardoroso, joven, bueno,
¿no diste las gracias, engañado,
por salvarte, a quien arriba dormía?
¿Honrarte, yo? ¿Por qué?
¿Has calmado el sufrimiento
de quien vive abrumado?
¿Has enjugado las lágrimas
de la persona angustiada?
¿No me han forjado y hecho hombre
tiempo todopoderoso
y el eterno destino,
amos míos como tuyos?
¿Creías acaso
que debía odiar la vida,
refugiarme en el desierto
pues no florecían los sueños todos
de la aurora adolescente?
Aquí estoy formando a hombres
a mi semejanza e imagen;
a una estirpe que se me parezca,
que sufra, que llore,
que goce y se alegre
y, como yo,
no te respete.

 

Eros

 

¡La llama no falta!… Cae del cielo
adonde fue desde el caos remoto,
con plumas etéreas hacia nosotros
Amor en un día primaveral.
Parece huir, pero vuelve del vuelo:
placer y dolor, dulzura y apuro.
Almas se esfuman en lo general,
las más nobles se concentran en lo uno.

 

Reencuentro

 

Hoy vuelvo —¡y no puedo creerlo!—
a abrazarte, estrella de estrellas.
Es la noche de la distancia
un abismo, una enorme pena.
¡Eres tú, de mis alegrías
dulce y querida compañera!
Recuerdos de otros sufrimientos
mi miedo al presente generan.
Cuando estaba el mundo en el fondo
del eterno pecho divino,
Él ordenó la primera hora
con sublime placer creativo.
Pronunció la palabra: ¡hágase!
Se oyó entonces un gran quejido,
se rompió el mundo en realidades
ante un ademán tan altivo.
Se hizo la luz y, cohibidas,
las tinieblas se separaron
y en seguida los elementos
huyeron y se disociaron.
En sueños salvajes y crueles
cada uno buscó lo alejado,
firme, sin deseo ni sonido,
por esos inmensos espacios.
Todo era silencio y desierto
y Dios vivía en soledad.
Fue entonces cuando creó la aurora
que del dolor sintió piedad.
Sonoros juegos de colores
desarrolló en la opacidad.
Lo que se había separado
ya podía volver a amar.
Y todos cuantos son afines
se buscan con gran diligencia.
El sentimiento y la mirada
regresan a la vida inmensa.
Llámese tomar o apresar,
¡con que se tenga y se sostenga!
Alá ya no tiene que crear.
Somos tú y yo quienes mundo crean.
Las alas rojas de la aurora
me llevaron hasta tu boca
y la noche con sus mil sellos
la alianza sella, luminosa.
Estamos ambos en la tierra,
modelos en dicha y congoja.
Y una segunda vez el ¡hágase!
no nos separa ni trastoca.

  Escapar hacia la luz

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