Otra mamá

En el marco de nuestras Tertulias La Roma, Geografía Oculta, publicamos el cuento «Otra mamá», de Andrei Platonov, fundamental para el contexto de estas reflexiones

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¿Me esperarás y desesperarás? ¡Te sentirás desgraciada! Pero no llores por mí, no temas y procura no morirte, sólo espérame.

09/28/2020
Andrei Platonov
Cuento

__—Y yo, cuando crezca, no iré a la escuela —dijo Artiom a su mamá, Yevdokia Alekséyevna—. ¿Verdad, mamá?
__—Verdad —le contestó su madre—. ¿Para qué?
__—Sí, ¿para qué? No es necesario. Porque si voy me vas a echar de menos. Mejor no.
__—No es necesario —dijo la madre—, no es necesario.
__Pero cuando pasó el verano y Artiom cumplió siete años, Yevdokia Alekséyevna cogió a su hijo de la mano y lo llevó a la escuela. Artiom quiso soltarse de su madre, pero no pudo conseguirlo, porque la mano de ella dejó de ser blanda, se había puesto dura.
__—¡De acuerdo! —dijo Artiom—. Pero ¡volveré pronto! ¿Verdad que volveré pronto?
__—Pronto, pronto —le contestó su madre—. Estudiarás un poco y volverás a casa.
__—Sí, un poco —accedió Artiom—. Y tú no me eches de menos.
__—No, hijito, no te echaré de menos.
__—Pero no, mejor échame de menos un poco —dijo Artiom—. Así será mejor para ti; de lo contrario, ¿qué? Pero no recojas los juguetes del rincón; en cuanto vuelva me pondré a jugar, vendré corriendo.
__—Te esperaré —le dijo su madre—. Hoy te haré buñuelos.
__—¿Me esperarás? —se alegró Artiom—. ¿Me esperarás y desesperarás? ¡Te sentirás desgraciada! Pero no llores por mí, no temas y procura no morirte, sólo espérame.
__—De acuerdo —rió su madre—. Te esperaré, querido mío, y quizá no me muera.
__—Respira, ten paciencia y no te morirás —dijo Artiom—. Así, como yo. Haz lo mismo.
__La madre suspiró, se puso de pie y le pidió a su hijo que mirara a lo lejos. Allí, al final de la calle, estaba la escuela nueva, una casa grande de troncos que habían estado construyendo durante todo el verano. Detrás de la escuela comenzaba un bosque foliáceo, oscuro. La casa quedaba lejos de allí; entre ellas se extendía una larga hilera de casas, unas diez u once.
__—Y ahora sigue solo —dijo la madre—. Deberás acostumbrarte a ir solo. ¿Ves la escuela?
__—Claro. ¡Allí está!
__—Bueno, ve, ve, Artiom, ve solo. Obedece a la profesora como si fuera yo misma.
__Artiom quedó pensativo.
__—No, ella no será tú —dijo en voz baja—, es una extraña.
__—Te acostumbrarás. Apolinaria Nikoláyevna será para ti como un familiar. ¡Bueno, ve!
__La madre besó a Artiom en la frente y él siguió el camino solo.
__Al alejarse un poco miró hacia atrás. La madre continuaba en el mismo lugar y lo miraba. A Artiom le entraron ganas de echarse a llorar por su madre y de volver con ella, pero siguió adelante para no hacerla enfadar. La madre también hubiera querido alcanzar a Artiom, cogerle de la mano y regresar juntos a casa, pero sólo suspiró y regresó a casa.
__Al poco tiempo Artiom volvió a mirar hacia atrás para echarle un vistazo a su madre, pero ya no pudo verla.
__Siguió solo y rompió a llorar. En ese momento, un ganso estiró el cuello desde detrás de la cerca, graznó y agarró con su pico la pernera de Artiom pillándole la piel de la pierna. Artiom logró desprenderse y se alejó del ganso. «Son tenebrosos pájaros silvestres —decidió Artiom—, pájaros que viven con las águilas».
__El patio de otra casa tenía el portón abierto. Artiom vio un animal peludo con bardanas pegadas a sus costados; el animal le presentaba su cola, pero así y todo parecía enfadado con él y lo miraba.
__«¿Quién será? —pensó Artiom—. ¿Quizá es un lobo?». Artiom miró hacia el lugar por donde se había ido su madre, por si todavía se veía, temiendo que el lobo corriera hacia allá. La madre ya no estaba. Seguro que había regresado a la casa. ¡Menos mal!, porque el lobo no se la comería. De pronto el peludo animal giró la cabeza, abrió su bocaza y mostró los dientes a Artiom.
__Artiom reconoció a Zhuchka, la perra.
__—¿Eres tú, Zhuchka?
__—R-r-r-r —respondió el perro-lobo.
__—¡Ni se te ocurra atacarme! —dijo Artiom—. ¡Ni se te ocurra! ¿Sabes lo que te pasaría? Voy a la escuela. La que se ve por allí.
__—M-m-m —contestó mansamente Zhuchka y movió la cola.
__«¡Ay qué lejos todavía queda la escuela!», suspiró Artiom y siguió adelante.
__De pronto alguien golpeó dolorosamente la mejilla de Artiom, como si hubiera entrado en ella para volver a salir al instante.
__«Eh ¿quién es éste? —se asustó Artiom—. ¿Por qué andas peleándote? Te voy a dar… Tengo que ir a la escuela, soy un alumno, ¿no ves?».
__Miró a su alrededor, pero no vio a nadie, sólo las hojas caídas susurraban arrastradas por el viento.
__«¿Te has escondido? —dijo Artiom—. ¡A ver, sal!».
__Sobre la tierra yacía un escarabajo gordo. Artiom lo levantó y lo dejó sobre una hoja de bardana.
__«Has sido tú, que te has caído con el viento. Vive ahora, porque pronto llegará el invierno».
__Tras decir esto, Artiom corrió hacia la escuela para no llegar tarde. Al principio corrió por un sendero junto al seto, pero desde el otro lado, alguna fiera lanzó sobre él su aliento cálido y gruñó: «¡Fuuuuu!».
__«¡No me toques, llevo prisa!», respondió Artiom, y corrió hacia el centro de la calle.
__En el patio de la escuela había un grupo de niños. Artiom no los conocía, eran de otra aldea, seguramente estudiaban desde hacía mucho y todos eran inteligentes, porque Artiom no entendía lo que decían.
__—¿Conoces el trazo grueso? ¡No me digas! —dijo uno de los niños de la aldea vecina.
__Otros dos decían:
__—¡Afanasi Petróvich nos ha enseñado los insectos de trompa!
__—Nosotros ya los hemos estudiado. ¡Y hemos estudiado los pájaros hasta sus intestinos!
__—Pues nosotros ya hemos estudiado los intestinos y ahora nos enseñan el vuelo de todos los pájaros.
__«Y yo no sé nada —pensó Artiom—. ¡Yo sólo amo a mi mamá! ¡Mejor me voy a casa!».
__Sonó la campana. Al portal de la escuela salió la maestra, Apolinaria Nikoláyevna. Cuando dejó de oírse el eco de la campana, ésta dijo:
__—¡Hola, niños! Venid, acercaos.
__Todos los niños entraron a la escuela. Sólo Artiom permaneció en el centro del patio.
__Apolinaria Nikoláyevna se le acercó.
__—¿Qué te pasa? ¿Eres tímido o qué?
__—Quiero volver a casa con mi mamá —dijo Artiom y se tapó la cara con la manga—. ¡Llévame de vuelta a casa, rápido!
__La maestra cogió a Artiom por las axilas, lo levantó y se lo llevó adentro.
__Artiom miraba de soslayo a la maestra. ¿Cómo era? Tenía la cara blanca, bondadosa, sus ojos lo miraban alegremente; parecía que quisiera jugar con él como si fuera una chiquilla. Y su olor era el mismo que el de su madre: olía a pan caliente y a hierba seca.
__Apolinaria Nikoláyevna primero quiso sentar a Artiom en un pupitre, pero asustado, éste se aferró a ella y no dejó sus brazos. Apolinaria Nikoláyevna se sentó en la mesa y empezó a enseñar a los niños, y dejó a Artiom en sus piernas.
__—¡Mira qué pato más gordo está sentado en las piernas de la maestra! —se burló un muchacho.
__—¡No estoy gordo! —replicó Artiom—. Es que me ha picado un águila, estoy herido.
__Bajó de las piernas de la profesora y se sentó en el pupitre.
__—¿Dónde te has hecho daño? —preguntó la profesora—. ¿Dónde está tu herida? ¡A ver, muéstrala, muéstrala!
__—¡Aquí! —Artiom mostró la pierna que le había picado el ganso.
__La profesora revisó la pierna.
__—¿Aguantarás hasta el final de la clase?
__—Aguantaré —le prometió Artiom.
__Artiom no escuchó lo que decía la profesora en la clase. Miraba por la ventana a una lejana nube blanca; la nube flotaba por el cielo hacia donde vivía su mamá en su casita. ¿Estará viva mi mamá? ¿No habrá muerto de algo inesperado? Porque la abuelita Dana había muerto de pronto, en primavera, sin que nadie se lo esperara. ¿O a lo mejor la casa se había incendiado mientras él estaba fuera? Hacía mucho que había dejado su casa y podía haber sucedido cualquier cosa.
__La profesora notó la angustia del muchacho y le preguntó:
__—¿Y tú qué, Artiom Fedótov, en qué piensas? ¿Por qué no me escuchas?
__—Le temo al fuego, a que se queme nuestra casa.
__—No se quemará. La gente del koljoz está allí, apagaría el fuego.
__—¿Lo apagarían sin mí? —preguntó Artiom.
__—Lo sabrán hacer sin ti.
__Al terminar las clases Artiom corrió el primero hacia su casa.
__—¡Espera, espera! —le gritó Apolinaria Nikoláyevna—. Regresa, porque estás herido.
__Los muchachos dijeron:
__—Mira qué bien: dice que está inválido, pero ¡cómo corre!
__Artiom se detuvo en la puerta. La profesora se le acercó, lo cogió del brazo y se lo llevó con ella. La profesora vivía en un cuarto, allí mismo, en la escuela, pero al que se accedía por otra entrada. En el cuarto de Apolinaria Nikoláyevna olía a flores, tintineaba la vajilla en el armario y reinaba el orden.
__Apolinaria Nikoláyevna sentó a Artiom en la silla, lavó su pierna con agua tibia en una palangana y vendó la manchita roja —el picotazo del ganso— con una gasa blanca.
__—¡Tu mamá se pondrá triste! —dijo Apolinaria Nikoláyevna—. ¡Ya verás!
__—¡No, no se pondrá triste! —contestó Artiom—. ¡Me está friendo buñuelos!
__—Sí que se pondrá triste. Dirá: ¿y para qué he mandado a Artiom a la escuela? No ha aprendido nada, aunque ha ido a estudiar. Ha engañado a su mamá, dirá ella, no me quiere, y se echará a llorar.
__—¡Tienes razón! —se asustó Artiom.
__—Sí. Entonces, ¿por qué no estudiamos ahora?
__—Bien, pero solo un poquito —dijo Artiom.
__—Bien, bien, un poquito —accedió la profesora—. Bueno, ven aquí, herido.
__Lo cargó en sus brazos y lo llevó al aula. Artiom temía caerse y se aferró a la profesora. Volvió a sentir aquel silencioso y bondadoso olor que despedía también su madre. Aquellos ojos desconocidos, que lo miraban tan de cerca, no estaban enfadados, pero sentía que los conocía desde hacía mucho. «No les temo», pensó Artiom.
__En el aula, Apolinaria Nikoláyevna escribió en la pizarra una palabra y dijo:
__—Así se escribe la palabra «mamá». —Y le ordenó copiar aquellas letras en la libreta.
__—¿Es sobre mi mamá? —preguntó Artiom.
__—Sobre tu mamá, sí.
__Entonces Artiom empezó a dibujar cuidadosamente las mismas letras de la pizarra en su libreta. Se esforzaba, pero la mano no le obedecía; le hablaba, le decía cómo debía escribir, pero la mano se paseaba por sí sola y escribía garabatos que no se parecían en nada a su mamá. Enfadado, Artiom escribía una y otra vez las cuatro letras que expresaban a su «mamá» y la profesora no apartaba sus ojos alegres de él.
__—¡Eres un valiente! —dijo Apolinaria Nikoláyevna.
__Comprobó que Artiom ya podía escribir las letras bien y sin torcerse.
__—¡Enséñame más! —pidió Artiom—. ¿Qué letra es esta, la que parece que tiene una barriguita?
__—Es la letra B —le dijo Apolinaria Nikoláyevna.
__—¿Y este palito grueso qué es?
__—Son unas letras gordas.
__—¿Letras bien alimentadas? —preguntó Artiom—. ¿Y no me vas a enseñar nada más o es que no hay nada que enseñar?
__—¿Cómo que no hay nada más que enseñar? ¡Qué cosas dices! —dijo la profesora—. ¡Escribe esta otra!
__Escribió en la pizarra: «Patria».
__Artiom empezó a copiar la palabra en su libreta, pero de pronto se detuvo y prestó oído.
__En la calle alguien pronunció con voz espantosa y melancólica: «¡U-u!». Después se oyó de otro lugar, como si proviniera de debajo de la tierra: «¡N-n-n!».
__En ese momento Artiom vio por la ventana la cabeza negra de un toro. El toro miró a Artiom con un ojo inyectado en sangre y avanzó hacia la escuela.
__—¡Mamá! —gritó Artiom.
__La profesora cogió al muchacho y lo apretó contra su pecho.
__—¡No temas! —dijo ella—. No temas, mi pequeño. No lo dejaré tocarte, no te hará nada.
__—¡U-u-u! —mugió el toro.
__Artiom se aferró al cuello de Apolinaria Nikoláyevna y ella posó la mano en su cabeza.
__—¡Sacaré al toro!
__Artiom no le creyó.
__—Sí, pero no eres mi mamá.
__—¡Mamá! —lo remedó—. Ahora soy tu otra madre.
__—¿Eres otra mamá? En casa tengo una mamá y aquí tengo otra.
__—Sí, soy otra. Soy otra mamá para ti.
__Al aula entró un anciano con un látigo y todo cubierto de polvo, se inclinó y dijo:
__—¡Buenas, señores! ¿No tenéis kvas o un poco de agua? El camino ha sido muy seco…
__—¿Y quiénes sois, de dónde venís? —preguntó Apolinaria Nikoláyevna.
__—De muy lejos —respondió el anciano—. Caminamos siempre hacia delante, llevamos a los sementales según el plan. ¿Oís cómo mugen sus entrañas? ¡Son animales feroces!
__—¡Sus toros pueden hacer daño a los niños! —dijo Apolinaria Nikoláyevna.
__—¿Qué dices? —se enfadó el anciano—. Para eso estoy. Yo protejo a los niños.
__El anciano pastor tomó agua hervida de la jarra, que bajó hasta la mitad; sacó de su bolso una manzana roja y se la dio a Artiom.
__—Come —dijo—, afila tus dientes—. Y se fue.
__—¿Y tengo otras mamás? —preguntó Artiom—. ¿Quizá en algún lugar lejano?
__—Sí las tienes —respondió la profesora—. Tienes muchas.
__—¿Y por qué tengo tantas?
__—Para que el toro no te mate a cornadas. Toda nuestra Patria es también una madre para ti.
__Al rato Artiom regresó a su casa, y al día siguiente, temprano por la mañana, se preparó para ir a la escuela.
__—¿Adónde vas? Todavía es temprano —dijo la madre.
__—¡Sí, pero allí me espera la profesora Apolinaria Nikoláyevna! —respondió Artiom.
__—Pero no se va a marchar de allí. Es una mujer bondadosa.
__—Seguro que ya está aburrida —dijo Artiom—. Tengo que irme.
__La madre se inclinó hacia su hijo y se despidió de él con un beso.
__—Bueno, ve, ve poco a poco. Aprende allí y crece mucho.

Extraído del libro La patria de la electricidad y otros relatos

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