Poesía

Noctámbula

Por: Sebastián Gómez Gutiérrez

¿Cuál es el norte en una brújula, cuando ha sido rebasado?

Una noche.
Suspendido en ella, oscura, comparable y diferente; ¿qué separa una de otra?, ¿qué las hace únicas y distinguibles, cuando en ellas ahonda una misma constante?

Todos sueñan.
Oigo la soledad en una sórdida quietud. Una paz, seca. Un frío que no hiela pasa por mi oreja como si de un intento de ella por susurrarme se tratase; casi la escucho diciéndome que no me preocupe más, que el pensarlo me consume mientras me hace consciente de las nimiedades con las que, en su ausencia, viviríamos mejor. Una noche igual a la de ayer, antier, tras antier. No sé si estoy viviendo, o si cada día muero más y me acerco sin preámbulos al día en el que abandoné morir en la constante para hacerlo perpetuamente.

¡Ah, el cambio!
El paso por la Venus Afrodita, y el romanticismo desfigurado a flor de piel, hasta el punto de canonizarlo al gusto de los ojos de los verdugos, de lo »bueno y lo malo». Sí, del paso por la Venus hasta llegar al fin del mundo, con el que no se encontró Colón.

“Caigo al abismo, mientras avisto las piernas heracleas”.

¿Saber?, ¿saber qué?, si me desconozco en mi reflejo; ya no sé vivir, ni reír, ni gozar. No me alegro pero tampoco lloro; aunque paradójicamente sí poseo sentimientos y emociones que unas veces incautas, otras oportunas, salen a la vista de quien merezca avistarlas; aunque no siempre en mesura, ni positivamente para el dichoso o desdichado espectador.

La vida, la existencia; dos tangentes inquietantes. Ser humano. ¿Cómo mis ancestrales y primigenias raíces montaron y pusieron a flote tanta realidad visiblemente comprobable?, ¿a caso pudo ser otra?, aún más, ¡qué objetivo tiene esta última pregunta si la única verdad que existe es la imposibilidad del cambio de la misma!

Realidad. Qué «objetiva».

Caigo en sus pies y miro hacia el lugar del que venía; veo más que un círculo luminoso, la entrada a este, el fin del mundo; ¿cómo podré salir de aquí?, me hallo perdido, sin rumbo ni dirección, ¿cuál es el norte en una brújula, cuando ha sido rebasado?

Pensé en salir, trepar por el cuerpo de aquel fortachón; semidios con su capa de rey, que sostiene el mundo para que no se vaya al piso; pero no pude y más que por la imposibilidad física, fue porque no quise; limité mi cuerpo a quedarse de rodillas mientras miraba la luminosidad, hundido en la soledad; aunque físicamente no lo estaba, pues conmigo en aquel lugar había demasiada gente, ¿perdidos igual que yo?, ya no importa.

Una sórdida quietud. Vuelvo al lugar en el que inicio todo; sentado puedo casi que escuchar el silencio, sentir las palabras de la noche en mi oído, ¿yo?, aquí, como suspendido en el aire, pienso, mientras mi familia sueña…

No sé qué día
es hoy.

[irp posts=»5259″ name=»Recuerdo de la calle 11″]

Sobre el autor

Sebastián Gómez es un joven estudiante de Licenciatura en literatura y lengua castellana de la UTP. En sus tiempos libres y cavilantes escribe y se centra en los clichés, la monotonía y lo cotidiano de la vida, tratando de develar esas nimiedades que al parecer no tienen importancia o están muy gastadas, de una manera diferente, recuperando así un sentido simbólico desde la sensibilidad en todo lo que observa y sobre lo que medita. Desde niño escribe poemas, cuentos y canciones, principalmente a su madre; sin embargo, nunca se había decidido a hacer sus escritos públicos, más allá de su círculo cercano, hasta ahora.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *