Muridae hominis

Las ratas, amada y odiadas por muchos, están entre los animales que más se han visto durante la cuarentena

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04/21/2020
Por Natalia del Pilar Sanchez León
Crónica

Las ratas están entre los animales que más se han visto durante la cuarentena


Siendo 22 de marzo, domingo, me dispongo a salir de mi apartamento camino al hospital donde tengo turno nocturno en la unidad de cuidado intensivo. En el camino paso por el Parque Sucre, y veo una rata deslizarse sigilosa por la base de la estatua del parque.

En los últimos meses me he preguntado si otras personas ven con tanta facilidad estos animales como yo. No me agradan en absoluto, pero con el tiempo las he aceptado, y encuentro casi triunfal detectar su presencia a pesar del esfuerzo vital que estos animales ponen en el sigilo, en el anonimato, en la no detección. En mis caminatas nocturnas con facilidad las veo, y sin importar la distancia a la que esté, siento que notan que las he descubierto, huyen presurosas o se quedan inmóviles, abrazadas por una sombra oscura, queriendo camuflarse.

Este individuo que vi hoy, con sagacidad corrió desapareciendo en un borde del pasto verde del parque, seguramente a refugiarse en su madriguera, en su sociedad subterránea, a la espera de que la quietud vuelva, que esos ojos fisgones desaparezcan y pueda salir a buscar comida o recursos, en una hora que casi le pertenece.  Pasado ese breve momento, dirijo mi mirada hacia adelante y noto lo vacía que está la calle, supera el vacío que se siente cuando sales un domingo a las 6:30 pm en la localidad de Chapinero, es más que inusual. Este vacío huele a obligatoriedad, huele a miedo. Por su puesto, la cuarentena ha iniciado —pienso.

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Veo escasas personas deambulando en mi inmediato horizonte, todos habitantes de calle, buscando en canecas de basura la cena o algo que sirva de refugio, pero con extrañeza noto que las canecas están vacías, con una bolsa nueva, ajustada pulcramente por alguien, así mismo noto la incertidumbre en sus rostros; al igual que yo, se han dado cuenta: la cuarentena ha empezado.

Evoco las ratas y pienso en lo que se nos avecina como humanidad. ¿Cuánto tiempo hemos pasado en el “yo” y no en el “nosotros”? Recibo mi turno sin novedad.

Mientras voy visitando cada paciente que me fue asignado, en el intermedio que requiere una higienización —ahora intensificada—, las ratas vuelven a mi cabeza. Estos animales que se podría decir aborrecemos y son indeseados, pero que siempre nos han acompañado, han visto guerras y colonizaciones, han colonizado junto a nosotros, nos han visto perecer, con o sin intención han hecho que enfermemos, han estado siempre ahí.  Y se me ocurre que quizá en esta época de crisis afloren nuestras semejanzas con esta especie, sobre todo aquellas que se refieren a su comportamiento.

El ser humano ha demostrado capacidad para realizar cosas bellas, hermosas, trabajar en comunidad, pero así mismo todos somos conscientes de nuestra capacidad de destrucción, de alienar y dañar a otros de nuestra misma especie, la razón no importa, lo que importa es la existencia de dichas capacidades, genéticamente encriptadas, su explotación varía de individuo a individuo, y de situación a situación.

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Ahora tendremos que quedarnos en casa, redescubrir cómo vivir confinados, con muchos o pocos integrantes, en un espacio reducido (para muchos), no poder salir si no cuando nos digan que es permitido, e intentar vivir el día a día, casi igual que estos pequeños animales que les mencioné. Aunque no nos podemos aparear a una tasa tan alta como lo hacen estos, basta con lo fértil que es nuestra mente, preñada por el miedo y la incertidumbre, y como el tiempo de crisis abona esta gestación de ideas, que por defecto tienden a la desesperación, al mal pronóstico, a la tristeza. No es físicamente como veremos lo que en el mundo de las ratas se denominó “el rey de las ratas” (fenómeno en el cual un número de ratas se apeñuscan, enredándose las colas, sin que ya puedan separarse), será mental… qué tortura.

Mientras dure la pandemia, nos veremos obligados a solidarizarnos para sobrevivir, en todos los niveles, desde lo personal hasta lo nacional, pero desafortunadamente la historia, bella consejera, nos ha demostrado que no todos durante la crisis son capaces de solidarizarse, en estos individuos, sus genes de supervivencia como individuo y no como especie sobresalen, se imponen, pasamos por encima de quien sea, lo importante es llegar al objetivo, sobrevivir, así sea para terminar muertos, fin también genéticamente establecido. O sea, llegó la hora de ser caníbales, igual que las ratas. Por Dios —pienso—, cuánta similitud.

En dicha especie de roedores se ha documentado bastante bien el canibalismo, más marcado en hembras jóvenes, las más activas, quienes atacan con frecuencia a miembros muy jóvenes e inmaduros, como recién nacidos, puesto que son los más indefensos. Nuestro canibalismo no será físico, al menos eso espero, será simbólico, que no es menos nocivo, puesto que en nuestro modo de vivir lo simbólico generalmente se torna vívido. Será un canibalismo social, económico, de derechos, nos alienaremos unos a otros poco a poco, y a aquellos que ya tienen experiencia en este tipo de «emprendimiento» brillarán más que nunca, nuestras diferencias en todos los estratos se marcarán más, los «débiles» intentarán defenderse, pero perecerán ante los “fuertes”, ante los caníbales, caníbales de alimento, de aire, de agua, de dinero, de oportunidades.

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Así ha sido nuestra historia, la historia de la humanidad. Cuando todos como sociedad nos sintamos heridos —tan heridos que estemos dispuestos a luchar—, esto parará, pero como estamos congelados en el “yo” y vemos con desdén el “nosotros”, el  arma contra el canibalismo no estará a la mano.

Muchos se derrumbarán tanto físicamente como mentalmente, cuánta tristeza nos aguarda, desesperación, hambre, enfermedad, cuántas personas en bancarrota, pero no importa, así como las ratas aprendemos rápido, y nuestra capacidad de adaptación se despierta, y nos llevará a lo mínimo exigido que es sobrevivir, nuestros estándares bajan paulatinamente, pero de ahí es de donde nace la esperanza. Muchos moriremos en el intento y muchos sobreviviremos. Y como ratas esperaremos nuevos vientos, a que esa mirada fisgona, intrusa, que hoy llamamos coronavirus, se vaya, para poder salir, buscar comida, refugio, y si se nos permite, volver a crecer y colonizar, eso sí, siendo siempre ratas.

El turno finaliza, con tranquilidad, esa tranquilidad que ofrece un turno en cuidado intensivo, tranquilidad por tener la seguridad de la vida y la muerte, la única seguridad real.


Natalia del Pilar Sanchez León es Médico y cirujano de la universidad del Rosario, 2015, y Residente de Medicina Interna en la Pontificia Universidad Javeriana desde 2018.

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