Miguel De Cervantes: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha»

Harold Bloom reflexiona sobre la grandeza de Cervantes, El Quijote y la estrecha relación con William Shakespeare

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Crítica a la grandeza de Cervantes, El Quijote y la estrecha relación con William Shakespeare

04/23/2020
Harold Bloom
Ensayo

Toda discusión sobre cómo y por qué leer novelas debe incluir el Don Quijote de la Mancha de Cervantes, la primera y mejor de todas las novelas, aunque sea más que una novela. Para mi crítico cervantino predilecto, el vasco Miguel de Unamuno, el libro era la verdadera Biblia española y «Nuestro Señor don Quijote» el auténtico Cristo. Si se me permite ser totalmente secular, a mí Cervantes me parece el único rival posible de Shakespeare en la literatura imaginativa de los últimos cuatro siglos. Don Quijote es el par de Hamlet, y Sancho Panza un adecuado contrincante de Sir John Falstaff. No sabría proferir elogio más alto. Contemporáneos exactos (puede que hayan muerto el mismo día), es evidente que Shakespeare había leído el Quijote pero muy improbable que Cervantes hubiese siquiera oído hablar de Shakespeare.

Entre los novelistas que han amado el Quijote están Henry Fielding, Tobías Smollett y Laurence Sterne en la Inglaterra del siglo dieciocho; las novelas de todos ellos serían inconcebibles sin Cervantes. La influencia de éste es intensa en Stendhal y Flaubert, cuya Madame Bovary es «el Quijote femenino». Son cervantinos Herman Melville y Mark Twain, lo mismo que Dostoievski, Turguéniev, Thomas Mann y virtualmente todos los novelistas modernos de lengua española.

El Quijote es un libro tan vasto (aunque, así como el Dr. Johnson, yo no lo querría más corto), que ceñiré mi recomendación de cómo leerlo a la relación central que presenta: la amistad entre Don Quijote y Sancho Panza. En Shakespeare no encontramos nada parecido, ya que el príncipe Hal, cuando se convierte en el rey Enrique V, destruye la amistad con Falstaff que ya desde la primera vez que los vemos juntos, al comienzo de Enrique IV, primera parte, se ha vuelto muy ambivalente. Horacio es para Hamlet un mero hombre recto, y toda otra relación masculina tiene en Shakespeare sus aspectos equívocos, sobre todo en los Sonetos. Las mujeres de Shakespeare son capaces de mantener auténticas amistades; los hombres no. A veces pienso que esto es tan cierto en Shakespeare como en la vida; ¿o es un ejemplo más de la influencia de Shakespeare en la vida?

Por más que discutan a menudo, Don Quijote y Sancho siempre se reconcilian y nunca flaquean en cuanto a afecto mutuo, lealtad y equilibrio entre la gran no-sabiduría del caballero y la sabiduría admirable de su asistente. En Shakespeare (¿como en la vida?) todos tienen dificultades para escucharse unos a otros. El rey Lear apenas escucha a nadie, y Antonio y Cleopatra (a veces hasta extremos cómicos) son incapaces de prestarse atención. Shakespeare debe de haber tenido un don sobrenatural para escuchar, en especial cuando estaba con Ben Jonson, que no paraba nunca de hablar. Uno sospecha que Cervantes también tenía un oído infatigable.

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Aunque en el Quijote pasa prácticamente todo lo que puede pasar, lo que más importa son las conversaciones que Sancho y Don Quijote no cesan de mantener. Abran ustedes el libro al azar y es muy probable que se encuentren en medio de uno de esos intercambios, malhumorado o burlón, pero a la larga siempre afectuoso y fundado en el respeto mutuo. Aun en los momentos más feroces ambos practican una cortesía inquebrantable, y escuchándose aprenden constantemente. Y al escuchar cambian.

Podemos establecer, creo, el principio de que el cambio, ese ahondamiento e internalización de sí mismo, es absolutamente antitético si comparamos a Shakespeare con Cervantes. Sancho y don Quijote desarrollan personalidades nuevas y variadas escuchándose uno al otro; Falstaff y Hamlet llevan a cabo el mismo proceso escuchándose a sí mismos. Los novelistas mayores de Occidente deben tanto a Shakespeare como a Cervantes. El Ahab de Melville, protagonista de Moby-Dick, no tiene un Sancho; está tan aislado como Hamlet o Macbeth. Tampoco lo tiene Emma Bovary, quijotesca por demás, y en última instancia muere de escucharse a sí misma. El hallazgo de un Sancho en Jim salva a Huckleberry Finn de marchitarse gloriosamente en el aire de la soledad. Si tomamos a Dostoievski, el Raskolnikov de Crimen y castigo se enfrenta con lo que podría definirse como un anti-Sancho en la figura del nihilista Svidrigáilov; y el príncipe Mishkin de El idiota debe mucho a la noble «locura» del Quijote. Mann, muy consciente de la deuda, repite deliberadamente el homenaje que rindieran a Cervantes tanto el poeta Goethe como Sigmund Freud.

Paulatinamente, con el curso de los afectuosos (aunque con frecuencia rezongones) debates que mantienen, Don Quijote y Sancho empiezan a incorporar cada uno atributos del otro. La locura visionaria del caballero va adquiriendo una dimensión más astuta, y el taimado sentido común del escudero entra en el mundo teatral de la búsqueda. Las naturalezas nunca se rinden, pero ambos aprenden a depender uno del otro a extremos muy graciosos. Al explicarle a Sancho sus propósitos, Don Quijote cita la locura erótica de sus precursores —Amadís de Gaula y Orlando—, y con gran sensatez añade que acaso él se limite a imitar a Amadís, quien al contrario que Orlando se hizo famoso infligiendo demenciales ofensas a quien se le acercase.

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—Paréceme a mí —dijo Sancho— que los caballeros que lo tal ficieron fueron provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias; pero vuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha desdeñado, o qué señales ha hallado que le den a entender que la señora Dulcinea del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o cristiano?

—Ahí está el punto —respondió don Quijote— y ésa es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracia: el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que, si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?

Como Hamlet, don Quijote es un loco muy cuerdo y no tiene un pelo de tonto, como no lo tiene Sancho. Lo mismo que el príncipe Hal y Falstaff, ambos juegan un juego muy complejo, aunque por fortuna carente de ambivalencias. Tan complejo es el juego que el lector no tiene más alternativa que leer un Quijote propio, porque, como Shakespeare, Cervantes es tan complejo como imparcial. En contra de Unamuno, muchos estudiosos apoyan a Erich Auerbach, que encontraba en el libro una jovialidad no problemática. El Quijote de Unamuno encarna más bien el sentimiento trágico de la vida, y su «locura» es una protesta contra la necesidad de morir; se diría incluso que es una rebelión contra el temperamento español, que en diferentes épocas ha hecho de la muerte un objeto de culto. Cervantes, guerrero maltrecho, había perdido el uso de la mano izquierda combatiendo contra los turcos en la batalla de Lepanto; hay algo en él siempre al borde de clamar, con Sir John Falstaff, «¡Dadme vida!». Creo que Unamuno tenía razón cuando afirmaba que la jovialidad del libro le pertenece plenamente a la grandeza de Sancho Panza, quien con Falstaff y el Panurgo de Rabelais ejemplifica lo inmortal que hay en nosotros.

No existe ninguna obra de Shakespeare en donde dos personajes compartan en igualdad de condiciones el honor de la primacía imaginativa. En términos de imaginación Falstaff se impone a Hal, Julieta a Romeo, Cleopatra a Antonio. De todos los esplendores de Cervantes, el más intenso es la presentación de dos grandes almas que se aman y respetan mutuamente.

Es refrescante que disputen con frecuencia y denuedo, como conviene a dos personalidades fuertes que saben quiénes son. Aunque don Quijote y más tarde Cervantes son acosados por hechiceros, la identidad profunda nunca corre peligro. Pese a la aparente locura de su errancia caballeril, en don Quijote se mantiene íntegro eso que Shakespeare llamaba el «sí-mismo» (selfsame, la palabra con que designaba la coherencia y la identidad individual). Un elemento crucial de esa mismidad es la apasionada devoción por la asombrosamente bella y abrumadoramente virtuosa Dulcinea, a quien don Quijote suele invocar con altura:

«Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha!».

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La mujer real es una campesina de la vecindad, Aldonza Lorenzo, que no anda escasa de grosería. Los encantadores han transformado a la impar Dulcinea en la basta Aldonza; pero don Quijote no deja de entender su propia ficción, su deslumbrante invención el orden del juego:

«Todo cuanto digo lo percibo como cierto, y en nada defectuoso, y lo pinto en mi mente tal como quiero que sea». El lector ya está bien avisado de que puede aceptar a Dulcinea con cierto crédito, ya que en un sentido ella es para don Quijote lo que Beatriz es para Dante, el centro de un heterocosmos o un mundo alternativo al de la naturaleza. Esta noción romántica o shelleyiana es matizada por Sancho Panza, y de otra forma por el propio don Quijote, que conoce los límites de la obra y sabe quién es y quién podría ser «si lo eligiera».

El lector, que aprende a amarlos a ambos, aprenderá con ellos a conocerse mejor a sí mismo. Como Shakespeare, Cervantes entretendrá a todo tipo de lectores, pero también (otra vez, como Shakespeare) creará lectores más activos, según las capacidades de cada cual. En el encuentro con los leones enjaulados, es don Quijote quien sabe si los nobles animales van a atacarlo o no. Durante las cabalgatas de los dos aventureros, el lector activo llega a compartir con ellos la conciencia de que son personajes de una historia; y en la Segunda Parte del largo libro, don Quijote y Sancho participan a su vez plenamente del conocimiento del lector, pues se han convertido abiertamente en críticos que juzgan sus propias peripecias.

En sus dos docenas de grandes obras, Shakespeare ejerció el arte supremo de ocultarse; quizá el lector o el espectador teatral quiera saber qué pensaba él de lo que estaba ocurriendo, pero Shakespeare lo dispone todo de manera que nunca podamos llegar hasta él, y en muchos sentidos le agradecemos no necesitarlo. Cervantes, en especial en la segunda parte de su gran libro, inventó el arte exactamente opuesto: dispone las cosas de modo que no podamos prescindir de él. Abre una brecha en la ilusión que crea para nosotros, porque en esa segunda parte tanto don Quijote como Sancho comentan los papeles que han interpretado en la primera. Más barroco y consciente todavía, el autor se une a don Quijote en las quejas respecto a los hechiceros, en el caso de Cervantes el plagiario-impostor que quiso acabar la novela en su lugar.

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Thomas Mann admiró en el Quijote la singularidad de un héroe que «vive consumiendo la gloria de su propia glorificación». Sancho, demasiado astuto para ir tan lejos, dice no obstante que a él también se lo puede encontrar en la historia bajo el nombre de Sancho Panza. Si el lector empieza a sentirse algo perplejo, sólo necesitará un poco más a Cervantes. Éste, hablando como Miguel de Cervantes Saavedra, asume y mantiene un nuevo tipo de autoridad narrativa, cuyo último heredero acaso haya sido Marcel Proust. Bien es cierto que, si para algunos fue Proust quien llevó la novela cervantina hasta su extremo, para otros fue James Joyce, en el Ulises, y para otros más el discípulo de ambos, Samuel Beckett, en la trilogía compuesta por Molloy, Malone muere y El innombrable.

Leer el Quijote es un placer inagotable; y espero haber indicado algunos aspectos de cómo leerlo. Muchos de nosotros somos figuras cervantinas, mezclas de Quijote y Sancho. ¿Por qué leer el Quijote? Sigue siendo la mejor novela, y la primera, del mismo modo que Shakespeare sigue siendo el mejor dramaturgo. Hay partes de sí mismo que el lector no conoce totalmente hasta que no conoce tan bien como pueda a don Quijote y Sancho Panza.

Fuente: Cómo leer y por qué

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