Mentiras y lirios

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Mentiras y lirios

– Bram Stoker –

 

Claribel vivió en paz y felicidad con su padre y su madre, desde que era un bebé hasta que, a los diez años, empezó a ir a la escuela.

Sus padres eran gente buena y cortés, amantes de la honestidad, que siempre trataban de marchar por la senda de la justicia. No enseñaron a Claribel más que cosas buenas, y su madre, Fridolina, le hacía acompañarla a diario cuando iba a visitar y consolar a los enfermos.

Cuando Claribel empezó a ir a la escuela fue incluso más feliz que antes, ya que a partir de entonces no solo tenía su casa, sino también muchos y nuevos amigos de su misma edad, a los que llegó a conocer bien y a querer. La maestra era muy buena y muy amable y muy anciana, con un precioso pelo blanco y un rostro bondadoso que nunca se endurecía ni enfadaba, excepto cuando alguien decía una mentira. Entonces la sonrisa se borraba de su cara, lo que recordaba al cambio que experimenta el cielo cuando se oculta el sol, y ella se ponía muy seria y lloraba calladamente. Si el niño que se había portado mal confesaba la falta y prometía no volver a decir una mentira nunca más, la sonrisa retornaba, igual que el sol al amanecer. Pero si el niño se aferraba a su mentira, la expresión de la maestra mantenía la severidad y su mirada seria se quedaba grabada en la memoria del niño, aunque su maestra ya no estuviera presente.

 

La disputa del sacramento – Rafael Sanzio (Referencia a la Nueva Jerusalem)

 

A diario la maestra hablaba a los niños de la belleza de la verdad y de lo fea y terrible que es la mentira. También les contaba historias del Gran Libro, y una que le gustaba en particular, y asimismo a los niños, era la de la Ciudad Hermosa, donde la gente buena habita en el más allá.

Los niños nunca se cansaban de oír hablar de esa ciudad, hecha de jaspe, tan clara como el cristal, con sus doce puertas, y el nombre de cada una escrito sobre la misma, y hacían preguntas a la maestra sobre el ángel que vigilaba la ciudad tomando la medida de las cosas con un junco dorado. Siempre, hacia el final de la historia, la voz de la maestra se tornaba muy grave, y empezaba a hablar en susurros, lo que obligaba a los niños a acercarse, un poco asustados, para oír cómo fuera de la bella ciudad vivían, condenados para siempre, «quienesquiera que decían mentiras y disfrutaban de ello».

A continuación, la buena maestra les explicaba lo terrible que debía de ser tener que quedarse fuera de la ciudad y no poder participar de toda la belleza y de la gloria eterna de su interior. Y todo por culpa de una falta que, en realidad, nadie tiene la necesidad de cometer: decir una mentira. La gente no se enfada demasiado, ni siquiera cuando se ha cometido una falta, siempre que la verdad se diga de inmediato; pero si la falta se empeora sumándole una mentira, entonces todo el mundo se enfada mucho, y con justicia. Si hombres y mujeres, incluso padres y madres que quieren mucho a sus hijos pequeños, se enfadan, ¿cuánto se enfadará Dios con quien comete el pecado de la mentira?

A Claribel le encantaba esa historia y a menudo lloraba al pensar en la pobre gente que tenía que quedarse fuera de la Ciudad Hermosa para siempre, pero nunca se detuvo a pensar que ella misma podía decir una mentira. Nunca lo hizo, hasta que sufrió la tentación. Cuando las personas se creen muy buenas, corren el riesgo de caer en el pecado, porque si no nos mantenemos siempre en guardia contra el mal, seguramente incurriremos en algo malo; y como Claribel no temía el mal, fue conducida fácilmente al pecado.

Los niños trabajaban en sus ejercicios de aritmética. Unos pocos sabían hacerlos y llegaron sin dificultades a la solución; pero otros no pudieron dar con la solución correcta, y otros se quedaron bloqueados, sin obtener ninguna solución en absoluto. Un par de niños malos ni siquiera intentaron hacer los ejercicios y se dedicaron a dibujar y escribir sus nombres en sus pizarras. Claribel intentó hacerlos, pero no se acordaba de cuánto es nueve veces siete, y en lugar de empezar por «dos veces uno son dos» e ir ascendiendo, se aburrió, empezó a vaguear, abandonó los ejercicios y se puso a dibujar, sin concluir tampoco ninguno de los dibujos. Miró hacia la ventana en busca de algo que dibujar y vio, en la parte inferior de los cristales, las flores de colores pintadas allí para impedir que los niños miraran hacia el exterior durante las horas de clase. Claribel se fijó en una de ellas, un lirio, y empezó a dibujarlo.

 

  El hombre que soñó
La visión después del sermón – Paul Guaguin

 

Skooro la vio distraída y dio inicio a su vil labor. Para ayudarla a hacer lo que no debía hacer, tomó la forma de un lirio y se tendió lánguidamente sobre la pizarra de la niña, de modo que, para dibujar la flor, ella solo tuvo que seguir los bordes con la tiza. No es que dibujar un lirio sea algo malo, y si Claribel lo hubiera hecho en el momento apropiado habría sido merecedora de aplausos; pero algo bueno se puede convertir en malo si se hace en el momento equivocado, y esto es lo que sucedió con el lirio de Claribel.

Finalmente, la maestra pidió las pizarras de los alumnos. Cuando Claribel le llevó la suya, supo que había hecho algo malo y se arrepintió, pero se arrepintió solo porque le daba miedo que la castigaran. Cuando la maestra le pidió la respuesta de sus ejercicios, la niña agachó la cabeza y dijo que no había llegado a ellas.

—¿Lo has intentado? —preguntó la maestra.

—Sí —dijo ella, pensando que lo había intentado un poco, al principio.

—¿Te has distraído? ¿Has hecho algo más, aparte de tus ejercicios?

Supo que si decía que se había distraído tendría problemas, y entonces, olvidándose de la ciudad de jaspe y de los condenados a permanecer allende sus bellas puertas, dijo que no había hecho nada más que sus ejercicios. La maestra aceptó su palabra, ya que la niña siempre había sido sincera hasta entonces, y dijo:

—Supongo que no has sabido resolverlos, cariño. Déjame ayudarte.

Y, amablemente, la maestra le indicó la manera de solucionar los ejercicios.

Claribel regresó a su pupitre con la cabeza gacha, sabiendo que había dicho una mentira, y pese a que nadie tenía por qué saberlo, estaba arrepentida, y se sintió como si estuviera condenada en el exterior de la ciudad reluciente. Si en ese momento hubiera corrido junto a su maestra y dicho: «Me he portado mal, pero volveré a ser una niña buena», todo habría acabado bien; pero no lo hizo, y cada minuto que pasaba hacía la confesión más difícil.

Las clases terminaron poco después y Claribel volvió a su casa muy triste. No tenía ganas de jugar, porque había dicho una mentira y sentía un gran peso en el corazón.

 

  There are more things
Lirios – Vincent Van Gogh

 

Cuando llegó la hora de ir a la cama, se tumbó, muy cansada, pero no fue capaz de dormir; lloró con amargura, porque no podía rezar. Se arrepentía de haber dicho una mentira y le pareció injusto que su arrepentimiento no bastara para que volviera a sentirse bien, pero su conciencia le decía: «¿Confesarás mañana?». Pero ella pensó que no haría falta, porque el pecado ya era cosa del pasado y no había hecho mal a nadie. No obstante, sabía que se engañaba a sí misma. Si la maestra hubiera dado su opinión sobre lo sucedido, habría dicho:

—Siempre ocurre igual, mis queridos niños. Un pecado no se puede borrar sin pasar antes por la vergüenza, pues, sin la vergüenza y el reconocimiento de la culpa, el corazón no se puede limpiar de pecado.

Finalmente, Claribel lloró hasta quedarse dormida.

Mientras tanto, el ángel niño se coló en la habitación y pasó sobre sus párpados, de modo que, incluso en sueños, ella vio su maravillosa luz y pensó en la ciudad de jaspe, clara como el cristal, con sus doce puertas, y el nombre de cada una escrito sobre la misma. Soñó que veía al ángel con el junco dorado, sobrevolando la ciudad y midiendo, y Claribel sintió tal felicidad que se olvidó por completo de su pecado. El ángel niño sabía todo cuanto ella pensaba, y se encogió y se encogió, hasta que su luz se extinguió por completo, y, en sueños, Claribel lo sintió como si hubiera anochecido, y supo que se hallaba en el exterior de las puertas de la Ciudad Hermosa. El ángel, que sostenía el junco de oro, apareció sobre las almenas y con voz terrible dijo:

—Claribel, quedaos fuera. Habéis incurrido en una mentira y disfrutado de ello.

—No —dijo Claribel—, no lo he disfrutado.

—En tal caso, ¿por qué no confesáis vuestra falta?

Claribel guardó silencio; no estaba dispuesta a confesar su pecado, pues era dura de corazón, y el ángel alzó la vara de medir y, ¡oh, sorpresa!, de ella brotó un hermoso lirio. El ángel dijo:

—Los lirios solo crecen para los puros, y los puros viven dentro de la ciudad. Vos debéis quedaros fuera, con los mentirosos.

Claribel vio las murallas de jaspe alzarse hasta gran altura ante ella y supo que eran una barrera eterna, que tendría que quedarse para siempre fuera de la Ciudad Hermosa; y entonces, acuciada por la angustia y el horror, se percató de la gravedad de su pecado y anheló la confesión.

Skooro advirtió que ella se arrepentía, porque también él podía ver los pensamientos de la niña, y, mediante la oscuridad que lo rodeaba, trató de ocultar el sueño de la Ciudad Hermosa.

Pero el ángel niño se deslizó en el corazón de Claribel, iluminándolo, y la semilla del arrepentimiento brotó y floreció.

Claribel se despertó muy temprano, se levantó y fue a contar su pecado a la maestra, tras lo que volvió a ser feliz.

Durante el resto de su vida le gustaron mucho los lirios, ya que le recordaban su pecado y posterior arrepentimiento, y solo crecen en el interior de la ciudad de jaspe, reservada únicamente para los puros.

 

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