Psicología

Inconsciente colectivo: La violencia en la fantasía de la participación mística

Por: Elbert Coes

Las dificultades frente a la violencia donde ha existido una fantasía mística, subyacen en que el ser humano ya no percibe el amparo natural de la cosmovisión.

El primero en usar el término participation mystique fue el sociólogo francés Lucien Lévy-Bruhl, al referirse a la experiencia psicológica inconsciente con relación a objetos y personas donde se percibe un fuerte vínculo. Para exponer su tesis Lévy-Bruhl rastrea la moral de los pueblos primitivos, no como la entendemos hoy sino como una serie de reglas de comportamiento que entonces serían esenciales para subsistir, como si fueran leyes naturales.

Esta participación mística tiene su representación más clara en la relación del hijo con la madre y del individuo con la naturaleza. En ambos casos, el que emana confía plenamente en la provisión total y completa tanto de la tierra como de la madre. Esto es, la plenitud del feto en el saco amniótico o bien la del miembro de la tribu que se siente conectado a la totalidad, y así mismo invadido por el sentimiento de resguardo. De ahí que anteriormente se rindiera culto y se efectuaran rituales a la tierra, al sol, a la luna, a las lluvias, a los cultivos.

Los griegos en la antigüedad lo llamaron logos y algunas tribus amazonas como los Yánesha de los Andes peruano, por ejemplo, la denominan Pachamama. Sin embargo, esto es más que un rótulo. Es un sentir consciente en la psique de ser participe de lo místico. Para los antiguos griegos como para los Yánesha el logos o el mundo es una entidad viva.

En los griegos primaba más el cultivo del ser a través del «logos» (arte, música, filosofía) que el acumular riquezas.

En la carrera por sobrevivir, el occidental ha sepultado en lo profundo de su psique este respaldo natural, de modo que cuando accede, de otra forma, a este nivel de profundidad, aquello que permanece en estado inconsciente lo percibe como una experiencia mística. Es el caso de las alucinaciones bajo los efectos de la ayahuasca, donde el sujeto siente la mónada en todas las cosas gracias a la disipación forzada, puesto que se han diluido las imágenes que durante la vigilia empujan la voluntad consciente. Tales testimonios también refieren que la naturaleza está viva.

En la mente del occidental hay unos razonamientos que obnubilan los principios de provisión y abundancia, como también la certeza de unidad. A partir de allí, si se tiene en cuenta que las imágenes cotidianas se superponen en capas mentales, no sería descabellado pensar en que el sujeto haga corresponder imágenes del consciente con otras del inconsciente. De ahí el surgimiento de la fantasía mística. Por ejemplo, el caso del abusador sexual convencido de que su víctima desea ser agredida.

En El encuentro analítico, Mario Jacoby expone que, entre los egos, en este caso dos, el vínculo inconsciente indica un estado de identidad en el que ambas partes se fusionan. Lo cual sería muy natural si se tiene en cuenta el principio de la participation mystique. El problema radica en que, cuando el ego toma el control de la psique, funde fantasía —o imágenes falsas— con el principio monádico del inconsciente.

Las dificultades frente a la violencia donde ha existido una fantasía mística, subyacen en que el ser humano ya no percibe el amparo natural de la cosmovisión. Así que, por un lado, desde la mente consciente se ve impugnado a buscar su sustento material, ese que le pueda dar seguridad; por el otro, la profusión de imágenes en distintos niveles psíquicos, que lo inducen a actuar, aunque no necesariamente se trate de la comisión de un delito.

Se cree que en su pintura «La creación de Adán», Miguel Ángel refiere que Dios habita el fondo de la psique humana.

En El secreto de la flor de oro, Carl Jung expone que «Mientras no sea consciente la distinción de sujeto y objeto, reina la identidad inconsciente. Entonces lo inconsciente es proyectado sobre el objeto, y el objeto introyectado en el sujeto». Esto significa que habiendo unidad en la participación mística el ego tenderá a fantasear en estado consciente con imágenes que en realidad nunca se corresponden desde la individuación. Es así que el sujeto se proyecta en eventos, en los hijos, en los padres, en el dinero, «y afirma del otro, impúdicamente, lo que no quiere ver en sí mismo» (Ibidem).

Si bien resulta imposible pedirle al individuo de hoy que viva como en los pueblos primitivos, el trabajo del psicólogo está en crear en el sujeto un punto —una línea— donde coincidan tanto la participación mística como lo consciente, de modo que se pueda anular la fantasía mística. Esta práctica sería útil tanto en lo material como en lo emocional. En ciertos eventos de vacío existencial podría estar operando la imposibilidad de identificación. Como consecuencia, en caso de violencia, además de proyectar tal carencia en el exterior, el afectado sale a buscar aquello de lo que, en su fantasía mística, cree carecer. De ahí que, por ejemplo, el narcisista rara vez se reconozca como tal.

Por supuesto acá sería injusto llegar a una conclusión sobre los conceptos de la participación y la fantasía mística, tan profundos y pocas veces examinados. Pero sí podría plantearse una cuestión: si acaso la avaricia —material y emocional— resulta casi siempre de la ilusión de carencia —fantasía de desconexión— por ausencia consciente de la participación mística, es decir, por olvido de la capacidad de provisión universal y del vínculo de unidad con la naturaleza y todo lo que es inherente a ella, incluidos los otros.

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