La peste, lo terrible y la posibilidad del ser poético (I)

De la pluma de Jhon Walter Torres traemos la primera de dos entregas que reflexionan sobre literatura, crisis sanitaria y ambición de poder

«Algunos han salido a las calles a vender sus productos para conseguir el pan diario. Mientras esto sucede se presentan disturbios, asesinatos y un caos que solo podría compararse con la historia de Saramago, donde finalmente todos los habitantes están ciegos, no por el virus, sino por el deseo de poder»

09/03/2020
Jhon Walter Torres M.
Ensayo

«Mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!»

Gustavo Adolfo Bécquer

Introito

Platón supo que solo en la profundidad de las tinieblas los prisioneros de la caverna podrían valorar la luz. En La República, el filósofo describe la historia de unos hombres que se encuentran en una cueva atados con cadenas y logran ver siluetas y sombras refractadas en las paredes. El mito socrático es fundamental para comprender que en el abismo de la muerte quizá podríamos valorar la vida, que solo conociendo el sufrimiento, la desgracia, la injusticia y la vida que se apaga, comprenderíamos mejor la luz, el mundo que habitamos.

En nuestro moderno siglo XXI, donde las sociedades se dividen y se estratifican de una manera abismal, el capitalismo y el consumo generan sujetos atados a las compras, el hedonismo narciso es la bandera de algunos jóvenes, las redes sociales reemplazan la interacción personal,  todo lo sagrado es profanado, las protestas sociales de aquellos que se oponen al sistema son silenciadas con balas que se camuflan en los gobiernos y donde pareciera ser que debajo de un orden y de una idea de progreso se esconde, como en las novelas negras, la destrucción de la naturaleza y la podredumbre humana.

Alegoría de la caverna

En medio entonces de dos mundos: uno superficial y ordenado; otro oculto, en los suburbios; llega un virus que de alguna manera ha silenciado el planeta. COVID-19 es una pandemia que se ha expandido por todo el globo. Aunque históricamente ya han ocurrido pestes que acabaron con miles de personas y civilizaciones, incluyendo la Atenas de Pericles, esta que la modernidad enfrenta es también una posibilidad del ser poético.

En este ensayo nos proponemos mostrar la posibilidad del ser poético que se reconoce en el otro a pesar de la virtualidad, que de alguna manera es una extensión del sí mismo. Para ello, la novela, que explora la condición humana y sería la única capaz de develar, en términos de Kundera, el código existencial, es fundamental. Analizaremos entonces: la peste, el estanque de Narciso y la posibilidad del ser poético. En nuestro recorrido volveremos a la caverna, que simbólicamente sería la peste, los ojos de la muerte, para pensar en la posibilidad de cambiar o al menos tratar de reconocernos, no para salir a la luz, sino para comprender que en las tinieblas también estamos acompañados.

La scuola di Atene – Rafael Sanzio

La peste

La literatura a lo largo de la historia ha mostrado los conflictos de la sociedad. Incluso los textos de ficción siempre develan la problemática o la malevolencia de la humanidad. Homero, mediante la epopeya y los dioses mostró que los hombres combatían no por amor sino por la avaricia al poder; Dante, en el infierno castigó la corrupción de su época; y Cervantes al poner al Quijote a galopar en el Renacimiento enseña que el mundo no necesita de caballeros andantes que luchen por la paz, la justicia y enaltezcan el amor, pues la sociedad ya no cree en utopías. Para nuestra conjetura nos basaremos entonces en dos autores e interpretaremos algunas de sus novelas que han refractado la peste para mostrar lo que solo la muerte y la desgracia pueden hacer.

García Márquez publicó en 1967 su novela más afamada: Cien años de soledad; en ella ocurre la peste del insomnio que comienza sin que los habitantes de Macondo logren conciliar el sueño. José Arcadio Buendía, que supo el fenómeno gracias a la india Visitación —una princesa indígena que escapó de su tribu para no ser víctima de la enfermedad—; realiza letreros que marcan los nombres de los objetos para tratar de combatir el olvido que genera el insomnio. Cuando ya Macondo estaba a punto de perecer por  unos habitantes zombis que no recordaban ni sus nombres, aparece Melquiades, el gitano sabio para dar una pócima a José Arcadio y a los demás miembros de la aldea que logran recuperar la memoria.

La peste de Ashdod – Nicolas Poussin

Es interesante resaltar que el historiador griego Tucídides en Historia de la guerra del Peloponeso, señala que muchos habitantes de la antigua Grecia perdieron la memoria después de la  peste: “Fueron víctimas de una amnesia total y no sabían quiénes eran ellos mismos ni reconocían a sus allegados” (1990: 472). El olvido también se encuentra en la novela del de Aracataca. Lo importante es que la memoria, como un símbolo perdurable de cultura y depositada en los libros, construye una sociedad que reconoce sus raíces. Los habitantes de Macondo quedaron como zombis sin recuerdos.

Si extrapolamos la historia novelesca y la traemos a nuestra sociedad real, veremos que somos iguales. No recordamos que debe existir un equilibrio entre el hombre, el animal y la naturaleza. Destruimos las fuentes hídricas y talamos el Amazonas en vía del progreso. Los hombres de poder construyen Murallas, ignorando la barbarie que hizo Shi Huang Ti, y que también produjo el Muro de Berlín. Todo el aparato de modernización se pone al servicio destructivo, como si la historia no nos hubiera enseñado que matar al otro es también acabarnos a nosotros mismos. Necesitamos un Melquiades que nos salve y nos ayude a recordar. En lugar del gitano ha venido la pandemia llamada Coronavirus y lleva millones de muertos.

La pregunta entonces sería ¿El virus podría hacernos recordar el valor del otro y el mundo que habitamos? Trataré de responder a la pregunta al final de este ensayo. Por el momento mostraré la peste en dos novelas  del escritor Portugués José Saramago.

José Saramago, premio Nobel de literatura. Autor de «Ensayo sobre la ceguera», «El evangelio según Jesucristo», «Caín»

En ningún otro libro de José Saramago se devela tanto la avaricia, la corrupción y la malignidad humana como en Ensayo sobre la ceguera (2003). La metáfora del título, la emplea el escritor para mostrar que la sociedad solo avanza hacia ninguna parte, que por naturaleza somos destructivos. Y es allí, en la imagen que encierra el nombre de ceguera, donde el autor devela lo que somos: la peor de las creaturas.

La novela cuenta la historia de una peste que se expande por el mundo y deja ciega a la mayoría de las personas. En medio de la catástrofe unos abusan de otros y se cometen atrocidades con los infectados por la peste. La historia de Saramago nos parece fundamental, pues la enfermedad permite ver lo que la sociedad esconde en su orden aparente, equitativo y justo. Ensayo sobre la ceguera es en realidad la metáfora de la avaricia. El autor quita el velo y permite ver la naturaleza inmisericorde del ser humano.

Así mismo podemos pensar que algunos gobiernos actuales en medio del COVID-19, descubren sus verdaderos rostros: querer que algunos mueran y los demás sobrevivan en la absoluta pobreza. Las personas se amotinan por comida. Algunos han salido a las calles a vender sus productos para conseguir el pan diario. Mientras esto sucede se presentan disturbios, asesinatos y un caos que solo podría compararse con la historia de Saramago, donde finalmente todos los habitantes están ciegos, no por el virus, sino por el deseo de poder.

Alegoría de la caverna

Las intermitencias de la muerte es el símbolo del rechazo a la condición humana; el hombre a través de la historia ha querido vivir para siempre. En esta novela, Saramago crea un mundo fantástico donde la peste llega para impedir que termine la vida. La Muerte decide entrar en paro para demostrarle al ser humano su importancia. Las funerarias comienzan a quebrarse, los hospitales se convierten en lugares de agonizantes y ancianos que sufren sin que les llegue el descanso eterno.

La sociedad entonces se desbarata porque se llena de enfermos y suicidas que debieron morir. Al final se termina la plaga, y entonces se reconoce la importancia del sueño eterno. Esta magnífica novela publicada en 2006, logra hacernos reflexionar sobre aquello que no reconocemos a pesar que nacemos con ella: la muerte. A través de la peste los personajes de Saramago comprenden su importancia y valoran la vida y sobre todo el amor. Incluso al final de la narración, la Muerte, que también es un personaje, se enamora de un violonchelista.

Gabriel García Márquez, autor de «Cien años de soledad»

La metáfora es preciosa porque pareciera ser que el fin del existir podría hacernos comprender lo que vivimos y valorar al otro. Quizá también pudiéramos preguntarnos quiénes somos y por qué nos destruimos y explotamos todo lo que conocemos.

La pandemia refractada en las novelas podría hacernos pensar lo que vivimos. El recuerdo en Cien años de soledad para no olvidar nuestras raíces, quiénes somos y de dónde venimos; la visión en Ensayo sobre la ceguera para observar que hay una clase social oprimida y silenciada, donde las oportunidades son menos; y finalmente Las intermitencias de la muerte para comprender que somos efímeros, que la muerte, aunque puede llegar en cualquier momento, enaltece el significado de la vida y la oportunidad de amar.

  La casa en mitad del camino

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