Psicología

La importancia del Tao I Ging en el inconsciente colectivo de Carl Jung

Por: Elbert Coes

«El animus (hun) está en el Corazón Celestial»

A lo largo de su carrera fue inevitable que Carl Gustav Jung abordara algunos temas sobre filosofías orientales; en ningún caso como devoto, sino siempre conservando la mirada crítica y comparativa con sus propios métodos aplicados frente al reto de sanar un paciente. A través de Richard Wilhelm, su amigo y a quien admiraba orgullosamente, se acercó al Tao I Ging de la filosofía china, cuyas anotaciones hace en el libro El secreto de la flor de oro.

El eminente psicólogo no escatima elogios para quien fuera coautor del libro. Antes de embarcarse en el proyecto de hacer un análisis profundo sobre el I Ging, Jung había estado trabajando arduamente los procesos del inconsciente colectivo, con los cuales para la época rompía paradigmas tanto académicos como de diagnóstico médico.

En el libro, revela que el texto de Richard Wilhelm lo ayudaría a salir de las dificultades que planteaba en sus tesis, puesto que bordeaban conceptos del gnosticismo, capaces de confundirse con las experiencias cristianas, pero que a su vez tenían un carácter espiritual de una profundidad hasta ahora no abordada en la psicología occidental.

Para Carl Jung El Secreto de la flor de oro no solamente tenía una connotación taoísta china, sino también alquímica, y si lograba llegar a su esencia más pura, sabía perfectamente, obtendría unas pistas significativas al momento de tratar a sus pacientes y de enfrentar los obstáculos que le planteaba la tesis del inconsciente colectivo.

Richard Wilhelm (1873 – 1930)

Antes hay que destacar que Richard Wilhelm, sinólogo, teólogo y misionero, nacido el 10 de mayo de 1873, pasó mucho tiempo de su oficio traduciendo obras de la filosofía China que pronto serían dadas a conocer al mundo entero. Jung diría de él que fue un puente entre las culturas orientales y de occidente. Además del trabajo intelectual, dado su carácter religioso, Wilhelm era practicante del Tao I Ging, que renovaba diariamente bajo la tutela de su maestro Lau Nai Suan.

Dada la amistad entre ambos, no es cuestión de azar que Wilhelm, conocedor de las preocupaciones psicoanalíticas de Jung, acabara enviándole el texto de la Flor de oro. Entre las consideraciones a destacar que hace el psicólogo cabe anotar que si bien estas prácticas milenarias son efectivas para los iniciados orientales, no deben implementarse directamente en las terapias del hombre occidental. Pues este ultimo está permeado por otras cuestiones religiosas y culturales, que en la tradición distan mucho de las prácticas contenidas en las filosofías yóguicas.

El eficiente resultado del Tao I Ging en oriente, lo que Jung llama “progreso redentor”, radica en que sus practicantes no hicieron nada (Wu-Wei), sino que dejaron suceder, puesto que el hombre no debe abandonar su “natural” vocación, y todo aquello que sucede respecto a esta significa Luz viviente. Fue aquí donde Jung halló las bases para emprender el camino: Dejar suceder psíquicamente.

En cuanto a esta Luz, expresa que se trata de un fenómeno espontáneo, de ida y vuelta con impulso propio, en el que no debe —ni puede— intervenir la voluntad consciente. Los apuntes de Carl Jung no contienen un derrotero para la práctica del I Ging, más bien se enfocan en manifestar su relación estrecha con la esencia del inconsciente colectivo y sus implicaciones en la solución anímica de los pacientes.

El secreto de la flor de oro (Ediciones Paidós)

Y es que en términos técnicos resulta necesario hacer importantes distinciones: por individuación, los símbolos comunes, el estado consciente; todos estos elementos son partes de la conciencia disoluta, que es donde opera la práctica del I Ging. Aquí es necesario mencionar los conceptos de animus y anima —como las tradujo Richard Wilhelm—, puesto que en el Ta I Gin hua Dsung Dshi contienen esta diferenciación esencial:

El anima es la parte del hombre atada al mundo, «es el alma corporal inferior», mientras que el animus representa (si cabe la palabra) su espíritu. «Después de la muerte hun asciende y pasa a schen, al espíritu o dios que se extiende y manifiesta». Para Jung esta separación que prosigue a la muerte da cuenta de que frente a la consciencia china, son factores síquicos diferenciables.

«El animus (hun) está en el Corazón Celestial», reza el I Ging, «Es de la naturaleza de lo luminoso, es la fuerza de lo ligero y puro», frente a su concepción de ese otro aspecto que es «Todos los placeres sensuales y agitaciones coléricas son en efecto del anima» (Ibidem)

Para Carl Jung la consciencia personal es un efecto del anima, procede de ella, y estas se hallan abigarradas al inconsciente, que tampoco está despojado totalmente de accesorios, es decir, no es en absoluto libre e independiente a las partes que de ella emanan. Están, en cambio, «entrelazadas en un tejido de fantasías». De este modo es que asumimos que el Tao I Ging ofrece un gran aporte al desarrollo del inconsciente colectivo; puesto que claramente para Carl Jung hay una consciencia personal o individuada y una consciencia que la precede; o sea, la consciencia o el inconsciente colectivo.

En coherencia a nuestras conclusiones, expresa: «Si se logra reconocer el inconsciente como magnitud —integrar las consciencias— el centro de la personalidad deja de ser el Yo», y en cambio, se consigue la anulación de lo que Jung llama la participation mystique (indiferenciación entre sujeto y objeto); traducido al español, significa que el paciente deja de identificarse con los eventos y fenómenos externos; que el inconsciente, en lugar de que el paciente lo siga proyectando en el exterior, pasa a ser identificado con precisión, como si estuviera en un nivel consciente.  

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