¡La Copa de vino la necesito con la comida!

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Por Christian Corr

Nosotros, que no teníamos velas en ese entierro, por chismosos, se nos había dañado la comida, aprendimos que escuchar conversaciones ajenas es un grave error

Una noche. Bogotá. El frío. La llovizna. La fila. Debemos entrar. La mesa. Voltea allí. Voltea allá. Llegamos. Las mesas eran muy juntas. Buena ambientación. Buena música. Mucha gente.

Nos sentaron en la mitad de una mesa grande. La música. El menú. Los aperitivos. Primera vez en un sitio de esos tan, como se diría coloquialmente: fancy. La mesa estaba vacía y afuera esperaban los comensales su turno. La sombrilla. El labial. El gel. El perfume. Había empezado a llover. Todo se impregnó de olores distintos cuando las personas fueron entrando. Al lado, se sentó una pareja. Era un estilo de cita a ciegas de esas que hacen los millenials hoy día; bueno, también lo he hecho, no puedo excluirme.

Yo iba con una amiga, Catalina. Era su cumpleaños y queríamos celebrarlo con altura en un restaurante de la Quinta Camacho, en Bogotá. Todo iba muy bien. Pedimos nuestros platos. El tenedor se me cae al suelo. El ruido. La gente que mira. Mi amiga que se ríe.

—Mesera otro tenedor, por favor —exclamo yo. La mesera se ríe, había visto todo, trae un nuevo tenedor.

Catalina y yo empezamos a hablar de la vida, el trabajo, los sueños, la situación del país. Pero notamos con el paso del tiempo, que la pareja de al lado hablaba muy fuerte. Lo hacia era el joven, quien a todo pulmón contaba sus historias. Por un momento, mi amiga y yo dejamos de hablar porque Hugo (así se llamaba el joven) contaba sus historias a la chica, quien prestaba una atención mesurada, al punto de yo creer que estaba aburrida. El caso fue que Hugo era abogado y trabajaba para una buena empresa. La chica. La conversación. Mi amiga y yo escuchándolos. Llega la mesera con las bebidas, Coca cola para la chica, una copa de vino para el abogado.

—Disculpe, me podría traer la copa de vino con la comida —dijo el abogado.

—Que pena, pero es que ya abrimos la botella y servimos el vino, es que no nos dijiste desde el principio —respetuosamente le respondió la mesera.

—¡La copa de vino la necesito con la comida! —respondió de mala manera el abogado.

Mi amiga y yo sentimos que el ambiente se tornó tenso. Nosotros, que no teníamos velas en ese entierro, por chismosos, se nos había dañado la comida, aprendimos que escuchar conversaciones ajenas es un grave error. El trato a la pobre mesera, que de haber sido persona sensible se hubiera puesto a llorar, fue horrible.

La mesera se devuelve con la copa de vino. Catalina, mi amiga, termina de comer y yo también. Llegan los platos de la pareja. La cara de incomodidad de la chica se veía de lejos, se había desconfigurado al ver lo ocurrido. Después llegó la copa de vino. El abogado pide una salsa, la mesera acata y va por el pedido.

—Que vieja tan lenta —dice la porquería de abogado. Y la chica con quien iba, voltea los ojos.

Tuvimos que salir porque ya habíamos acabado Catalina y yo, pero apostamos que jamás se volverían a ver, la parejita de la cita a ciegas.

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