Francesca de Rímini

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Me he tomado el atrevimiento de extraer un fragmento de La divina comedia, sin duda mi pasaje favorito, para que el lector recree, refresque, una de las escenas más bellas de la literatura universal. El suceso tiene lugar en el Segundo Círculo del Infierno, justo después de que Dante y Virgilio se enfrentan a Minos. Se trata de la mayor parte del Canto Quinto. Habrá quienes prefieran la versión en versos; sin embargo, me quedo con el texto en prosa. En este caso opto por el lenguaje usado en la traducción de Richard Franky. 

 

Alexandre Cabanel -Muerte de Francesca de Rimini y Paolo Malatesta

 

FRANCESCA DE RÍMINI

– Dante Aliguieri –

 

Luego empezaron a dejarse oír voces plañideras y llegué a un sitio donde hirieron mis oídos grandes lamentos. Entrábamos en un lugar que carecía de luz y que rugía como el mar tempestuoso cuando está combatido por vientos contrarios. La tromba infernal, que no se detiene nunca, envuelve en su torbellino a los espíritus, les hace dar vueltas continuamente y los agita y los molesta. Cuando se encuentran ante la ruinosa roca que los encierra, allí son los gritos, los llantos y los lamentos, y las blasfemias contra la virtud divina. Supe que estaban condenados a semejante tormento los pecadores carnales que sometieron la razón a sus lascivos apetitos; y así como los estorninos vuelan en grandes y compactas bandadas en la estación del frío, así aquel torbellino arrastra a los espíritus malvados llevándolos de acá para allá y de arriba a abajo, sin que abriguen nunca la esperanza de tener un momento de reposo ni de que su pena se aminore. Y del mismo modo que las grullas van lanzando sus tristes acentos, formando todas una prolongada hilera en el aire, así también vi venir, exhalando gemidos, a las sombras arrastradas por aquella tromba. Por lo cual pregunté:

—Maestro, ¿qué almas son esas a quienes de tal suerte castiga ese aire negro?

—La primera de esas de quienes deseas noticias —me dijo entonces— fue emperatriz de una multitud de pueblos donde se hablaban diferentes lenguas, y tan dada al vicio de la lujuria que permitió en sus leyes todo lo que incitaba al placer para ocultar de ese modo la abyección en que vivía. Es Semíramis, de quien se lee que sucedió a Nino y fue su esposa, y reinó en la tierra de que hoy es dueño el Sultán. La otra es la que se mató por amor y quebrantó la fe prometida a las cenizas de Siqueo. Después sigue la lasciva Cleopatra. Ve también a Helena, que dio lugar a tan funestos tiempos, y ve al gran Aquiles, que al fin tuvo que sucumbir por amor. Ve a Paris y a Tristán…

 

  Nuestro Quijote
Purgatorio – Gustave Doré

 

Y más de mil sombras me fue enseñando y designando con el dedo, a quienes Amor había hecho salir de esta vida. Cuando oí a mi sabio nombrar a las antiguas damas y caballeros me sentí dominado por la piedad y quedé como aturdido. Empecé a decir:

—Poeta, quisiera hablar a aquellas dos almas que van juntas y parecen más ligeras que las otras impelidas por el viento.

Y él me contestó:

—Espera que estén más cerca de nosotros y entonces ruégales, por el amor que las conduce, que se dirijan hacia ti.

Tan pronto como el viento las impulsó hacia nosotros, alcé la voz diciendo:

—¡Oh, almas atormentadas!, venid a hablarnos, si otro no se opone a ello.

Así como dos palomas, excitadas por sus deseos, se dirigen con las alas abiertas y firmes hacia el dulce nido, llevadas con el aire por una misma voluntad, así salieron aquellas dos almas de entre la multitud donde estaba Dido, dirigiéndose hacia nosotros a través del aire malsano, atraídas por mi eficaz y afectuoso llamamiento.

 

Doré – Paolo y Francesca

 

—¡Oh, ser gracioso y benigno, que vienes a visitar en medio de este aire negruzco a los que hemos teñido el mundo de sangre! Si fuéramos amados por el Rey del universo, le rogaríamos por tu tranquilidad, ya que te compadeces de nuestro acerbo dolor. Todo lo que te agrade oír y decir te lo diremos y escucharemos con gusto mientras siga el viento tan tranquilo como ahora. La tierra donde nací está situada en la costa donde desemboca el Po con todos sus afluentes para descansar en el mar. Amor, que se apodera pronto de un corazón gentil, hizo que éste se prendara de aquel hermoso cuerpo que me fue arrebatado, de un modo que aún me atormenta. Amor, que no dispensa de amar al que es amado, hizo que me entregara vivamente al placer de que se embriagaba éste, que, como ves, no me abandona nunca. Amor nos condujo a la misma muerte. Caína espera al que nos arrancó la vida.

Tales fueron las palabras de las dos sombras. Al oír a aquellas almas heridas bajé la cabeza, y la tuve inclinada tanto tiempo que el Poeta me dijo:

—¿En qué piensas?

—¡Ah! —exclamé al contestarle—, ¡cuán dulces pensamientos, cuántos deseos los han conducido a este sitio doloroso!

Después me dirigí a ellos diciéndoles:

—Francesca, tus palabras me hacen derramar tristes y compasivas lágrimas. Pero dime: en tiempo de los dulces suspiros, ¿cómo os permitió Amor conocer vuestros secretos deseos?

 

  ¿Arte por el arte?
Johann Anton Ramboux – Dante im fuenften kreis der hoell

 

Ella contestó:

—No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria, y eso lo sabe bien tu Maestro. Pero si tienes tanto deseo de saber cuál fue el principal origen de nuestro amor, haré como el que habla y llora a la vez. Leíamos un día por pasatiempo las aventuras de Lanzarote y de qué modo cayó en las redes del amor; estábamos solos y sin abrigar sospecha alguna. Aquella lectura hizo que nuestros ojos se buscaran muchas veces y que palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje fue el que decidió de nosotros: cuando leímos que la deseada sonrisa de la amada fue interrumpida por el beso del amante, éste, que jamás se ha de separar de mí, me besó tembloroso en la boca. El libro y quien lo escribió fue para nosotros otro Galeoto; aquel día ya no leímos más.

Mientras que un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo que yo, movido de compasión, desfallecí como si me muriera y caí como cae un cuerpo inanimado.

 

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