En Vía de extinción

En vía de extinción, crónica de un glotón por Roger S. Sánchez, sobre el abuso de comer y los excesos; un relato con estilo singular.

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Vivir con Pulento me hizo sentir como perseguido por una copiosa mala suerte. Al desayuno comía dos burros de harina rellenos de salchicha ranchera con jamón, dos empanadas de pollo y una tasa de chocolate. Al almuerzo, un sancocho con abundante arroz, carne sudada de res, papa, yuca y plátano cocinados. De sobremesa, una mazamorra con tres bocadillos beleños. Comía con mucho afán y con mucha ansiedad.

Por Roger S. Sánchez

—¡Nadie le va a quitar! —le decía yo, para que en la noche no nos aturdiera con su letal metralleta.

—Ufff! —decía Pulento.

No sé cómo el hediondo y su mala suerte se me acomodaron en el apartaestudio, en un pequeño pasillo que se hacía entre la única pieza y el baño. Allí dormía, preciso, entre las paredes; una de G plast que da a mi pieza y otra de ladrillo que da a la casa de enseguida. No sé si el vecino, pero juro que yo sentía los suspiros de sus vísceras.

Al gordo era difícil decirle que no. Es la prueba inmensa y molesta de que la vida es una payasada; uno termina riendo de los muertos que lloró, de los amores que perdió, de las oportunidades desperdiciadas, retractándose de lo que decidió y viviendo con un mamut maloliente y atenido.

Vamos al cine (combo 8: crispetas grandes, gaseosa grande y perro)… vamos a comer donde la señora de la esquina… vamos a comer arepa con queso de la 23… vamos a comer comida mexicana de la 24… vamos a comer donde La Mona… vamos a comer…

Un día me invitó a un tour de la comida. Fuimos con su amigo Busto. No era tan gordo como él pero le respiraba en la nuca. Llegó en un Corsa 2014. Lo primero que dijo fue un chistecito que hacía al que se montaba en su carro.

—¿No le importa quedar encorsetado?

No le respondí.

Fuimos primero a comer fritanga, luego fuimos a comer caldos, nos acercamos, todo en carro, cuando yo ya no podía más, subrepticiamente, a un asadero de pollos, luego, abandonando toda esperanza, fuimos a comer pizza, yo iba en modo automático, ya no nos quedaba ni plata.

—¿Qué tal Chunchurria del palacio? —dijo el maldito gordo amigo del otro mamut, mientras desenfundaba una tarjeta de crédito.

Me imaginaba todo en cámara lenta y escuchando “People are strange”.

Empecé a sentir el poder de la verdadera decadencia; “los que meten alucinógenos, son unos estúpidos lindos que siempre quieren estar flacos y verse cool, los ludópatas son unos idiotas que quieren ganar dinero y flirtear entre jugadores, los puteros son unos pánfilos gasta dinero y pajizos, los cleptómanos son unos ladrones avergonzados, los mitómanos son unos cadáveres sin imaginación, desvelados y sucios, el mundillo de la cultura es una caterva de pretenciosos que andan lanzando palabrejas y conceptos manidos, los gordos somos los únicos exploradores del sinsentido”, pensé con mucho orgullo.

A dos cuadras de El palacio de la Chunchurria, yéndonos, como si no hubiera comido lo suficiente, me tuve que tragar el orgullo porque me tocó cambiar la llanta que se pinchó.

“Gordos maricas, lentos, no se ven ni la punta del pingo… Ya me lo había dicho mi papá: No se deje engordar que eso no tiene vuelta atrás… ¡Que se largue Pulento de mi casa!… Y si se queda, que al menos lave sus platos… ¡Enfermo!… Un día lo voy a encontrar muerto en el apartamento”. Pensaba yo mientras bajaba la llanta.

La cámara lenta con la que veía a los mamuts era cada vez más lenta. No sé de dónde, pero tenían una bolsa con empanadas que parecía un sombrero de mago. Al lado, un frasco de ají. Pulento me estiraba el paquete y me lo señalaba con los labios. Yo, haciendo énfasis en un perno que no aflojaba, le señalaba mi labor con los míos: “¡Gordo güevón!”, pensaba. Mientras Pulento hacía amagues de venir a ayudar, Busto me gritaba qué hacer. Cada vez que los miraba tenían una empanada en la mano. Por fin estaba dejando la llanta pinchada en el baúl y sacando el repuesto.

Empapado de sudor, terminando mi labor, acuclillado, miré hacia los gordos y estaban acostados, inmóviles. Movida por el viento, abandonada, la bolsa de las empanadas, giraba en espiral. Juntas, sus barrigas parecían el Kilimanjaro y el Everest. Apreté el último perno. Caminé hacia ellos. Recogí la bolsa. Me detuve justo al frente. Los toqué con unos tiernos, pero despectivos puntapiés. Si no fuera porque eran increíblemente flácidos diría que no se movieron. Parecían muertos.

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