Cuento

En la sala de un hospital

Por Sebastián Gómez Gutiérrez
Cuento

Vi sus ojos y en ellos mi vida, mis logros y frustraciones. Convergimos en nuestras diferencias y lo que nos unía a un trío de desconocidos, que tal vez jamás volverán a verse

El único consuelo son las animaciones transmitidas en la T.V. Aquel hombre bien vestido parado en la puerta es el encargado de atenuar nuestro suplicio; o por el contrario, convertirlo en algo más insoportable. Tal vez aún no he enloquecido, gracias a esos microseres que se mueven en la pantalla.

__«Maria Luceli López», advierte aquella mujer, con una suave, pero firme voz hospitalaria a uno de los tantos pacientes; se levanta de la silla y cruza el umbral; a saber, qué más será de ella…

__Reconozco sonidos de lamento en uno de los cuartos, luego risas incontrolables. Al parecer es un infante, tal vez le acababan de inyectar su primera vacuna, mientras su madre hacía monigotes.

__Hace frío y no paro de pensar, qué habrá tres pisos más abajo.

__Fredy, el hombre buen mozo que aguarda en la puerta, tiene una voz y adquiere una postura un tanto amenazante; pero no tanto como para asustar más que a una mosca. Es amable. Tal vez su sueño frustrado es ser policía.

__Daniel está con su madre —Tal vez desde hace más horas que yo—, no se despega de su lado; tiene unos ojos muy grandes, negros e inocentes; en ellos se ve la vida libremente, aunque la palidez de su cuerpo y sus labios un poco morados, traten de reflejar lo contrario. Aunque bueno, solo se trata de suposiciones. Pregunta por su padre, nadie da respuesta. Dirige la voz a su madre y hablan suave, creo que del precario sistema de salud y la triste situación del país, debido a la pobre educación. O quizá, considerando la corta edad del niño, no más allá de tres o cuatro años, creo más bien que le pide golosinas de la máquina dispensadora, gracias a la cual aún no morimos de hambre…  O de ansiedad. Envuelto en una chamarra roja, se voltea de lado y se dedica a llorar por su pierna.

Los primeros enfermos, John Lavery

__No tengo idea de qué le pasa.

__Desde su sitio, como anclado a cuatro baldosas, busca contacto visual; tan solo quiere volver a la realidad. O escapar de la suya. Solo mira y sonríe. Fredy tiene la plena consciencia de que, como todos nosotros, pasará aquí el resto de la noche —aunque en posiciones diferentes—. Él no quisiera estar aquí sentado, por más que se canse en su puesto. A Fredy le pagan por estar aquí, y corre menos riesgo de no salir mañana… Por fin logra contacto visual con alguien, una chica, la madre de Daniel. Entablan una conversación; divagan en sus sustancias, convertidas en formas, por la supuesta articulación. Hablan de cosas tan utópicas, como inverosímiles; de la paz mundial y que algún día todos seremos iguales; ese es el pensamiento de ella, María.

__Fredy, por su parte, le responde con una sonrisa, mmm, no sé si de tristeza o una sutil gracia por un chiste bien contado, y le aclara que mientras hayan muchachos buen mozos, parados al lado de una puerta, cumpliendo no más que una simple función mecánica; »soldaditos» produciendo para todos, menos para ellos mismos, y no comprendan que son los más importantes engranajes. Y aún más, que no comprendan que solo son vistos como tal, reemplazables y desechables. Mientras no comprendan que ellos son quienes hacen mover al mundo y sigan cerrados a su propio crecimiento, no seremos iguales en ningún aspecto más que el morfológico.

The Convalescent, de Carolus-Duran

Los de arriba lo comprenden y por eso es que no permiten que nadie más lo haga. Responde la madre del crío. La ignorancia da paso y permite la felicidad lótica que nos brinda el sistema que nos acorta las visiones, sataniza toda crítica y nos regala una falsa estabilidad. Daniel duerme en su regazo y ella sueña, sin cerrar los ojos, con un mundo mejor para su pequeño que algún día crecerá, aunque él todavía no lo sabe.

__Se hace tarde, o más bien temprano; alcanzo a avistar los primeros visos del sol y escucho al otro lado de las paredes, unos silbidillos matutinos y casi hasta siento la fresca. Pasa la señora del tinto, que es lo único que dan aquí adentro. Tal vez nos preparan para el siguiente paso… Me le robo uno bien cargado. «Sin azúcar, por favor».

__Aunque en ningún momento transmitieron sonido alguno, me pareció sumamente interesante su discurso, cargado de un fuerte sentimentalismo humano. Fredy y María eran, o son, muy inteligentes; sus conciencias parecían estar más allá de este mundo, o tal vez totalmente inmerso en él; aunque no sé si verdaderamente estos eran sus nombres, pues nunca los escuché. Me pareció sentirlos tan cerca; como si los conociera de toda la vida, creí y creo firmemente que si escuché su conversación, fue por las cosas del destino. Vi sus ojos y en ellos mi vida, mis logros y frustraciones. Convergimos en nuestras diferencias y lo que nos unía a un trío de desconocidos, que tal vez jamás volverán a verse; me encontré cara a cara con unos verdaderos seres humanos.

__Vi a María; luego volteé mi mirada a Fredy. Supe que él era yo. Me levanto del asiento estoy a punto de acercarme para hablarle, cuando escucho que una mujer de bata blanca, que sale de un pequeño cuarto en el que avisto una camilla, pronuncia mi nombre: «Sebastián Gómez»

Portada: Sala de un hospital o visita a los enfermos, José Alea Rodríguez

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Sobre el autor

Sebastián Gómez es un joven estudiante de Licenciatura en literatura y lengua castellana de la UTP. En sus tiempos libres y cavilantes escribe y se centra en los clichés, la monotonía y lo cotidiano de la vida, tratando de develar esas nimiedades que al parecer no tienen importancia o están muy gastadas, de una manera diferente, recuperando así un sentido simbólico desde la sensibilidad en todo lo que observa y sobre lo que medita. Desde niño escribe poemas, cuentos y canciones, principalmente a su madre; sin embargo, nunca se había decidido a hacer sus escritos públicos, más allá de su círculo cercano, hasta ahora.

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