Elogio a una Sacerdotisa

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POR DIAMBULOS.COM

 

En 1995, en el Palacio de Bellas Artes de México Pedro Almodóvar profiere la siguiente sentencia: “Yo no he visto a nadie que abra los brazos como ella; tal vez Cristo en la cruz, pero a él no le conocí”. Fue la noche en que Chavela Vargas se reconciliaría con México tras años de autoexilio en España.

Almodóvar debía saber (y es mejor así para la historia) que la expresión referida tenía un alcance infinito, y traspasaba el sentido de una genuina pose escenográfica. Solo santos y profanos abren los brazos de ese modo; cualquiera fuera la corona para Chavela, “sacerdotisa, diosa y penitente”, el gesto supone tal vez un símbolo elíptico de su travesía.

 

Pedro Almodóvar, cineasta español. Mayor responsable de la resurrección musical de Chavela Vargas.

 

La música como foco de esta nota permite evidenciar: la rebeldía y curiosidad del artista, la constante del dolor como fuente y la obra en sí misma. Chavela es mártir igual que Cristo y vino a salvar a los afligidos; todo aquel que lloró por amor halló redención en su música. Antes de ella el llanto no tenía sentido ni uso espiritual; antes de Chavela el despecho era una expresión vacía. Después, llorar se hizo un lujo y el despecho inspiración.

Con los brazos abiertos están también Moisés y Bodhisattva. El primero los extiende hacia el Mar Rojo para liberar a Israel del yugo egipcio; el segundo, divinidad andrógina, mira compasivo los sufrimientos del universo. La símil de Almodóvar contiene todo el cosmos: Cristo y Chavela reaniman al triste y desvalido; Cristo lava los pecados, Chavela alienta el alma. Ninguno exige o reprime. Al contrario, una permite el llanto y el otro ofrece al dolor ambas mejillas.

 

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El sermón de Cristo es poesía; el llanto de Chávela, música. Ella es inmensa, pues “no hay escenario suficientemente grande para contenerla”. Si por designio dantesco Chavela está junto a Francisca de Rímini en el infierno, Cristo se prepara para abandonar el paraíso, ya que el único ser capaz de abrir los brazos como él padece los torbellinos del segundo círculo. Hará el recorrido devuelta —pasó por ahí dos siglos atrás—, y cuando la encuentre se instalará junto a ella; quedarán como Helena y Aquiles, a quienes Amor hizo abandonar la vida.

Entonces habrá que añadir a la sentencia de Almodóvar: no hay en el universo nadie que abra los brazos como Chavela. Solo Cristo, a quien no conocimos, y está sentado a su derecha en el infierno, en el círculo de los mártires por amor; allí donde la divinidad de los mil brazos y las once caras restaura la compasión, y se completa tras asumir su aspecto femenino.

 

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