El regreso de las aves

Cinco poemas de Wislawa Szymborska cuidadosamente seleccionados por Juan Sebastián Sánchez, de «Paisaje con grano de arena», 1995.

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Wislawa Szymborska es una poetisa polaca considerada una de las más singulares de su país, que recibió el premio Nobel de Literatura en 1996. En 1931 se trasladó con su familia a Cracovia, ciudad en la que se asentó de forma definitiva. Estudió filología y sociología después de la Segunda Guerra Mundial en la Universidad Jagellónica, tras lo cual inició su andadura literaria, consagrada esencialmente a la poesía, aunque también a la crítica y al ensayo en diversas publicaciones periódicas, en particular en Vida Literaria.

A continuación presentamos cinco poemas cuidadosamente seleccionados por Juan Sebastián Sánchez, Paisaje con grano de arena, 1995.

Encuentro inesperado

Somos sumamente corteses el uno con el otro,
decimos: qué agradable encontrarnos después de tantos años.

Nuestros tigres beben leche,
nuestros halcones van a pie.
Nuestros tiburones se ahogan en el agua.
Nuestros lobos bostezan frente a jaulas abiertas.

Nuestras víboras se quedaron sin relámpagos,
los monos sin inspiración, y los pavos reales sin plumas.
Los murciélagos renunciaron a nuestros cabellos tiempo ha.

Sucumbimos al silencio sin acabar la frase,
sonreímos, sin recursos.
Nuestros humanos
no saben qué decirse.


El agua

En la mano me cayó una gota de lluvia,
una gota de agua de las venas del Ganges y del Nilo,

de la escarcha que ascendió a los cielos desde los bigotes de una foca, de los cántaros rotos en las urbes de Iso y de Tiro.

En mi índice
el Caspio es mar abierto,

y el Pacífico dócil en el Rudawa muere,
ese riachuelo que hecho nube París sobrevolaba

a las tres de la madrugada del siete de mayo
del año setecientos sesenta y cuatro.

No existen bocas suficientes
para pronunciar tus fugaces nombres, agua.

Debería nombrarte en todas las lenguas
y articularte vocal a vocal,

y a la vez guardar silencio —por respeto al lago
que aún no tiene nombre.

ni existe sobre la tierra, como tampoco
en el cielo existe la estrella que refleja.

Alguien se ahogaba, alguien moría pidiéndote a gritos.
Fue hace mucho mucho tiempo. Ayer.

Casas salvaste del fuego, y casas contigo arrastraste,
casas como árboles, y bosques como ciudades.

Estuviste en pilas bautismales y en bañeras de cortesanas.
En besos y en ataúdes.

En el desgaste de las piedras y en el sostén del arcoirís,
en el sudor y en el rocío de pirámides y lilas.

Qué ligereza encierra una gota de lluvia.
Qué delicado el roce del mundo.

Cualquier cosa acontecida en cualquier lugar y tiempo
Escrita está el agua de Babel.


La alegría de escribir

¿Hacia dónde corre por el bosque escrito el corzo escrito?
¿A saciar su sed a orillas del agua escrita
que le calcará el hocico cual hoja de papel carbón?
¿Por qué alza la cabeza?, ¿ha oído algo?
Sobre sus cuatro patas, prestadas por la realidad,
levanta la oreja bajo mis dedos.
Silencio —palabra que cruje en el papel
y separa las ramas que brotan de la palabra «bosque».

A punto de saltar sobre la página en blanco acechan
letras que acaso no congenien,
frases tan insistentes
que consumarán la invasión.

Una gota de tinta contiene una sólida reserva
de cazadores, apuntando con un ojo ya cerrado,
preparados para el descenso por la pluma empinada,
para cercar al corzo y llevarse el fusil a la cara.

Olvidan que esto, lo de aquí, no es la vida.
Aquí, negro sobre blanco, rigen otras leyes.
Un abrir y cerrar de ojos durará cuanto yo quiera,
se dejará fraccionar en eternidades minúsculas
llenas de balas detenidas en pleno vuelo.

Nada sucederá si yo no lo ordeno.
Contra mi voluntad no caerá la hoja,
ni una brizna se inclinará bajo la pezuña del punto final.

¿Existe, pues, un mundo
cuyo destino regento con absoluta soberanía?
¿Un tiempo que retengo con cadenas de signos?
¿Un vivir que no cesa si éste es mi deseo?

Alegría de escribir.
Poder de eternizar.
Venganza de una mano mortal.

  Diez poemas de "Canción tardía"


El regreso de las aves

Esta primavera las aves han vuelto demasiado pronto.
Alégrate, razón, el instinto también yerra.
Se emboba, se despista. Y caen en la nieve,
tienen una muerte gratuita, una muerte poco digna
de la construcción de sus laringes y sus archigarras,
sus sólidos cartílagos, sus espléndidas membranas,
sus cuencas coronarias, sus laberintos intestinales,
sus góticas naves de costillas y soberbias columnatas vertebrales,
sus plumas merecedoras de un pabellón en el museo de artesanía
___________________________________________universal,
y sus picos de paciencia monacal.
No me lamento, pero me indigna
que un ángel hecho de auténtica albúmina
—una cometa de glándulas procedentes del Cantar de los Cantares,
único en el aire, incontable en la mano,
engarzado tejido a tejido para formar la unidad
del espacio y del tiempo como un drama clásico
aplaudido con aletazos—
caiga y yazca junto a una piedra
que, a su modo arcaico y palurdo,
concibe la vida como una sucesión de intentos fallidos.


Alabanza de la mala opinión de sí mismo

El águila ratonera no suele reprocharse nada.
Carece de escrúpulos la pantera negra.
Las pirañas no dudan de la honradez de sus actos.
Y el crótalo a la autoaprobación constante se entrega.

El chacal autocrítico está aún por nacer.
La langosta, el caimán, la triquina y el tábano
viven satisfechos de ser como son.

Cien kilos pesa el corazón de la orca,
pero es, en lo esencial,
como una pluma liviano.

En el tercer planeta del sol
la conciencia limpia y tranquila
es síntoma primordial de animalidad.

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