El murmullo de los cuerdos

Este texto disfruta de los muchos géneros literarios murmurando entre lo erótico y el misterio con una narrativa muy particular

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Este texto disfruta de los muchos géneros literarios murmurando entre lo erótico y el misterio con una narrativa muy particular

10/14/2020
Por Alejandro Matamoros
Cuento

Salí de la ducha ojeroso y maltrecho, pues de nuevo, un estridente recital de goteras había azotado el suelo de la cocina durante toda la madrugada; como en una meticulosa vendetta siciliana al goce que me produjo perderme en la llanura del nuevo somier.  Varias veces pensé en ocuparme de solucionar este asunto mientras Elena dormía, bastaría con tomar los guantes, la brocha y la escalera, subiría al tejado en un dos por tres y aplicaría un poco de sellador, así el problema quedaría resuelto y yo podría conciliar mi sueño a plenitud, pero Elena es una mujer precavida y de sueño sutil, de inmediato sería invadida por los nervios y me impediría cualquier intento de fuga.

¡Apúrate! mira la hora que es, a este paso no vamos a llegar a tiempo, exclamó ansiosa.

Pero cómo quieres que me apure mujer, si mi deseo es perpetuar este momento, pensé.

Yo me encontraba estupefacto con el vaivén de su cuerpo semidesnudo cobijado solo por el verde pino de su lencería que resaltaba su piel dorada y las espesas ondas color bronce de su cabello.  Con vistazos caprichosos desde el somier yo naufragaba en su espalda, recordando las horas ya gastadas en las que el sudor, mi esperma y las gotas de parafina danzaban declinantes hasta encontrar reposo en su cadera (Los numerosos detalles adquieren gran importancia, cuando la memoria es fugitiva).

Soy de ese tipo de persona que poco tiempo invierten en su aspecto, por ende, fue poca mi demora en el acto de estar listo, en tanto ella, minuciosa como siempre, daba fin al desabrigo dejando caer por su cuerpo la seda de su vestido.  Los distractores erógenos que me embriagaban se habían disipado y junto con mi razón, regresaron las minucias del entorno que acaparan mi atención, y es que después de todo, algunos artilugios me siguen resultando bastante incómodos. Tiempo atrás, en múltiples y desgastantes pláticas con una mujer sofista, pude lograr que mimara varios de mis antojos, pues el diploma de magíster en derecho penal y el portarretrato de la épica luna de miel en La Arenosa que por mucho tiempo se exhibieron en la sala, se encuentran ahora guardados en el cuarto de corotos.

Asimismo, con algo de picardía logré ubicar el escaparate de espejo magno justo a los pies de la cama.   –Un ángulo apetecible para cualquier voyerista–.  Sin embargo, hay un detalle, una comezón latente en la herida; hasta el día de hoy, no he logrado una respuesta que aminore la náusea ocasionada por el libro de listón mostaza con tapa dura.  Un andrajoso e insufrible obsequio que llegó a sus manos para el último aniversario; comúnmente reposa en la mesa de noche, quedando siempre a la mano de una noctámbula leyente. –Me cuesta mucho comprender cómo una licenciada puede gustar de una literatura tan minúscula y carente de sentido-. Además, el tal Matamoros es un pedante, un simulacro de escritor fuera de control que no logro digerir, pero algunas batallas ofrecen la gloria justo en la derrota y para convivir con ella, tuve que coexistir con el libro.

Una entrevista amorosa- Atanasio Vargas

Resignado en mi derrota, desde hace algún tiempo, yo preparo el café de las mañanas, mientras ella metódicamente se ocupaba de limpiar y dejar cada cosa en su justo lugar, pues es del tipo de persona que antes de salir; baja la cisterna del inodoro, cierra puertas y ventanas; y no siendo suficiente con esto, deja la cama impecable, sin un solo cabello que la habite.  En alguna ocasión ofrecí ser yo quien se ocupase de tan simétrico ritual, pero ella se encargó de mantenerme al margen y vociferante manifestó, ¡Si la idea es sentirte útil, ve a la cocina y prepárame un café! Así que después de un orden establecido, disfrutamos juntos de manchar el paladar con su amargura y espesor; contemplamos en total silencio a través del vidrio espejo la profundidad de los húmedos tejados que cobijan y enmudecen el murmullo de los cuerdos (y es que a esa hora y desde ese lugar La Perla me resulta adictivamente amable), para colmo, Elena, se resiste al abandono sin antes enjuagar los pocillos usados, es desgastante.  Yo generalmente me escabullo con rapidez, de sobra sabe que a escasas dos cuadras me ha de encontrar leyendo El Diario y fumando.  Siempre he pensado que, al tratarse de ella, la dicotomía es latente; en ocasiones se torna fría y extraña y en otras, resguarda el silencio con sus cálidas palabras; con el tiempo descubrí una mujer de oportunos silencios y yo me entendí como un hombre de liosos pensamientos.

Fuera de techo y a paso firme, nos hallamos cerca de la imponente catedral que da posada en sus orillas a los desvalidos. –La vida da muchas vueltas y en una de esas terminas vomitando o terminas siendo vomitado–. Pensé y me reí tímidamente. (En ocasiones se me ocurren cosas ingeniosas las cuales luego me resultan totalmente inútiles). En tanto, un apretón de Elena sobre mi brazo y el devenir de unos gritos me devolvieron al presente.  Una cuadra antes de la plaza principal un hombre harapiento fue llevado a pique por alguien que corrió tras él, hasta abalanzarse sobre su lánguido cuello; de inmediato, un enjambre de personas lo absorbió, al parecer este sujeto había tomado algo ajeno.  Y si digo al parecer, es porque ni Elena ni yo fuimos testigos de dicho acto.  Aturdido o más bien asustado, la curiosidad me invadió de a poco, así que decidí acercarme. –Tengo esa buena costumbre de mal aconsejarme–. Lejos de estar serena y tranquila Elena no se iba a quedar sola en mi espera, así que decidió acompañarme, pero antes pilló el restante de mi cigarro para terminarlo en dos bocanadas.

Tímidamente enmudecidos, los presentes mantenían una distancia prudente, participando solo con sus blandengues miradas, mientras el indeleble rostro de dicho hombre completamente inmovilizado de cara al pavimento ardiente dejaba ver la angustia que lo invadía.  Sin embargo de apoco se acrecentó un murmullo, llegando a ser ensordecedor; nefastas palabras lo acusaban, la calidez de los rostros expectantes se había disipado dando lugar a la barbarie, no pude impedir que mi corazón agigantara su latir, una incontrolable impotencia me embriagó, aturdido por mi deseo febril se incrementó mi adrenalina y con la razón suspendida sobrepasé los cuerpos uno a uno hasta encontrarme frente a él, desenfundando un puntapié contra su rostro causando un corte en su labio inferior,  luego le propiné otro sobre sus costillas, sintiendo como se fragmentaron sobre la punta de mi bota; me sentí poderoso, con autoridad, la vulnerabilidad que marcaba mi diario vivir desapareció con  el primer puntapié. Fue cosa de diez segundos para que Elena de un solo jalón me sacara de entre la excitada muchedumbre que aprobaba mi acto.  La desilusión con que fui mirado me dejó claro su desacuerdo; «Pensé que tenías claro que nosotros somos los buenos» ¿te parece que la violencia que se elimina con un acto violento elimina la violencia?  –Manifestó parca y sin mirarme, para luego dar su estocada final-. «ni siquiera sabes el nombre de tu enemigo y así lo quieres eliminar». Me sentí como un completo ignorante, un insecto a medio hacer.  Después de mirar su reloj manifestó impetuosa, estamos a tiempo de llegar, organiza tu camisa y apúrate. Así entonces, cruzamos la plaza central adentrándonos en el tradicional pasaje de los cafetines, hasta por fin llegar al lugar acordado.  Al fondo en la mesita de siempre, estaba él, esperando por nosotros, Elena corrió abrazarlo con vehemencia, yo también me alegraba verlo.  Después de un emotivo saludo, le agradeció a Elena con una sutil caricia en la mano el hecho de acercarme hasta el lugar, luego nos invitó a tomar asiento, ordenamos dos cafés y una infusión doble de manzanilla que sorprendentemente ella eligió. Después de un corto resumen sobre su fin de semana en la capital,  él,  me preguntó si había llevado todos los documentos, Elena los sacó de su bolso y los dejó sobre la mesa, luego ella se disculpó para retirarse unos minutos al baño, en ese momento la noté algo inquieta; en cuanto a él, después de sacar sus lentes, guardó silencio por unos minutos, mientras revisaba uno por uno los documentos; luego se incorporó  sonriendo y susurrando a mi vera «este caso es nuestro, puede estar tranquilo; el tipo no tiene evidencias sólidas para demostrar que fue usted.  Además, el juez que lleva el caso me debe el favor de mantener intacta su fortuna durante el proceso de divorcio».  Por otra parte, agregó, «quiero un favor de su parte, si no es mucho atrevimiento ¡sabe!, estamos de aniversario y necesito un consejo, le he comprado un regalo, el segundo tomo del libro que le regalé hace un año, sé que le va a encantar pues está autografiado; pero la verdad no sé si entregárselo ahora y calmar mis ansias o en la noche después de estrenar el nuevo somier ». Yo me dejé caer en la silla, no pensaba decirle, pero recordé que los buenos somos nosotros, y en un desconocido atisbo de cordura le respondí, Simplemente asegúrese de tener la sortija puesta para cuando Elena retorne a su silla.

  De Salsa y actores

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