Cuento,Literatura

El Hombre que renunció

Por Elbert Coes

Imagen: Plaza la Paz – Ernest Descals

Se despidió de todo el mundo, incluidos su mujer y sus cinco hijos. Todos lo cuestionaban. Todos. Le pedían que no se fuera, y le decían que su actitud era infantil y ridícula, que a su edad, unos 76 años, no iría muy lejos solo.

Valentina Cohen retiró el mentón de la mano y se irguió. Después de apagar la computadora estiró los músculos de los brazos. Eran las dos y media y el sol, por fortuna, no llegaba hasta su despacho, rodeado de paredes de cristal y de una persiana que la aislaba cuando sus emociones lo requirieran. Hacía días deseaba correrlas, pero sus compañeros eran detectives, de los que intenta comprender la caída de un cabello. Pensaba en que otra vez Indicia Inc. no había dejado salario o alguna migaja parecida. Había permanecido atenta a las observaciones del contador en la reunión de esa mañana: las ventas, los casos, aunque habían aumentado considerablemente, seguían pagando deudas, además de nuevos registros y nuevos servicios.

Cerrar las persianas llamaba la atención incluso de la recepcionista; así que tomó su bolsa y abandonó el despacho, y con sigilo, pero a pasos rápidos, cruzó el pasillo y la sala, como la ardilla que trepa un almendro. En lugar del ascensor, Valentina optó por las escaleras. Las posibilidades de hallarse a Rice u otro compañero en el camino eran mínimas. Hay que ser un buen deportista para ascender al piso 23 del Sun Trust por las escaleras. No querría explicar por qué salía de la agencia en horario laboral.

Se alejó del edificio dos calles hacia Atlantic Station, tan irritada como el día en que el jefe de redacción del News le negó no sólo recuperar su empleo sino también tener una columna en la sección criminal. “Tan bonita y tan vetada”, solía decirse, aunque joven y bienvestida; qué pena lo apolítica: nada de Marxismo, Leninismo, Riganismo. Nada de poesía. Nada de nada. Nada en la izquierda o la derecha, ni el corazón siquiera. No tenía ideario, manifiesto, rapsodia, himno o mandamiento que la animara a ser detective y periodista. Últimamente la Biblia se le hacía agua en las manos. Sus sentimientos hacia el Mormonismo, hacia Cristo incluido, habían deprimido con el parricidio de un caso que se les salió de las manos, a Jonathan Rice, a todos en la agencia.

Valentina era ahora el aire por el aire, el mal por el mal, el silencio y la nostalgia cada uno por sí mismo. Sólo un alma. El amor, el dinero, la familia, eran lugares utópicos. Hasta se entremezclaban y resultaban confusos. El dinero preocupaba a su madre, que esperaba verla casada antes de los treinta. Gastos domésticos, pago de cuentas, ahorros universitarios. ¿Iba bien la agencia? ¿Le servía? La quería sin duda, pero las frases imperativas de sus padres sobre su profesión eran opresivas. “Tienes que retribuir lo invertido en tu educación”, y esto significaba pagar en mesadas lo que por ella se pagó.

Amaba Indicia Inc., pensó al pasar por el lado de uno de los quiosco a los que proveía. Ahí estaba la carátula azulada, gris, blanca, con la portada de Leonard Cohen, la penúltima entrevista de Jonathan Rice. Él le había hablado maravillas del budista, pero ella ya había empezado a ausentarse, con la mente y el espíritu. El logotipo era una videocámara que emergía en pipa y lupa.

ver El camino

Un hombre calvo y barbado pagó diez dólares al tendero después de tomar la revista de exhibición. Hecha la venta, el tendero se apresuró a llenar el espacio con otro ejemplar. Sorprendió a Valentina mirándolo. Le sonrió carismático, sincero, con la pulcritud de un monje. Pero Valentina reanudó la marcha, huyendo. El tendero la llamó con voz amable:

—Señorita.

Valentina se volvió dudosa. Ahora dos personas más la observaban, con total deferencia.

—Indicia Inc. es una muy buena revista —dijo el tendero.

Valentina lo miró un instante. Caminó hasta la esquina, donde el semáforo del peatón permanecía rojo. Le pesaba el saberse observada por la clientela del quiosco. El semáforo se puso verde, un holograma simulando al caminante. Valentina se dio vuelta hasta el quiosco, se paró frente al tendero. Le dijo:

—¿Vale la pena gastar papel con humanismo ridículo?

La sonrisa del tendero se expandió suavemente en su rostro redondo.

—Hace varios años conocí en el Perú a un hombre que tenía muchos amigos, una familia grande y que además era dueño de una docena de tierras alrededor de donde yo me hospedaba. Si era feliz, no lo sé. Puede que sí, puede que no. A quién le importa. El hecho es que un día cualquiera se metió sus botas y se echó al hombro un rifle. Se despidió de todo el mundo, incluidos su mujer y sus cinco hijos. Todos lo cuestionaban. Todos. Le pedían que no se fuera, y le decían que su actitud era infantil y ridícula, que a su edad, unos 76 años, no iría muy lejos solo.

El tendero se interrumpió, observado por Valentina y otros dos compradores.

—Yo tengo un amigo que siempre habla de Martin Luther King —dijo Valentina, seria, insolente. Trataba de no mirar la única revista de Indicia que quedaba en el quiosco, ahora, otra vez en manos del tendero.

Uno de los clientes puso varios billetes sobre el mostrador, esperando la consecución del trueque.

—Tengo mi tienda —dijo el tendero—. Es mía. Soy un hombre pobre pero libre.

—¿Qué quiere? —preguntó Valentina—. ¿Por qué me llamó?

—Usted vino cuando la llamé. Yo sólo quería reconocerle su revista.

Ahora los clientes eran tres y miraban a la joven con cierto fervor.

—No tengo ninguna prisa —dijo Valentina.

—Ni paciencia —dijo el tendero.

—Ni dinero.

—Pero es obstinada.

—¿Qué pasó con el peruano?

—Nunca se supo. Simplemente se marchó.

—¿Entonces por qué me llamó?

—Ya le dije que reconozco el valor de su revista. Por eso la vendo.

Valentina sonrió sardónica.

—¿Qué pasó con el peruano?

—Venga, asómese y mire.

Valentina dudó. Al fin metió la cabeza rubia por el mostrador. La mano del tendero señaló un compartimiento vacío al interior del quiosco.

—No hay nada.

—Por supuesto. Todos los ejemplares de Indicia ya se vendieron, y ese señor espera que le entregue la de exhibición, la única que me queda.

—¿Y qué con eso? Se pueden vender ¿y al final qué?

—El hombre del Perú jamás volvió. Pero antes de marcharse dejó una nota que decía: “Me voy a cazar un elefante blanco. Si lo encuentro no me esperen, y si no regreso es porque no lo he encontrado”.

Valentina ablandó la expresión de su cara, anuló la mirada desafiante. El tendero ya no sonreía.

—El motivo por el que vendo es por sostener a mi familia; ¿se parece quizá al motivo por el que usted hace esta revista?

Luego comenzó a llover en Atlanta.

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