El día que falte

En «Cuentos entre panas» traemos tres maravillosos relatos de Sofía Ospina, donde se mezclan la angustia, la rabia, la impotencia, pero también la esperanza y el valor.

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Allí donde guardaré cautelosamente mi espera les estaré esperando,
con cantos y vítores, con jazmines y claveles.

Por Sofía Ospina Londoño
Cuentos entre panas

El sonido que hace el silencio

Mientras intentaba buscar consuelo entre las líneas de un viejo cuervo, pensé para mis adentros la importancia que tenía el silencio. Leía y releía, pero mi mente era tan bullosa que no podía entender ni una sola palabra de lo que mis ojos aventureros intentaban transferir.

Paré, miré la puerta y maldije la conversación que tan acaloradamente mis vecinos sostenían sobre qué tipo de pañales eran mejores para su irritable vástago. Los llantos, las peleas absurdas y mi torbellina mente hicieron que cerrara el libro y me fijara en el techo.

Entonces, tuve una curiosa idea: agudizar el oído e intentar descifrar qué ruidos hace la ciudad. Cerré mis ojos y me dispuse a escuchar detenidamente. Pude distinguir a unos metros el cantar de los grillos y su pintoresco concierto que pareciera batutado por las luciérnagas, ¿Artistas sin escenario?, me pregunté.

Caí en cuenta que a estos sonidos mi inconsciente estaba otorgando un ritmo hasta el punto de no saber si lo que oía estaba fuera de la ventana o dentro de mi mente. Abrí los ojos nuevamente. Los vecinos ya no peleaban, el bebé no lloraba y mi mente en blanco había quedado.

Intenté repetir el experimento. Cerré los ojos, respiré profundamente y me dispuse a escuchar. En la distancia podía distinguir el rugir de una motocicleta, como si en una huida saliera disparada del banco donde se encontraba su jinete. Me pareció oír una sirena, ¡No puede ser, lo han descubierto! La sirena se enciende, luces azules, rojas y blancas por todas partes, van tan rápido que pasan semáforos en rojo, se escuchan los pitos de los demás autos. ¡No puede ser, tiene un arma! ¡Cuidado, jinete, que te derribarán de tu corcel! El sonido de una bala, dos, tres, un llanto, ¿un llanto de bebé?

Abrí los ojos, era el vástago quien me habría sacado a la fuerza de esta ilusión. ¡Maldito seas!, exclamé en desespero, pero a los pocos segundos caí en cuenta de mi cólera ocasionada por un sueño despierto. Desde aquella noche encuentro ruido hasta en la almohada y llanto hasta en los sueños.

  Secreto familiar

Asesinato en la línea

Yo la maté. Con tanto amor la maté que la bese en los labios mientras desprendía el resplandor de una vida que fue y no pudo ser. ¿Arrepentida? No, no estoy arrepentida. Era necesario, había tomado mucho la palabra. Porque entre días y meses de páginas escritas en llanto, la encontraba siempre entre sus luminosos ojos color miel. Esos ojos que solo podían vivir en mi mente que no paraban de criticar con su espíritu lo que Julieta, Ramón y Horacio bebían.

Yo la maté, pero merecía morir. Después de uno, dos, tres, cuatro mundos me siguió. me atormentó, me hartó. Muchos mundos para ella. No puedo entender cómo un ser tan desagradable pudo siquiera caer bien a alguien. La odiaba, la odio y la odiaré, aunque sé que nunca la olvidaré. Me maldigo, me corrompo, me odio. ¿Cómo te pude crear en mi mente como un ente permanente de ilusiones plutónicas y color carmesí?

Ella era géminis, como mi luna, como mi amada menguante. Pero la maté. Con desgarrada pluma la maté. Como la luna en mis diarios la encontraba, con la cafeína agarrándome las pocas neuronas que me quedaban desaté mi violencia contra las últimas líneas de vida que le sobró de una manifestación irreal de la compleja ficción donde vivía. ¿Cómo puede alguien extrañar semejante aberración?

Ella era blanca, era virgen, era menguante. Podía encontrarla en géminis, en virgo y en las islas Canarias. Era de dientes amarillos, de limpios pocillos de porcelana y la encontrabas regularmente entre las guaduas tomando agua del riachuelo por el que nadaba. Horacio nunca pudo enamorarla, Julieta nunca pudo superarla y Ramón nunca pudo desvirgarla.

Me llaman asesina, yo me llamo poetisa. Me llaman descorazonada, yo me llamo intuitiva. Porque sobra con la poesía y la intuición para darse cuenta de las sobras que significan algunos personajes sobre la faz de la ficcional lengua donde se lee el último suspiro de un ser carente de vida humana, pero repleto de vida fanática.

Fue un asesinato en línea, con pluma y tinta, con papel y cuadricula. Asesinato materializado en letra y rima. Tuvo un entierro de vocales y consonantes que ningún otro personaje ha recibido jamás. Larga vida a la casta, larga vida a la personaje asesinada.

  Tres leyes

El día que falte

Si el día de mañana falto,
¡griten hermanos! que las brujas no se han extinguido en las llamas,
que la razón no nuble la empatía ni el corazón.

No lloren, porque la lágrima que cae por la cornisa cae al estanque,
las lágrimas se pierden en el vacío y es allí donde reposaría mi alma.

Por el contrario, deseo fiesta para combatir el duelo, donde estén seguros que ya no me enfrento a la luminosa clarividencia de la violencia encarnada.

Allí donde guardaré cautelosamente mi espera les estaré esperando,
con cantos y vítores, con jazmines y claveles.

Gritemos juntos ¡que viva la vida después de la muerte! Porque solo en la muerte se encuentra la tan anhelada calma que deseamos algún día cuando buscamos en los brazos de la unánime violencia.

Así que hermanos, en el momento en el que bajen a mi tumba porque me llevó la agresión y me consumió el amor romántico,
quiero que tomen mi partida como la bandera violeta que llevan en su pecho y que luchen por que ninguno de ustedes parta de la misma manera en la que partí yo.

Hermanos, si llego a faltar yo, no escondan a sus criaturas,
enseñen cómo la falta de oscuridad en el mundo vuelve insensibles a los humanos ante la ceguera que produce el sol,
los torna moralistas, aunque de empatía tengan más bien poco.

No se escondan de la oscuridad de la noche, ni de la longitud de la falda,
ni de la hora a la cual caminaban,
témanles a aquellos simpatizantes.

Terror y horrores cometen aquellos que son resguardados tras el populum,
porque para estos es convencional aniquilarnos e irracional defendernos.

Queridos, si algún día falto yo no sientan pena por mí, siento más pena por ustedes que deben vivir un día más en una tierra medieval.

  Odín

Sobre la autora

Soy Sofia Ospina Londoño, estudiante de la licenciatura en español y literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, podcaster y escritora en proceso. Apasionada por las letras, me sumergí en este mundo a la edad de 8 años y hasta la fecha no puedo parar de recitar y echar cuentos por donde voy. Además, soy creadora del podcast Ospina Cuentera.

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