El demonio encarnado

Publicamos tres exquisitos poemas de Dylan Thomas, que ahondan sobre su sexualidad, lo mítico y lo religioso

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Dylan Thomas
Poesía

Nació en 1914, en el Reino Unido, fue escritor, dramaturgo, cuentista. Su voz, se dice, tenía la potencia de un gran cantante, lo que además elevaba los atributos de su poesía. A la manera quizá de John Milton, muchos de sus versos contienen un espíritu propio, en donde las figuras literarias se difuminan, para dar paso, preferiblemente, a los signos y símbolos universales, a lo mítico y lo religioso, por supuesto sin prescindir de la exploración de su propia condición humana, a través de un lenguaje que ahondó en la sexualidad, la raíz invisible de la existencia, la palabra en su más estricto sentido, a la que brindó una completa reverencia.

Dylan Thomas sintió curiosidad por los eventos fundamentales del individuo: nacimiento, amor, muerte; y es alrededor de estos que, en esencia, se despliega toda su poesía. Lo enajenaron las cuestiones inmutables, la metafísica, lo finito como lo infinito, pero también los colores de las cosas, el sonido de la naturaleza, el éxtasis de la vida. Para esta entrada seleccioné tres poemas que contienen algo de esos atributos, y poco más, que ojalá el lector logre extraer, pero ante todo sentir, como elementos universales de las emociones humanas.

Elbert Coes

 

Mi héroe desnuda sus nervios

Mi héroe desnuda sus nervios a lo largo de mi cintura
que rige de la cintura hasta los hombros,
desenvuelve la cabeza que, como un fantasma soñoliento,
se apoya en mi mortal regidor,
el espinazo altivo que desprecia los giros y torsiones.

Y estos pobres nervios tan atados al cráneo
duelen sobre el papel abandonado por su amante
yo me abrazo al amor con mi garabateo revoltoso
que gime todo el hambre de amor
y le cuenta a la página su vacío infortunio.

Mi héroe desnuda mi costado y ve a su corazón
que marcha como Venus desnuda
por la playa de carne y enrosca su ensangrentado pliegue;
al despojar mis lomos de promesas
promete cierto calor secreto.

Él sostiene los cables de esta caja de nervios
alabando el error mortal
del nacimiento y de la muerte, esas dos tristes sotas de ladrones.
y el hambre es emperador;
tira él de la cadena, la cisterna se agita.

Al principio

Al principio era la estrella de tres puntas,
única sonrisa de luz a través de la cara vacía;
única rama de hueso a través del aire enraizado
la sustancia partida que fue la médula del sol primero;
y ardientes cifras en el curvo espacio
iban mezclando el cielo y el infierno en su ronda.

Al principio era la firma pálida,
trisílaba y estrellada como la sonrisa;
y vinieron después las huellas sobre el agua,
el sello de la cara acuñada en la luna;
la sangre que tocaba el árbol de la cruz y el cáliz
tocó la primera nube y en ella dejó un signo.

Al principio era el fuego ascendente
que encendía con una chispa las atmósferas,
chispa de ojos rojizos, chispa de triplicados ojos,
brusca como una flor;
se irguió la vida a chorros de los mares rodantes,
estalló en las raíces, arrancó de la tierra y la roca
los aceites secretos que impulsan la hierba.

Al principio era la palabra, la palabra
que de las sólidas bases de la luz
le sustrajo todas las letras al vacío;
y de las bases nubladas del aliento
la palabra fluyó, y al corazón tradujo
los primeros indicios de nacimiento y muerte.

Al principio era la mente secreta,
la mente estaba encarcelada y soldada al pensamiento
antes que la pendiente se bifurcara rumbo a un sol;
antes que las venas se sacudieran en sus cedazos
se disparó la sangre y esparció hacia los vientos de la luz
la costilla original del amor.

El demonio encarnado

El demonio encarnado en una serpiente parlante,
con los planos centrales del Asia en su jardín,
despertó y azuzó al mundo que nacía,
dividió la barbada manzana en formas del pecado,
y Dios andaba allí, violinista de guardia
y al tocar su instrumento derramaba el perdón desde el cerro del cielo.

Cuando los mares explorados eran desconocidos
—una luna hecha a mano, a medias santa en una nube—
cuentan los sabios que las deidades del jardín
enroscaron el mal y el bien sobre un árbol de oriente;
y cuando la luna se alzó llena de viento fue
negra como la bestia y más pálida que la cruz.

En nuestro Edén supimos del secreto guardián
en las aguas sagradas que ninguna escarcha podía endurecer,
y en las pujantes mañanas de la tierra;
el infierno en un cuerno de azufre y el mito tronchado,
todo el cielo en un eclipse del sol,
una serpiente tocaba su violín cuando el mundo nacía.

  No entres dócilmente en esa buena noche

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