El ciclo del hombre lobo: octubre

Publicamos el mes de octubre para dar continuidad a «El ciclo del hombre lobo» de Stephen King, que cada vez está más cerca de su final

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Continuamos con El ciclo del hombre lobo, acompañado en el capítulo de octubre por fotograma de la película dirigida por Catherine Hardwicke y protagonizada por Amanda Seyfried, Gary Oldman y Billy Burke 

08/03/2020
Stephen King
Relato

Cuando Marty Coslaw regresó a casa, después de haber recorrido las casas vecinas con las bromas y sustos propios de la noche de difuntos, la Halloween Night tan celebrada por los anglosajones, las baterías de su silla de ruedas estaban casi agotadas y se dirigió directamente a la cama, aunque sin poder dormir hasta que la media luna se elevó en un cielo helado cubierto de estrellas que brillaban como chispas de diamante. Fuera, en la terraza, donde salvara la vida gracias a una ristra de cohetes y petardos, un viento helado soplaba arrancando las hojas secas de los árboles, que descendían en una especie de torbellino, como un inútil sacacorchos que se estrellaba contra las losas. La luna llena del mes de octubre había pasado sobre Tarker’s Mills sin producirse ningún crimen, el segundo mes que así sucedía. Algunos de los habitantes del pueblo, entre ellos Stan Pelky, el barbero, y Cal Blodwin, el dueño de la única casa de venta de automóviles en la pequeña ciudad, la Blodwin Chevrolet, creían que el terror había pasado; el asesino debía de ser un hombre de paso, o un vagabundo que vivía en el bosque, y, el que fuera, había decidido marcharse de allí como ellos ya habían dicho que acabaría haciendo. Otros, sin embargo, no estaban tan seguros. Eran los que pensaban en los cuatro ciervos muertos y destrozados junto a la carretera principal el día después de la noche de plenilunio, y en los once cerdos de Elmer Zinneman, muertos durante la luna llena de septiembre. Las discusiones se sucedían en la taberna, entre cerveza y cerveza, en las largas noches de otoño.

¡Pero Marty Coslaw sabía muchas cosas!…

Aquella noche había salido con su padre para ir de casa en casa, pidiendo dulces y golosinas, amenazando con su calabaza hueca a los que se negaban a darle algo (a su padre le gustaba aquella costumbre norteamericana del Halloween, le gustaba el viento helado de la noche, le gustaba reír con su cordial risa de amigo mayor y lanzar gritos con los que fingía querer asustar a los que abrían las puertas y asomaban los rostros conocidos de Tarker’s Mills). Marty iba disfrazado de Yoda, una especie de extraterrestre, el rostro cubierto con una máscara de goma y una gran túnica que le cubría sus piernas inútiles.

Gary Oldman es el padre Solomon en Red Riding Hood

—Siempre consigues todo lo que quieres —le había dicho Katie, echando hacia atrás la cabeza en ademán de disgusto, cuando vio la máscara…, pero Marty sabía que no estaba enfadada con él, realmente, porque le había preparado el báculo, un detalle que completaba su artístico disfraz, aunque sí, quizá, un poco triste porque se la consideraba ya demasiado mayor para ir pidiendo y amenazando de casa en casa. En su lugar iría a una fiesta con sus compañeros y compañeras de escuela. Bailaría al ritmo de los discos de Donna Summer, asarían manzanas y más tarde se apagarían las luces para el juego de la botella que gira y quizá tendría que besar a alguno de los chicos, no porque le gustara hacerlo sino porque sería divertido y podría reírse entre dientes con sus amigas al día siguiente en los pasillos de la escuela.

El padre de Marty llevó a éste en su camioneta porque ésta tenía una pequeña rampa que podía ser utilizada para que Marty subiera y bajara. El chico bajaba de la camioneta y con su silla de ruedas recorría las calles, con su bolsa sobre el regazo. Así había recorrido todas las casas de su calle y algunas otras más céntricas del pueblo, las de los Collins, los McInnes, los Manchester, los Milliken y los Easton. En la taberna habían colocado un gran tazón lleno de palomitas de maíz rebozadas de azúcar. Barras de chocolate en la rectoría de la iglesia congregacional y barras de mazapán en la rectoría baptista. Después Marty fue a los hogares de los Randolph, los Quinn, los Dixon y una docena o dos docenas más de familias del pueblo. Marty regresó a casa con su bolsa llena a reventar de golosinas… y con un conocimiento terrorífico, casi increíble.

¡Lo sabía!

¡Sabía quién era el hombre lobo!

En una de las visitas realizadas por Marty, la Bestia, la Bestia en persona, ahora segura entre sus lunas de locura, había puesto algunas golosinas en su bolsa sin darse cuenta de que el rostro del muchacho había palidecido, como el de un muerto, bajo su máscara de Yoda. Bajo sus guantes, sus dedos apretaron el bastón que completaba su disfraz con tanta fuerza que sus uñas se volvieron blancas. El hombre-lobo le había sonreído a Marty y acarició la parte de la máscara que cubría su cabeza.

Amanda Seyfried es Caperucita Roja

Era el hombre-lobo. Marty lo sabía y no sólo porque llevara un parche negro cubriéndole un ojo. Había algo más: cierto parecido vital entre el rostro humano de aquel hombre y la rugiente cara del animal que había visto en aquella noche veraniega y plateada por la luna, hacía ya cerca de cuatro meses.

Desde su regreso a Tarker’s Mills, a su vuelta de Vermont, el día después de la Fiesta del Trabajo, Marty venía manteniéndose alerta, vigilante, seguro de que acabaría por volver a ver al hombre-lobo, tarde o temprano, y que lo reconocería cuando lo viera porque sabía que tendría que tratarse de un tuerto. Aun cuando la policía le había dicho que lo tendría en cuenta y haría las comprobaciones pertinentes, cuando él le dijo que estaba seguro de que le había sacado un ojo al hombre-lobo, Marty sabía que no le habían creído del todo. Posiblemente porque sólo era un niño o porque no estaban allí aquella noche de julio en que tuvo lugar el enfrentamiento. De todos modos, eso no le importaba demasiado. Él sabía que las cosas habían sido así, tal y como las explicaba.

Tarker’s Mills era una ciudad pequeña, pero estaba creciendo, y hasta aquella noche Marty no había visto a ningún tuerto. No se había atrevido a hacerle preguntas a su madre, que estaba asustada y preocupada porque lo ocurrido en la noche del Cuatro de Julio pudiera marcar de modo permanente la psiquis de su hijo. Sabía que si acudía a su madre con preguntas, ésta confirmaría sus temores. Por otra parte, Tarker’s Mills era un pueblo pequeño. Más pronto o más tarde acabaría por ver a la Bestia, también con su rostro humano.

De regreso a casa, el señor Coslaw (el entrenador Coslaw para sus miles de estudiantes presentes y pasados) pensó que Marty estaba tan quieto y tranquilo debido al cansancio y a la excitación de la noche. La verdad era que estaba equivocado. Con la excepción de aquella noche con la maravillosa bolsa de fuegos artificiales, Marty jamás se había sentido más despierto y más lleno de vida. Su principal pensamiento era: le había costado casi sesenta días, tras su vuelta de Vermont, descubrir la identidad del hombre-lobo debido a que él era católico y acudía a la iglesia de Santa María, en las afueras de la ciudad.

El hombre con el parche en el ojo, el hombre que había puesto una barra de mazapán en su bolsa y lo había acariciado en la cabeza por encima de su máscara de goma no era católico. Muy lejos de ello. La Bestia era el reverendo Lester Lowe, de la iglesia baptista de la Gracia.

Apoyado en el quicio de la puerta, sonriendo, Marty había visto con toda claridad el parche que le cubría el ojo, a la luz amarillenta de una lámpara que salía por la puerta entreabierta. Le daba al reverendo un aspecto casi de pirata.

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—Siento mucho lo de su ojo, reverendo Lowe —dijo el señor Coslaw con su recia voz de amigo mayor—. Espero que no sea nada serio.

La sonrisa del reverendo Lowe adquirió un aire de sufrimiento pacientemente soportado. La verdad era, dijo, que había perdido el ojo. Un tumor benigno había hecho necesario extirpar el ojo para sacar el tumor. Pero se trataba de la voluntad de Dios y se estaba adaptando bien a la nueva situación. Después, acarició la cabeza enmascarada de Marty y dijo que había muchas otras personas, que él conocía, que tenían que soportar cruces más pesadas.

Ahora, Marty, echado en su cama, escuchaba el viento de octubre que cantaba fuera, arrastrando las últimas hojas secas de la temporada, introduciéndose por los huecos de los agujeros de la calabaza hueca, iluminada con una vela encendida en su interior, que flanqueaba el camino de entrada a la casa de los Coslaw, mientras observaba el recorrido de la media luna por el cielo cubierto de estrellas. La cuestión que se planteaba era: ¿Qué debía hacer ahora?

No lo sabía, pero estaba seguro de que el tiempo acabaría por traerle la respuesta.

Se quedó dormido con el sueño profundo y sin ensueños de los muy jóvenes, mientras que fuera de la casa, el viento soplaba sobre Tarker’s Mills, llevándose el mes de octubre y trayendo consigo el frío mes de noviembre con su cielo de estrellas fugaces. ¡Octubre, el mes de hierro del otoño!

Poster La chica de la capa roja (Warner Bros)
  La duna

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