El ciclo del hombre lobo: diciembre

Finalizamos «El ciclo del hombre lobo» de Stephen King con el mes de «diciembre», acompañando la entrada con fotograma de la película más antigua sobre licántropos, «El lobo humano», de 1935, protagonizada por Boris Karlof y dirigida por George Waggner

«Durante un momento Al se quedó helado, rígido, por el terror y la incredulidad. Era enorme aquella Bestia, quizá más de dos metros diez, pese a que andaba agachada, de modo que sus manos-garras delanteras casi llegaban a la alfombra».

08/08/2020
Stephen King
Terror

Faltaban quince minutos para la medianoche de Noche Vieja. En Tarker’s Mills, como en el resto del mundo, el año llegaba a su término, y en Tarker’s Mills, como en el resto del mundo también, el año pasado había traído cambios.

Milt Sturmfuller había muerto y su esposa Donna Lee, al fin libre de su servidumbre, se había ido del pueblo. A Boston, decían algunos; a Los Ángeles, según otros. Otra mujer había tratado de ganarse la vida con la librería Corner, aunque fracasó. Pero la barbería, el Market Basket y la taberna seguían haciendo negocios en sus mismos locales, gracias a Dios… Clyde Corliss había muerto, pero sus dos hermanos, que siempre fueron unos inútiles, Alden y Errol, seguían vivos y con buena salud. Cobraban una paga de la beneficencia en la asistencia social de otro pueblo algo alejado de allí, pues les faltaba valor y les sobraba orgullo para hacerlo en Tarker’s Mills. La abuela Hague, que solía hacer las mejores empanadas de Tarker’s Mills, había muerto de un ataque cardíaco; Willie Harrington, a sus noventa y dos años de edad, había resbalado en el hielo frente a su casita de la Ball Street, a fines de noviembre y se rompió la cadera; la biblioteca municipal había recibido un buen legado en el testamento de uno de los ricos que acudían allí a pasar el verano y pronto comenzaría la construcción de un pabellón destinado a los niños, algo de lo que ya se venía hablando en el pueblo desde tiempos inmemoriales. Ollie Parker, el director de la escuela, sufría una hemorragia nasal que no se le curó en octubre y que fue diagnosticada como hipertensión aguda. «Has tenido suerte, que no te estalló el cerebro», murmuró el médico, vendando el corte que le había hecho para eliminar la tensión, y le recomendó al viejo Ollie que perdiera veinte kilos de peso. Milagrosamente Olli había perdido diez de esos veinte kilos para Navidad y se sentía y tenía el aspecto de un hombre nuevo y distinto.

El lobo humano (1935)
El lobo humano (1935)

—Y actúa también como si fuera un hombre nuevo —le dijo su esposa a su íntima amiga Delia Burney, con una mueca significativa.

Brady Kincaid, asesinado por la Bestia en la temporada de las cometas, seguía muerto. Y Marty Coslaw, que solía sentarse precisamente en el asiento detrás de Brady, en la escuela, seguía siendo un inválido.

Algunas cosas cambian y otras no, y en Tarker’s Mills el año viejo se iba y el nuevo llegaba, mientras la tormenta atronaba fuera y la Bestia rondaba. En alguna parte.

Marty Coslaw y su tío Al estaban sentados en la sala de estar del hogar de los Coslaw, contemplando en la televisión el show de Noche Vieja de Dick Clark desde Nueva York. El tío Al estaba sentado en el sofá y Marty en su silla de ruedas frente al televisor. En el regazo de Marty descansaba una arma, un Colt Woodsman del 38. El arma estaba cargada con dos balas de plata pura, que el tío Al había conseguido de un amigo de Hampden, Mac McCutcheon. Este Mac McCutcheon, después de algunas protestas, había fundido la cuchara de plata, recuerdo de la confirmación de Marty, con una lámpara de propano y había calculado la cantidad de pólvora necesaria para impulsar las balas sin hacer que salieran girando sin control.

—No te garantizo que funcionen —le había dicho aquel Mac McCutcheon al tío Al—, pero lo más probable es que sí. ¿A quién piensas matar, Al? ¿A un hombre-lobo o a un vampiro?

—Uno de cada —dijo Al, devolviéndole la sonrisa de complicidad—. Ésa es la razón por la que te encargué dos. Había también un banshee[1] por los alrededores, pero su madre ha muerto en Dakota del Norte y ha tenido que tomar el avión para Fargo. —Ambos se rieron de la broma, y después Al le explicó—: Son para un sobrino. Está loco por las películas de monstruos y creo que será un buen regalo de Navidad para él.

El lobo humano (1935)

—Está bien: si dispara contra un tablón o un árbol, trae la bala al taller —le dijo Mac—; me gustaría ver el resultado.

La verdad era que el tío Al no sabía qué pensar. No había visto a Marty ni había estado en Tarker’s Mills desde el día 3 de julio; como había supuesto, su hermana mayor, la madre de Marty, estaba furiosa contra él por el asunto de los fuegos artificiales. «Podría haberse matado, tú, estúpido de mierda. ¡Por amor de Dios!, ¿qué suponías que estabas haciendo?», le gritó por teléfono.

—Más bien parece que fueron mis fuegos artificiales los que le salvaron… —comenzó Al, pero al otro lado oyó el golpe seco de quien corta, repentinamente, la comunicación. Su hermana era testaruda y, cuando no quería oír algo, no lo oía.

Después, a principios de diciembre, recibió una llamada telefónica de Marty.

—Tengo que verte, tío Al —le dijo Marty—. Tú eres la única persona con la que puedo hablar.

—Hay problemas con tu madre, muchacho —le respondió Al.

—¡Es muy importante! —insistió Marty—. ¡Ven, por favor, por favor!

Al se decidió a ir y desafió el silencio helado de su hermana, que no ocultó su desaprobación, en un día frío y claro de comienzos de diciembre. Al se llevó a Marty a dar un paseo con su coche deportivo, colocándolo firmemente seguro en el asiento delantero. Sólo que aquel día no hubo carreras de velocidad ni risas. Tío Al oyó lo que su sobrino le contaba. Escuchó sus palabras con una inquietud cada vez mayor.

Marty comenzó contando a su tío lo que le había sucedido la noche en que quiso encender su maravillosa bolsa pirotécnica y cómo le había volado un ojo, a aquella monstruosa criatura, con una ristra de petardos de los llamados Black Cat. Después le habló de la noche de Halloween y del reverendo Lowe. Le dijo también que había comenzado a enviarle cartas anónimas…, anónimas lo fueron hasta las dos últimas, después del asesinato de Milt Sturmfuller en Portland. Estas últimas las había firmado, tal y como le habían enseñado en sus clases de redacción: «Suyo, sinceramente, Martin Coslaw».

—Nunca debiste escribirle a ese hombre, ni cartas anónimas ni firmadas —le amonestó Al violentamente—. ¡Dios mío, Marty! ¿Acaso no se te ha ocurrido pensar que podrías estar equivocado?

—¡Claro que sí! —dijo Marty—. Y ésa es la razón por la que he puesto mi nombre en las dos últimas cartas. ¿No vas a preguntarme qué ha pasado? ¿No vas a preguntarme si el hombre llamó a mi padre para decirle que le estaba escribiendo notas, una nota preguntándole por qué no se suicidaba y otra diciéndole que estábamos a punto de descubrirlo?

—No lo hizo, ¿verdad que no? —le preguntó su tío Al, aunque ya conocía la respuesta.

—No, no lo hizo —contestó Marty con calma—. No ha hablado con papá, ni con mamá. No les ha dicho nada en absoluto. Y tampoco ha hablado conmigo.

—Marty…, puede haber cien razones para que…

—No, sólo hay una razón. Sólo una. Él es el hombre-lobo, él es la Bestia, él. Y está esperando que llegue el nuevo plenilunio. En su personalidad de reverendo Lowe no puede hacer nada, pero como hombre-lobo sí que puede hacer muchas cosas. Podría hacerme callar para siempre.

Marty hablaba con tan helada simplicidad que Al casi quedó convencido.

—Bueno: ¿y qué quieres de mí? —le preguntó.

Marty se lo explicó. Quería dos balas de plata y una arma para dispararlas. Y también quería que tío Al estuviera allí la Noche Vieja, que ese año coincidía con la luna llena.

—No, no voy a hacer nada de eso —le dijo su tío—. Marty, tú eres un buen chico, pero estás yendo demasiado lejos, creo que desvarías. Me parece que sufres un buen caso de fiebre de silla de ruedas; es decir, tu fantasía se excita con tu inmovilidad. Si reflexionas sobre el asunto, acabarás por darte cuenta de ello tú mismo.

El lobo humano (1935)

—Es posible —admitió Marty—, pero ¿puedes figurarte cómo te encontrarás si te llaman por teléfono el día de Año Nuevo para decirte que estoy muerto en la cama, despedazado y medio devorado? No querrás tener una cosa así sobre tu conciencia. ¿Verdad que no, tío Al?

Al comenzó a hablar, después cerró los labios de repente. Habían entrado en un camino para dar la vuelta y sintió el ruido de las ruedas delanteras al patinar sobre la nieve reciente. Dio la vuelta y se puso en marcha de nuevo. Había luchado en el Vietnam y ganado unas cuantas condecoraciones; había logrado evitar, con éxito, compromisos formales con varias jóvenes alegres y amables, pero ahora se sentía cogido, atrapado por su sobrino, un muchacho de diez años. ¡Su inválido sobrinito de diez años! Estaba claro que no quería tener un peso así sobre su conciencia, ni siquiera quería aceptar la simple posibilidad de algo semejante. Y Marty lo sabía. Marty sabía que su tío Al no lo dejaría solo, aunque sólo hubiera una probabilidad entre ciento de que tuviera razón…

Cuatro días más tarde, el 10 de diciembre, tío Al llamó por teléfono.

—¡Buenas noticias! —le anunció Marty a su familia entrando con su silla de ruedas en la sala de estar, tras haber hablado con su tío—. Tío Al viene a pasar la Noche Vieja con nosotros.

—¡Desde luego que no! —objetó su madre en su tono más frío y brusco.

Marty no se dejó amilanar.

—¡Vaya!… Lo siento…, pero acabo de invitarlo —dijo—. Me ha dicho que traerá algunas cosas para la fiesta.

Su madre se pasó el resto del día dirigiendo miradas de enojo al chico cada vez que lo observaba o que él fijaba la vista en ella, pero no llamó a su hermano para anular la invitación, para decirle que no se atreviera a acercarse a ella o a su familia. ¡Y eso era lo más importante de todo!

Aquella noche, durante la cena, Katie murmuró en son de burla:

—Siempre consigues lo que quieres. Sólo porque eres un inválido.

Con un gesto no menos burlón, Marty le respondió, también en voz baja:

—Yo también te quiero, hermanita.

—¡Eres un mierdecilla!

Katie se marchó.

Y llegó la Noche Vieja. La madre de Marty estaba convencida de que finalmente Al no aparecería por allí, sobre todo al ver cómo arreciaba la tormenta, y el viento soplaba y arrastraba la nieve. Al decir verdad también el propio Marty tuvo malos momentos de duda…, pero tío Al llegó a eso de las ocho de la noche, conduciendo no su Mercedes, sino un coche todo-terreno que le habían prestado.

A las once y media de la noche todos los miembros de la familia se habían ido a acostar, excepto ellos dos, exactamente como Marty había previsto que sucederían las cosas. Pese a que tío Al aún estaba rumiando el asunto, sin saber qué pensar de todo aquello, había llevado consigo no uno sino dos revólveres escondidos bajo su grueso abrigo de piel. Uno de ellos, cargado con las dos balas de plata, se lo entregó a Marty después que la familia se fue a la cama. Como si quisiera subrayar que ya era hora de acostarse, la madre de Marty dio un portazo cuando entró en el dormitorio que compartía con su marido…, un fuerte portazo. El otro revólver estaba cargado con munición más convencional…, pero Al estaba seguro de que si algún loco se atrevía a entrar en la casa aquella noche (a medida que el tiempo pasaba sin que ocurriera nada empezó a dudar, más y más, de que algo fuera a suceder), su Magnum del 45 lo detendría sin lugar a dudas.

El lobo humano (1935)

En aquellos momentos el cámara de la televisión estaba dirigiendo su objetivo cada vez con mayor frecuencia a la bola brillantemente iluminada que coronaba la pequeña torreta en el edificio de la Allied Chemical en Times Square. Estaban pasando los últimos minutos del año. La multitud congregada a los pies del edificio, para ver caer la bola a medianoche, gritaba alborozada. En el rincón de la sala de estar de los Cowslaw, opuesto al que ocupaba el televisor, estaba el árbol de Navidad de la familia que ya empezaba a secarse y adquiría un aspecto triste, desprovisto de los regalos que colgaron de él y con las agujas tornándose ligeramente marrones.

—Marty, nada… —comenzó a decir Al, pero en aquel momento la gran ventana de la sala familiar se rompió como si estallara hacia dentro con un tintinear de cristales rotos, para dejar entrar el viento helado y oscuro, remolinos de nieve blanca… ¡y a la Bestia!

Durante un momento Al se quedó helado, rígido, por el terror y la incredulidad. Era enorme aquella Bestia, quizá más de dos metros diez, pese a que andaba agachada, de modo que sus manos-garras delanteras casi llegaban a la alfombra. Su único ojo, verde (exactamente como Marty había dicho, pensó confuso, todo tal y como Marty le había dicho), miró a su alrededor con un gran sentido perceptivo… hasta fijarse en Marty, sentado en la silla de ruedas. Se preparó para lanzarse sobre el niño. Un sordo rugido de triunfo salió, como una explosión, de su pecho y pasó entre sus enormes dientes blanco amarillentos.

Con la mayor calma, sin que la expresión de su rostro cambiara en absoluto, Marty alzó su pistola del 38. El chico parecía aún más pequeño, muy pequeño, en su silla de ruedas, con sus piernas delgadísimas como palillos enfundadas en sus viejos tejanos, suavizados por el uso, sus zapatillas forradas de piel en aquellos pies que habían estado insensibles y dormidos durante toda su vida. Y, aunque pueda parecer increíble, por encima del loco aullido del hombre-lobo, sobre el gemir del viento, por encima de sus agitados y confusos pensamientos de cómo era posible que una cosa así sucediera en un mundo real, poblado por gente real y cosas reales, sobre todo eso.

Al oyó cómo su sobrino decía:

—¡Pobre reverendo Lowe! Trataré de liberarle de su sufrimiento.

Y cuando el hombre-lobo se disponía a saltar, su sombra, una mancha en la alfombra, con sus manosgarras extendidas, Marty abrió fuego. Debido a la escasa carga de pólvora, el arma hizo un ruido absurdamente insignificante, como el disparo de un insignificante fusil de aire comprimido.

El rugido del hombre-lobo ascendió en una espiral de rabia, hasta alcanzar un registro mucho más agudo, convertido en frenético grito de dolor. Chocó contra la pared y en sus espaldas apareció un gran agujero exactamente al otro lado de donde recibió el tiro. Una pintura de Currier e Ives que colgaba de la pared se desprendió y cayó sobre su cabeza, resbaló sobre la piel peluda de su espalda, para acabar haciéndose añicos sobre el suelo, cuando el hombre-lobo se dio la vuelta. La sangre resbalaba sobre la salvaje y peluda máscara que era su rostro, y el único ojo, verde, pareció vacilante y confuso. Tambaleante, se dirigió hacia Marty, gruñendo, abriendo y cerrando sus manos-garras; de sus fauces afiladas salía una espesa espuma mezclada con sangre. Marty sostenía el revólver con ambas manos, como un niño pequeño sostiene un vaso.

El lobo humano (1935) Boris Karloff, primer hombre lobo en la historia del cine

Esperaba, esperaba…, y cuando el hombre-lobo se lanzó de nuevo contra él, volvió a disparar. Como por encanto el otro ojo de la Bestia se apagó igual que una vela bajo el soplo del viento. La tormenta agitó las cortinas, que le envolvieron la cabeza —Al pudo ver cómo flores de sangre comenzaban a abrirse sobre la tela blanca—, mientras, en el receptor de la televisión, la gran bola iluminada comenzaba a descender por la barra que la sostenía.

El hombre-lobo se derrumbó de rodillas, cuando el padre de Marty, con los ojos brillantes y vestido con un llamativo pijama de color amarillo, apareció en la sala. La Magnum 45 de Al seguía sobre sus rodillas. Al ni siquiera la había alzado.

En esos momentos la Bestia se desplomó por completo, tuvo una sacudida… y murió.

El señor Coslaw la miraba fijamente, con la boca abierta por el horror y la sorpresa.

Marty se volvió hacia su tío, la humeante arma todavía en las manos. Su rostro tenía una expresión cansada, pero como de alguien que, finalmente, ha alcanzado la paz.

—¡Feliz Año Nuevo, tío Al! —exclamó el chico—. Ha muerto. La Bestia ha muerto…

Y comenzó a llorar.

En el suelo, bajo la ruina de las mejores cortinas de la señora Coslaw, el hombre-lobo había comenzado a cambiar. El pelo que había cubierto su cuerpo y su rostro pareció como si volviera a entrar en el cuerpo de un modo extraño e inexplicable. Sus labios, contraídos en un rugido de dolor y rabia, se relajaron y cubrieron los dientes que empezaron también a encogerse, a reducirse al tamaño y la forma de una dentadura humana. Las garras parecieron fundirse mágicamente hasta transformarse en uñas, unas uñas humanas que de forma patética mostraban huellas de ser las de un hombre que acostumbraba mordérselas.

El reverendo Lowe yacía allí, envuelto en una cortina ensangrentada, mientras la nieve que entraba por la ventana destrozada caía a su alrededor formando figuras extrañas.

El tío Al se dirigió hacia su sobrino para confortarlo, mientras el padre de Marty se agachaba junto al cuerpo desnudo que yacía en el suelo, mientras la madre, abrochándose los botones del cuello de su bata, entraba en la habitación. Al tomó en sus brazos a su sobrino y lo estrechó fuertemente, fuertemente…

—Has hecho bien, muchacho —murmuró—. Te quiero mucho.

Fuera, el viento aullaba y gritaba contra el cielo cubierto de nieve. Y en Tarker’s Mills, el primer minuto del Año Nuevo se convirtió en historia.

Elbert Coes
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