El arte de pulir

El poeta Juan Sebastián Sánchez reflexiona sobre la importancia de pulir el trabajo poético, pero sobre todo de imprimir verdad al poema a través de las emociones.

Por Juan Sebastián Sánchez

Cuando Emily Dickinson escribió sus poemas, lo hizo desde una atmósfera alejada, intimista. Sin contaminación de ruidos o el alboroto del espacio de afuera. Aunque se retiró de la sociedad, siempre mantuvo una correspondencia vital con la esfera intelectual de la época. Su poesía es precisa, y en este sentido el poeta lleva en su tacto la mística de ponderar, de pulir y dar transparencia a la palabra. Hoy los poetas han caído en un equívoco al convertir el valor del lenguaje en una mercancía malbaratada en el mercado persa de los concursos literarios. No hay premura en la necesidad de pulir, en la necesidad de encontrar precisión entre sentido, significado y sonido: tres características que dan valor a una palabra o un texto.

El lenguaje común y cotidiano sirve para ponernos de acuerdo unos con otros, pero cuando nos acercamos al lenguaje poético es necesario despojar el significado de la palabra, apartarlo y quedarnos con el sentido, es allí donde trasciende hasta convertirse en metáfora, en la imagen poética.

Es en este despojar a la palabra de su sentido, donde desaparece el trabajo de artesano, palabra que proviene del italiano artigiano que significa: aquel que hace un trabajo mecánico, y palabra que llego al italiano del latín ars, arti que significa: mover, ajustar, hacer. El poeta trasciende la palabra artesano y se convierte en un creador que reconstruye de la ruina. Es lo más parecido a un dios Demiurgo.

Le puede interesar El poeta desde el Romanticismo de Jonh Keast 

Pienso en lo que sentenciaba Johannes Pfaiffer: «El acceso a la poesía se ve siempre amenazado por dos grandes peligros; uno de ellos se llama “diletantismo”, el otro “esteticismo”». Tomando en cuenta que la primera en muchas ocasiones destruye la forma materializando el fondo, la segunda destruye el fondo ensalzando la forma. Esta máxima me lleva a pensar en dos momentos, uno afortunado para el enriquecimiento de la literatura Universal y el otro desafortunado en el sentido meramente literario: el Romanticismo y el Nadaísmo.

En el Romanticismo la sociedad, con el desgano de haber apelado a la razón como fuente de verdad, intenta volver a encontrarse apelando al Yo, es decir, a la subjetividad como fuente de verdad. El Nadaísmo en cambio fue un conato de algo que no podría pensar que es literario sino desde el quehacer cotidiano; aunque su legado literario fue nimio, su importancia social fue, sin fuerza, lo que más representó al movimiento. Entonces, ¿dónde se encuentra el equilibrio?, esa parte donde el poeta desnuda la palabra, despoja su significado, y redefine su sentido. ¿Qué podremos llamar poesía?

Cuando surgió el Simbolismo en Francia, surge como necesidad de rescatar el valor de la palabra Libertad; en la persona, en la sociedad y en el arte. Cuando surge el Romanticismo predomina el Yo;  la interpretación de arte y de la realidad a través de este depende de la estética del sujeto. En esta libertad podemos repensar sobre dos conceptos fundamentales: el concepto de lo auténtico y lo inauténtico. Hablo de estos dos conceptos porque tengo reserva y duda frente a lo que es «original» y «no original».

Para Pfeiffer lo auténtico es lo que surge de un estado de ánimo “verdadero”, es decir: cuando manifestamos nuestras inquietudes a través del arte es porque en el interior del Ser se configura un sentimiento que no es falso y que es independiente de la estética, del contexto histórico-social o de la crítica literaria. Lo inauténtico es aquello que surge de un estado de ánimo «no verdadero»; en esta parte me separo un poco de Pfeiffer, prefiero creer que todo acto humano tiene un estado de ánimo: amor, odio, amargura, desgano, envidia etc., y por consiguiente siempre es «verdadero». Bajo estos parámetros, pulir, es esa limpidez de la palabra que permite ver «lo verdadero» de las cosas y de las personas a través de la lente del lenguaje.

Le puede interesar Valdés Leal: el pintor de la muerte

La interpretación es el instrumento que permite una aproximación al poema o al texto. Pero por lo general la interpretación es inapropiada, se cae en dos errores frecuentes: juzgamos un poema, bien por su contenido o bien por su forma. La armonía de un poema se descubre cuando no se descuida aquella medida (que solo puede ser percibida por medio de la intuición) y oscila entre forma y fondo. El poema es un riesgo del azar porque no admite cálculos ni fórmulas.

No se puede hablar de pulir sino se pasa por la palabra «estética», que proviene del griego aisthetikê que significa: percepción, sensación, y la «estética» siempre se ocupó de la percepción y esencia que tiene la belleza. Pero después de la irrupción de los poetas simbolistas, la estética tiene un espectro más amplio y se encarga de la percepción que se tiene sobre distintas manifestaciones humanas. El poema es resultado de una estética y una intuición personal, y allí se encuentra la magia de pulir. Porque aquel esbozo que pervive después de pasar por el más inclemente rasero: es nuestra verdadera esencia y desnudez hacia el lector.

 

  Agravios

Escríbanos a diambulosli@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Archivos