El amor

D. H. Lawrence, uno de los autores más importantes del realismo inglés, reflexiona en este profundo ensayo sobre los distintos matices del amor

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Tiene que haber dos en uno, siempre dos en uno: el dulce amor de la comunión y el fiero y orgulloso amor de la satisfacción sexual, los dos juntos en un solo amor. Y entonces somos como una rosa.

UN PROFUNDO ENSAYO SOBRE LOS DISTINTO MATICES DEL AMOR

10/06/2020
D. H. Lawrence
Ensayo

El amor es la felicidad del mundo. Pero la felicidad no es todo lo que nos colma.

El amor es una confluencia. Pero no puede haber confluencia sin la correspondiente separación. En el amor, todas las cosas confluyen en unidad de gozo y alabanza. Pero no se unirían si antes no estuvieran separadas. Y después de cerrarse el círculo completo de su unidad, no pueden ir más allá en el amor. El movimiento del amor, como la marea, se completa de este modo; tiene que haber un flujo y un reflujo.

De tal modo que la confluencia depende de la separación; la sístole depende de la diástole; el flujo depende del reflujo. No puede haber nunca un amor universal e inquebrantable. No puede haber marea alta en todo el planeta al mismo tiempo. No existe ni existirá nunca el reino irrefutable del amor.

Porque el amor es en puridad un viaje. «Mejor viajar que llegar a puerto», dijo alguien[2]. En eso se basa la descreencia. Es una creencia en el amor absoluto, olvidando que el amor es por naturaleza relativo. Es una creencia en los medios, pero no en el fin. Es ésta en realidad una creencia en la fuerza, ya que el amor es una fuerza unificadora.

¿Cómo se puede creer en la fuerza? La fuerza es instrumental y funcional, no es ni un inicio ni un final. Viajamos para llegar a puerto, no viajamos por viajar. Esta forma de viajar es, cuanto menos, pura futilidad. Viajamos para llegar a puerto.

Y el amor es un viaje, un movimiento, una acelerada confluencia. El amor es la fuerza de la creación. Pero toda fuerza, ya sea espiritual o física, tiene su polaridad, su polo positivo y su polo negativo. Todo lo que cae, cae por gravitación a la Tierra. ¿Y acaso la Tierra, mediante el movimiento opuesto a la gravitación, no ha expulsado lejos de sí a la Luna y la ha mantenido a conveniente distancia en el firmamento por los siglos de los siglos?

Así con el amor. El amor es la acelerada gravitación de un espíritu hacia otro espíritu, y de un cuerpo hacia otro cuerpo, en el júbilo de la creación. Pero si todo se uniera en un lazo de amor, no habría ya amor. El triunfo del amor es el final del amor. Y por eso, para los que están enamorados del amor, viajar es mejor que llegar a puerto. Porque una vez llegados, se supera el amor, o más bien, se abarca el amor en una nueva trascendencia. La llegada es el gozo más alto después de tanto viaje.

¡El lazo de amor! ¿Hay acaso una esclavitud más alevosa que ésta? Es un intento de ponerle puertas al campo; la voluntad de detener la primavera, de no dejar que mayo se disuelva en junio, ni permitir que los pétalos del espino caigan cuando empiezan a brotar las bayas.

He aquí nuestra idea de la inmortalidad, este infinito del amor, el amor universal y triunfante. ¿Y qué es todo ello sino una cárcel y una forma de esclavitud? ¿Qué es la eternidad sino el paso interminable del tiempo? ¿Qué es el infinito sino una progresión interminable a través del espacio? La eternidad, el infinito, nuestras grandes ideas de descanso y llegada, ¿qué son sino ideas de un viaje sin fin? La eternidad es el viaje sin fin a través del tiempo, el infinito es el viaje sin fin a través del espacio; y nada más que eso, lo pongamos como lo pongamos. Y la inmortalidad, ¿qué es, tal y como nos la figuramos, sino la interminable sucesión de lo mismo? Y una sucesión, un vivir para siempre, ese imperecedero para siempre, ¿qué es sino una forma de viajar? Y la asunción de todo un cielo, ese fundirse en uno con Dios, ¿qué es, igualmente, sino una proyección en el infinito? ¿Y cómo puede ser el infinito una forma de llegar a puerto? El infinito nada tiene que ver con la llegada. Cuando conseguimos dar exactamente con lo que significa la palabra Dios para nosotros, la palabra infinito, la palabra inmortalidad, lo que nos queda es un significado de interminable sucesión en la misma línea y en el mismo sentido, el viaje interminable en una misma dirección. Esto es el infinito, viajar interminablemente en una única dirección. Y el Dios del Amor es la idea que tenemos de la progresión hasta el infinito de la fuerza del amor. El infinito no tiene que ver con la idea de llegada. Es tanto un callejón sin salida como el pozo del abismo. ¿Y qué es el infinito del amor sino un callejón sin salida o el pozo del abismo?

D. H. Lawrence (El amante de Lady Chatterley, Mujeres enamoradas, El zorro)

El amor es la progresión hacia un objetivo. Es, por lo tanto, el alejamiento del objetivo opuesto. El amor viaja en dirección al cielo. ¿De qué se aleja entonces? Del infierno, ¿qué hay ahí? El amor es, en última instancia, un polo positivo infinito. ¿Cuál es entonces el polo negativo infinito? El polo positivo infinito y el negativo son lo mismo, dado que solo hay un infinito. ¿Qué puede importar entonces que viajemos en dirección al cielo, hasta el infinito, o en la dirección opuesta, rumbo al infierno, hasta el infinito? Dado que el infinito al que se acaba llegando es el mismo en ambos casos, un infinito de homogeneidad pura, la nada, o el todo, no importa hacia cuál viajemos.

Lo infinito, el infinito, no es un objetivo. Es un callejón sin salida, o bien, en otro sentido, el pozo del abismo. Caer en el pozo del abismo es caer en un viaje sin fin. Y un callejón sin salida convenientemente amurallado puede ser un paraíso. Pero llegar a un callejón sin salida paradisíaco, a cubierto y lleno de paz y de felicidad sin mácula, no logrará satisfacernos. Y caer sin término en el pozo sin fin de la progresión, tampoco.

El amor no es un objetivo; solo es un viaje. Igualmente, la muerte no es un objetivo; es un viaje en mil partículas hacia el caos elemental. Y desde el caos elemental todo vuelve de nuevo a la creación. Por tanto, la muerte no es sino un callejón sin salida, un crisol.

Hay un objetivo, pero el objetivo no es ni la vida ni la muerte. No es un objetivo infinito ni eterno. Es el reino del gozo en calma, el reino del más allá de la dicha. Somos como una rosa, un milagro de centralidad total, puro equilibrio absuelto. Nivelada en perfección en la encrucijada del tiempo y el espacio, la rosa es perfecta en el reino de la perfección, ni temporal ni espacial, sino exenta por la gracia de la perfección, por la pura inmanencia que la absuelve.

Somos criaturas de tiempo y espacio. Pero somos como una rosa; conseguimos la perfección, llegamos al absoluto. Somos criaturas de tiempo y espacio. Y a la vez somos criaturas de pura trascendencia, absueltas de tiempo y espacio, perfeccionadas en el reino de lo absoluto, en el más allá de la dicha.

Y el amor es lo abarcado y lo sobrepasado. Los buenos amantes siempre han abarcado el amor y lo han sobrepasado. Somos como una rosa, una llegada perfecta.

El amor es múltiple, no de una única especie. Está el amor entre el hombre y la mujer, sagrado y profano. Está el amor cristiano, «amarás a tu prójimo como a ti mismo»[3]. Y está el amor de Dios. Pero siempre el amor es una convergencia.

Solo en la conjunción del hombre y la mujer ha mantenido el amor una dualidad de significado. Amor sagrado y amor profano, los dos son opuestos y, pese a ello, los dos son formas del amor. El amor entre hombre y mujer es la pasión más grande y más completa que le es dado ver al mundo, porque es dual, porque es un amor entre dos opuestos. El amor entre hombre y mujer es el latido perfecto de la vida, la sístole y la diástole.

El amor sagrado es desinteresado, no busca lo suyo. El amante sirve a su amada y busca la perfecta comunión en unidad con ella. Pero el amor pleno entre hombre y mujer es sagrado y profano a la vez. El amor profano busca lo suyo. Busco lo que es mío en mi amada, lucho contra ella para arrancarlo de sus entrañas. No estamos claramente definidos, nos mezclamos y nos entremezclamos. Yo también estoy en la amada, y ella está en mí. Pero esto no debía ser así, pues solo es confusión y caos. Por tanto, tengo que recomponer mi figura y liberarme de la amada, ella se tiene que separar de mí y diferenciarse por completo. Hay una luz crepuscular en nuestras almas que no es la luz, ni las sombras. La luz tiene que recomponerse hasta quedar purificada, las sombras tienen que ocupar el lado opuesto; tienen que ser dos opuestos absolutos, ninguno puede tener parte del otro, cada uno tiene que ocupar individualmente el sitio que le corresponde.

Como una rosa somos. En la pasión pura por unirse, en la pasión pura por diferenciarse y separarse, una pasión dual de separación inefable y de violenta conjunción de ambos, nace la nueva configuración, la trascendencia, los dos en su perfecta individualidad transportados al cielo incomparable de una rosa abierta.

Pero el amor de hombre y mujer, cuando es pleno, es dual. Es la fusión en pura comunión, y la fricción de la más absoluta sensualidad, ambas cosas a la vez. En esa pura comunión alcanzo la plenitud en el amor. Y en la pasión pura y feroz de la sensualidad, ardo hasta lo más esencial de mí mismo, soy llevado desde la matriz a la más absoluta separación. Me convierto en mi verdadero yo individual, inviolable y único, tal y como las piedras preciosas fueron quizá llevadas a la perfección a través de la confusión de las capas de la Tierra. La mujer y yo somos la confusión de la Tierra. Luego en el fuego que culmina el amor sensual, en la fricción de sus intensas llamas destructivas, soy destruido y reducido a lo más esencial de mí mismo; ella es destruida y reducida a lo más esencial y ajeno a mí de ella misma. Es un fuego destructivo este amor profano. Pero es el único fuego que nos puede purificar y hacer de nosotros lo que individualmente cada uno somos, lograr la fusión que desde el caos nos lleve hasta la propia, preciosa y única separación del ser.

Todo amor pleno entre hombre y mujer es, por tanto, dual, un amor que los mueve a fundirse, a fusionarse juntos en uno, y un amor que es la intensa gratificación sensual, mediante la fricción, de ser reducidos a ceniza, de arder hasta la claridad separada del ser, una otredad y una separación impensables. Pero no todo amor entre hombre y mujer es pleno. Puede estar lleno de ternura, ser la pura fusión en la unidad, como el de san Francisco y santa Clara, o el de María de Betania y Jesús. Puede que no conlleve el descubrimiento de separación alguna, ni el logro de la propia individualidad, ni la admisión de la existencia única del otro. Esto es un amor a medias, lo que se llama amor sagrado. Y este es el amor que conoce la felicidad más pura. Por otra parte, el amor puede ser solo una bonita batalla de gratificación sensual, la bella pero letal contraposición entre macho y hembra, como Tristán e Isolda. He aquí a los amantes que portan los más grandes estandartes en el pináculo del orgullo, los seres preciosos: él, pura masculinidad aislada y separada en una individualidad sin igual que lo hace relucir como una joya lleno de arrogante hombría; ella, una mujer en estado puro, una azucena sostenida en vilo por el orgullo de la belleza y el perfume de la feminidad. Este es el amor profano, culminado en tragedia vistosa y lacerante cuando a los que son marcados por tal destino los separa brutalmente la muerte. Pero si el amor profano acaba en dolorosa tragedia, no olvidemos que el amor sagrado acaba en un deseo doloroso y en una aflicción sublimada hasta la mansedumbre. San Francisco se muere y deja a santa Clara sola con lo más puro de su dolor.

Tiene que haber dos en uno, siempre dos en uno: el dulce amor de la comunión y el fiero y orgulloso amor de la satisfacción sexual, los dos juntos en un solo amor. Y entonces somos como una rosa. Somos más incluso que el propio amor, sobrepasamos al amor, lo llevamos a un nuevo ámbito. Somos dos en nuestra pura conjunción. En nuestra alteridad inimaginable somos dos, aislados como piedras preciosas. Pero la rosa nos contiene y nos trasciende, somos el más allá de la rosa.

Portada Editorial Siruela de «El amor es la felicidad del mundo»

El amor cristiano, el amor fraternal, es siempre sagrado. Amo a mi prójimo como a mí mismo. Y entonces, ¿qué? Me engrandezco, voy más allá de mí mismo, alcanzo mi plenitud en lo humano. En la plenitud de una humanidad perfecta me completo. Soy el microcosmos, el gran macrocosmos personificado. Hablo de la perfectibilidad del hombre. El hombre puede alcanzar la perfección en el amor, puede ser una criatura solo de amor. Entonces la humanidad será una gran plenitud de amor. He aquí el porvenir perfecto para aquellos que aman al prójimo como a sí mismos.

Pero ¡cuidado! Por mucho que yo pueda ser el microcosmos, el ejemplo del amor fraternal, hay en mí la necesidad de separarme y distinguirme a través de esa preciosa individualidad, diferenciada y aparte de todos los demás, con la cabeza erguida como un león, con un brillo único como una estrella. Es ésta una necesidad que hay dentro de mí. Y si tal necesidad no es atendida, se hace más y más fuerte hasta que me domina por completo.

Odiaré entonces el yo que soy, con todas mis fuerzas y con todas las consecuencias, odiaré el microcosmos en que me he convertido, la humanidad en mí personificada. Cuanto más me empeñe en comulgar con lo que he logrado ser gracias al amor fraternal, más me odiaré. Seguiré empeñado en representar a toda la humanidad y su ansia de amor hasta que la pasión insatisfecha de individualidad me mueva a alguna acción. Odiaré entonces a mi prójimo como me odio a mí. ¡Y que Dios se apiade entonces de mi prójimo y de mí! Cuando los dioses quieren destruir a alguien, primero lo vuelven loco. Y es así como enloquecemos, mediante este impulso a la actividad que es una reacción subconsciente contra el yo que nos empeñamos en ser, sin siquiera dejar de sostener este yo aborrecido. Nos quedamos perplejos, confusos. En nombre del amor fraternal nos lanzamos a ciegas a la actividad frenética o al odio fraternal. Es la escisión, la dualidad en nosotros mismos, lo que nos hace enloquecer. Los dioses quieren destruirnos por lo bien que los servimos. Y he aquí el fin del amor fraternal, liberté, fraternité, égalité. ¿Cómo puede haber libertad si no soy libre para ser otra cosa que igual y fraterno? He de ser libre para separarme y diferenciarme en el más puro sentido si de verdad he de ser libre. Fraternité y égalité, he aquí la tiranía de las tiranías.

Tiene que haber amor fraternal, la plenitud de la humanidad. Pero tiene que haber también una individualidad pura y exenta, exenta y orgullosa como un león o un gavilán. Tienen que existir las dos. En la dualidad radica la satisfacción. El hombre tiene que actuar de acuerdo con el hombre, de manera creativa y feliz. He aquí la felicidad más grande. Pero el hombre tiene que actuar también por separado, de forma diferenciada, aparte de todo otro hombre, individualmente, con responsabilidad y un orgullo inquebrantable, reaccionando según su propia naturaleza, sin referencia a la de su prójimo. Ambos movimientos son opuestos, pero no se anulan uno a otro. Tenemos la capacidad de comprender. Y si comprendemos, entonces hallamos el equilibrio perfecto entre ambos movimientos: somos individuos aislados y únicos, somos la humanidad inmensa y acorde, las dos cosas, y entonces la rosa de perfección nos trasciende, la rosa del mundo que no se ha abierto nunca antes, pero que se abrirá en nosotros cuando empecemos a comprender ambos sentidos y empecemos a vivir en ambas direcciones, libres y sin miedo, siguiendo los deseos más íntimos de nuestro cuerpo y alma, que llegan a nosotros desde lo desconocido.

Por último, está el amor de Dios; con Dios alcanzamos la plenitud. Pero el Dios que conocemos es o bien un amor infinito, o bien un orgullo y un poder infinitos, siempre lo uno o lo otro, Cristo o Jehová, siempre una mitad que excluye a la otra. Por ello Dios siempre está y estará celoso. Si amamos a un Dios, tarde o temprano tendremos que odiarlo y elegir al otro. He aquí la tragedia de la experiencia religiosa. Pero el Espíritu Santo, el ignoto, es único y perfecto por nosotros.

Está aquello que no podemos amar, porque va más allá del amor o del odio. Está lo desconocido y lo que no se puede conocer, lo que postula toda la creación. Es algo que no se puede amar, solo se puede aceptar como condición de nuestra limitada y verídica existencia. Solo podemos saber que, desde lo desconocido, deseos muy hondos se apoderan de nosotros, y que cumplir esos deseos es cumplir con la creación. Sabemos que la rosa se abre. Sabemos que es inminente nuestro florecimiento. Es cosa nuestra atender a esos impulsos, con la fe y la moralidad que emanan de nosotros: saber que la rosa se abre, y saber que con eso nos basta.

 

  El corazón de la orca pesa cien kilos

Fuente: El amor es la felicidad del mundo (Ed. Siruela)

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