Del sabor de la carne

Los símbolos que habitan varios de estos poemas confrontan con valentía la subjetividad de los malaprehendidos factores religiosos

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«El cuerpo es entonces el supremo templo del amor, pero el amor desde el encuentro que propicia el deseo, el furioso embate de lo sexual»

Omar Ortiz Forero – Prólogo a Diarios íntimos

07/06/2020
Por Yorlady Ruiz López
Poesía

Poeta y artista plástica, la autora es Magister en Estética y creación de la Universidad Tecnológica de Pereira. Hace parte del colectivo Magdalenas por el Cauca que aborda temas como la desaparición forzada y la violencia en Colombia, mediante la performance, la pintura y la instalación. Es premio Nacional en artes visuales a nuevas practicas artísticas Ministerio de Cultura de Colombia, 2014. Ganadora del Premio de Poesía Colección de Escritures Pereiranos con el libro Diarios íntimos, en 2012. Premio Ministerio de Cultura Pasantías Nacionales 2006, Premio Nacional de Poesía XII Festival de Poesía de Medellín en el año 2002. Ha publicado los libros de poesía Versos para tu boca fresca Alborada (1998), Novela inconclusa (2001) Diarios íntimos (2012)

Serezhada

 

Cada noche,
entre el cuchillo y la silueta de su esposo ausente
Serezhada narra entre risas el desespero
hunde
una,
dos,
tres veces,
hiere la duda,
hiere el silencio,
hiere su obediencia.
Unge la sangre derramada sobre su piel
Y luego zurce las sábanas rotas.

Del sabor de la carne

 

Se alzó un olor.
Cualquiera que pasara fuera sentiría invasivo el ambiente de grasa y pimienta,
alguna especia, quizá tomillo y un tris de ajo.
Jamás pensó que esa carne fuera tan parecida a la de un cerdo.
en cada chirrido de la sartén sentía alivio,
la tranquilidad que añoró tantos años con la espera paciente y el esmero de ser una buena mujer.
La casa parecía más grande, incluso los platos por primera vez le parecieron bellos, los restos de comida dibujaban paisajes, formas de vida.
De pronto presintió juventud y sus ojos traspasaron el vidrio del espejo, tuvo la sensación de inocencia en los pies.
No le importó que el colchón transformara las flores rosas en un lila profundo, aquel cuerpo al fin, dormiría todo su sufrimiento, los gritos se detuvieron como pasados sobre los viejos trastos de la casa, la marca de grasa y mugre detrás de la silla aún dibujaban ese cuerpo.
El silencio fue su reino, no probo bocado, pero lavó los platos.

Amita

 

La que fue crucificada, muerta y sepultada
regresó de los infiernos,
bajó a la ciudad,
fue a plazas y
caminó en las calles.

La que fumó tabacos y pregonó extraños futuros,
la que fue ultrajada, viuda y desgraciada.
la que lavó ropas ajenas en ríos y caños,
la que vio manchar las sábanas con la sangre de sus hijos,

Se sienta ahora a la diestra y a la siniestra
de todos nosotros,
muda,
casi transparente,
regresa al fuego fatuo de la noche moribunda
y cierra los ojos para abrir los nuestros.

Piedra domada

 

Eunice no sabía leer,
pero aprendió a escribir en las piedras con sus manos.

Ella que no albergó en su vientre la continuidad de su especie
(para no condenarla al lavadero y la cocina),
crió seis hijos ajenos
y machacó con la piedra día a día sales y especias
entre más de 5840 almuerzos, por más de 16 años.

No sabía leer, pero leía las cartas y el tabaco,
así, entre bruja,
nana y cocinera
con el paso de los años, me heredó una piedra
con la huella de su mano izquierda:
tesoro encontrado y revelado,
piedra recorrida desde la Divina Providencia hasta Alejandría.

Los barrios que viví y donde le conté a la piedra mis secretos,
forzándola a mi diestra,
resistiéndola golpe a golpe.

Piedra cocinada,
domada,
amoldada,
pulida,
canto rodado entre la mano y el ajo,
piedra de la rabia y el silencio.

Piedra desnuda, arena tras arena,
cuerpo de Eunice revelado en su origen.

No esperé crecer

 

Poco a poco medía la fuerza de mis manos enterrando el machete en el platanal,
Paf, paf, sonaba y caía la mancha que oscurecía la ropa,
mientras mi mente hilaba mitos sobre esas formas extrañas que dejaba la mancha: caminantes, brujas, muertes, nunca fui buena para ver el lado positivo de la vida…
Nunca supe absolver sus manos de mi cuerpo.
Nunca supe quitarme la mancha del recuerdo.

Esteban

 

Al regreso vino la carroña
Un grupo de puntos negros oscurecían el cielo
Instalando sus alas sobre la cobija del aire.
Su cuerpo regresó vacío de ojos,
Sin líneas en las manos,
Su vientre expuesto y roto.
Volvió en las manos de los pescadores
Que como rescatando a su hermano del agua
Lo acunaron entre costales para ponerlo en la orilla.
Imagino ese viaje de regreso.
Imagino esa visión del horror mientras dañaban su cuerpo.
¿Qué recuerdo le llevaste a Caronte?, sin paga, con las cuencas vacías, desnudo y desterrado,
sin familia, sin nombre, sin tierra en la boca.
Regresó a la tierra después de navegar y ver el cielo,
después que el sol se reflejara en su melancolía y la luna se mirara en la ignominia,
Regresó a la tierra de quienes le mataron,
testigo,
esquelético,
deambula en silencio sobre nuestra vergüenza.

Yo también cobré

 

Desde el palo de mango vi arder el rancho,
Pequeñas llamaradas evocaban los gritos de la casa.
Te mataron a balazos, no sé si por los rumores del maltrato,
pero a mí no me tocaron.
Esa tarde tomó café sentado sobre la banca de madera,
Se quitó las botas para revisar las candelillas de los dedos,
dejó caer la cabeza sobre la tapia y soñó:
Nubes de polvo espeso invadían la visión, alaridos de perros luchaban por una moribunda chucha, torpe, enceguecida.
Una voz grave te llamó:
Reinaldo López
Abriste los ojos, aún con el reflejo del polvo en la mirada,
El sonido de los perros se animó en tus oídos y se hizo presente,
Maldijiste
Y tu cuerpo se sacudió siete veces, fue rápido.
Echaron montaña abajo y ya no los vi más
Toqué tu cuerpo y mi vientre se estremeció con miedo.
Me percaté de tu muerte tres veces y escupí en tu cara,
Se pasmaron mis piernas y sentía que alargarías tus manos para estremecer la tarde.

Mamá decía que el peor castigo era no tener una santa sepultura.
A mi manera, yo también cobré.

No usó el cuchillo y aun así en medio de mis piernas un hilo de sangre dibujó un río.

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