Psicología

De Jung a Bachelard: sobre la ensoñación poética y la imaginación activa

Por: Elbert Coes

Cuanto más se toma consciencia del lenguaje poético más este tiende a aumentar, y del mismo modo se expande la vasija de la psique que lo contiene, esto con el fin de permitir la construcción y reconstrucción de imágenes. La ensoñación poética en el sentido de que «nos lleva por el mal declive o por el declive que desciende» debería entenderse como un proceso de distención hacia aspectos cada vez más profundos de la psique.

Se examina aquí la tesis del inconsciente andrógino expuesta por Gastón Bachelard en su libro La poética de la ensoñación. Contrastamos el ensueño con el sueño para efectos de comprensión. Mientras que el primero se despliega por una suerte de voluntad desinhibida, que no es del todo imaginada como tampoco onírica, el segundo está permeado por imágenes que van más allá del mundo consciente, a veces incluso «impuestas».

Relativa al inconsciente, particularmente a las sombras, una ensoñación en descenso permite el reconocimiento de aspectos desconocidos del «yo». Como quiera que se observe daremos por entendido que sueño y ensoñación pertenecen a un proceso psíquico del inconsciente. Nos queda por determinar en qué niveles se halla cada uno, cuánto hay de la voluntad del poeta en la ensoñación, según Bachelard, cómo afecta dicha voluntad el proceso y la transición del poema; esto es, su materialización.

Imaginación activa y ensoñación poética

Bachelard afirma que todos los sentidos se despiertan y armonizan en la ensoñación poética, actividad que se entiende ocurre en un nivel comparable a la respiración zazen. Esta tesis nos permite considerar la aplicación que él mismo da a los conceptos de anima y animus para explicar su fenomenología, en la que afirma que la inspiración tiene muy poco de fisiológica; podría ocurrir tanto en la práctica de la respiración budista como en el sueño REM, infiriendo que bajo estos estados subyace una actividad alerta de los sentidos.

Si se imprimen imágenes poéticas a la ensoñación cabe preguntarse: ¿surgen estas de manera espontánea?, ¿resultan de la voluntad consciente del poeta? Si surgen espontáneas, ¿de qué aspecto del inconsciente vienen?, ¿del anima o del animus?, y, ante todo, ¿por qué es importante reflexionar sobre el asunto?

En primer lugar, hay que recordar que estamos frente a una fenomenología de la creación poética. Si bien la ensoñación no es el único camino sí proporciona herramientas para la composición como para la construcción lingüística. Pensemos por un momento en la musa, en los instantes de esplendor poético, a la que el poeta accede con frecuencia, y conforme más practica con mayor animosidad esta le corresponde. Se trata de uno de los focos de aliento para la fenomenología de Bachelard.

La ensoñación poética no es en sí misma la respuesta, pero puede ofrecer un atisbo si se examina con detenimiento. Atrás se habló del inconsciente andrógino, anima y animus, que opera tanto en el sueño como en el ensueño —y en estado de zazen—. Para Carl Jung el sueño que «visita» al soñador habita los estados más profundos del inconsciente colectivo y la «imaginación activa» es un mecanismo efectivo para resolver las dificultades de sus pacientes. Las imágenes resultantes de ambos estados psíquicos corresponden a aspectos desconocidos por el «yo», que en vigilia total no se identificarían como propias.

Pensemos por ejemplo en Mr. Hyde de Stevenson, cuya imagen resulta imposible de creer al Dr. Jekyll. No necesariamente hablamos de la maldad escondida, sino de imágenes tan desconocidas para la personalidad que el ego las niega y califica de ajenas, de «impuestas», a la vez que las atribuye a otro. En ese sentido Bachelard sostiene que «No hay ninguna identidad entre el sujeto que narra y el sujeto que ha soñado».

Si se busca entender lo que significa la musa o el fenómeno de la inspiración, hay que detenerse en las dificultades de la tesis de la ensoñación poética de Bachelard, especialmente en su definición del anima y del animus: el autor atribuye al anima facultades puras y al animus voluntad. La cuestión se vuelve compleja al confrontarla con la traducción que hace Richard Wilhelm del I Ging en El secreto de la flor de oro:

«El animus está en el Corazón Celestial. Es de la naturaleza de lo luminoso, es la fuerza de lo ligero y puro. Es lo que hemos recibido del gran vacío, lo que tiene una forma desde el primordial comienzo. El anima es de naturaleza de lo oscuro. Es la fuerza de lo pesado y turbio, está adherida al corazón carne corpóreo. El animus ama la vida. El anima busca la muerte». A diferencia de las definiciones de Bachelard en La poética de la ensoñación: «Anima es la que sueña y la que canta. Soñar y cantar es el trabajo de su soledad. La ensoñación —no el sueño— es la libre expansión de toda anima. Sin duda con las ensoñaciones de su anima el poeta llega a darle a sus ideas de animus la estructura y la fuerza de un canto».

Carl Jung fue uno de los pioneros en aplicar terapia de imaginación activa a sus pacientes

Solo podemos entrar a rebatir estas definiciones en la medida en que Jung las toma de Wilhelm y Bachelard las adquiere prestadas de Jung. Bachelard otorga al anima atributos de pureza en su estado más simple. La justificación que puedo entrever es que exista en este aspecto del inconsciente una voluntad de purificación, de modo que si la ensoñación poética opera en el anima, esta debería ser reposada, sin dramas.

En su libro Los complejos y el inconsciente Jung infiere que todo cuanto se revela en el exterior que antes ha pasado desapercibido por el «yo», no es más que producto de una verdad guardada en el inconsciente: «Pero hoy sabemos con certeza que el inconsciente posee contenidos que, si pudiéramos hacerlos conscientes, representarían un aumento inmenso de conocimientos». Más adelante agrega que tales contenidos «asequibles» están hechos de elementos de los que podríamos tener consciencia. Si aplicamos esta tesis a la ensoñación poética podría darnos esbozos de la musa como fuente de imágenes aún no hilvanadas para la materialización del poema.

A continuación el poeta debiera ocuparse de la ensoñación y posteriormente del lenguaje. A la larga el poema resultaría de la acumulación de imágenes hiladas en la psique, consecuencia de la inmersión literaria, del ensueño poético y de la contemplación durante el estado de vigilia. A esta mezcla podrían añadirse las imágenes grabadas en el inconsciente después de un sueño. Alude a que, en primer lugar, el sueño es un extractor de imágenes grabadas en el inconsciente, que toda vez llegan a la superficie pasan a convertirse en recuerdos. En segundo lugar, pese a que la acción de recordar constituya una actividad consciente, las imágenes del sueño convertidas en recuerdo también participarán del ensueño poético, máxime si asumimos que, como proceso involuntario, la psique acudirá a todo el material que en sí contenga.

El I Ging sugiere que el estado más puro del animus es un envase universal, en el que se depositan los contenidos del anima; entre ellos una forma de neuma que guarda imágenes en un área del inconsciente. Su contenido podría ser de carácter ancestral, una suerte de memoria colectiva. En sentido junguiano no resultaría descabellado proponer que tanto las imágenes y el proceso de ensoñación como de materialización del lenguaje tienen fundamento en el acceso a esta memoria del inconsciente colectivo, a la que cuanto más se le escarba, con mayor generosidad se derrama sobre la psique del soñador.

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