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Philip Roth y su crónica de la plaga

J. M. Coetzee ensaya sobre la plaga en varias obras literarias, con Philip Roth como hilo conductor

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04/07/2020

El presente texto permite vislumbrar cómo todos los tiempos han estado azotados por ese enemigo invisible llamado virus, que de una y otra forma impugna a la humanidad a replantear sus hábitos y costumbres y a repensarse en comunidad

Por J. M. Coetzee

La polio es una enfermedad vírica contagiosa que ha existido desde hace milenios. Antes del siglo XX era una infección endémica que afectaba a la primera infancia y en general causaba episodios de fiebre, dolores de cabeza y náuseas. Solo en una minúscula minoría de casos se desarrollaba plenamente y atacaba el sistema nervioso, causando parálisis o incluso la muerte.

La transformación de la polio en enfermedad grave se puede achacar a la mejora de las condiciones higiénicas. El virus de la polio se transmite por medio de las heces humanas (el virus se gesta en el intestino delgado). El hábito de lavarse las manos, bañarse de forma regular y llevar ropa interior limpia reduce drásticamente la transmisión. El problema es que los hábitos de limpieza despojan a las comunidades de la resistencia al virus; y cuando la contraen niños mayores y adultos que no tienen esa resistencia, la enfermedad suele adoptar su forma extrema. Así pues, son las mismas medidas que frenan enfermedades como el cólera, el tifus, la tuberculosis o la difteria las que han convertido la poliomielitis en enfermedad mortal.

La paradoja de que la higiene rigurosa reduce el riesgo para los individuos pero también debilita la resistencia a la enfermedad y la vuelve letal no se entendía en pleno apogeo de la polio. En las comunidades afectadas, los brotes de polio desencadenaban brotes paralelos y no menos mórbidos de ansiedad, desesperación y rabia infundada.

La psicopatología de las poblaciones azotadas por enfermedades cuya transmisión no se entiende bien la exploró Daniel Defoe en su Diario del año de la peste, que finge ser el diario de un superviviente de la peste bubónica que asoló Londres en 1665. Defoe registra todas las reacciones típicas de las comunidades azotadas por plagas: la atención supersticiosa a las señales y los síntomas; la vulnerabilidad a los rumores; la estigmatización y aislamiento (en cuarentenas) de las familias y grupos sospechosos; el convertir a los pobres y a la gente sin hogar en chivos expiatorios; el exterminio de categorías enteras de animales repentinamente aborrecidos (perros, gatos, cerdos); la división de la ciudad en zonas saludables y zonas enfermas, acompañada de la defensa agresiva de las fronteras; la huida del centro de la enfermedad, por mucho que eso provoque la propagación del contagio, y la desconfianza incontrolada de todos hacia todos, que desemboca en un colapso generalizado de los lazos sociales.

Albert Camus conocía el Diario de Defoe; en su novela La peste, escrita durante los años de la guerra, lo cita y en general imita la naturalidad con que el narrador de Defoe habla de la catástrofe que se está desplegando a su alrededor. Aunque supuestamente trata de un brote de peste bubónica que está teniendo lugar en una ciudad argelina, La peste también se puede interpretar como un libro sobre lo que los franceses llamaron «la plaga marrón» de la ocupación alemana y, más en general, como un texto sobre la facilidad con que una comunidad se puede infectar de una ideología que actúa igual que un bacilo. El libro concluye con una severa advertencia:

El bacilo de la peste nunca muere ni desaparece del todo … puede pasarse décadas esperando, durmiendo en los muebles y en las sábanas … Espera pacientemente en los dormitorios, los sótanos, los baúles, los pañuelos, en los papeles viejos … Tal vez llegará un día en que, para aflicción y aleccionamiento de la humanidad, la peste volverá a azuzar a sus ratas y las mandará a morir en alguna ciudad feliz.

En una entrevista de 2008, Philip Roth mencionaba que había estado releyendo La peste de Camus. Dos años más tarde publicaba Némesis, una obra de ficción ambientada en Newark en el verano de la polio de 1944 (diecinueve mil casos en todo el país), situándose así en la tradición de escritores que habían usado el concepto de la plaga para explorar la tenacidad de los seres humanos y la durabilidad de sus instituciones bajo el ataque de una fuerza mortal, invisible e inescrutable. En este sentido –tal como comprenden Defoe, Camus y Roth–, la plaga no es más que una intensificación de la condición de la mortalidad.

Eugene «Bucky» Cantor trabaja de instructor de educación física en una escuela pública. Por culpa de su mala vista lo han declarado exento de la llamada a filas. La buena suerte que ha tenido lo avergüenza y trata de compensarla volcándose en sus alumnos. A su vez los alumnos lo adoran, sobre todo los muchachos.

Bucky tiene veintitrés años; es una persona serena, diligente y escrupulosamente honrada. Aunque no es un intelectual, sí piensa sobre las cosas. Es judío pero practica su religión con desgana.

Estalla entonces un brote de polio en Newark que no tarda en arrasar el sector judío de la ciudad. En medio del pánico generalizado, Bucky conserva la calma. Convencido de que lo que necesitan los niños en los momentos de crisis es estabilidad, organiza un programa deportivo para los muchachos y lo sigue dirigiendo pese a los recelos de la comunidad, aun cuando algunos de los chicos empiezan a enfermar y a morir. Con intención de servir de ejemplo de solidaridad humana ante la plaga, incluso estrecha la mano públicamente al tonto local, a quien los chicos hacen el vacío porque supuestamente porta la enfermedad («¡Oledlo! … ¡Va todo lleno de mierda! … ¡Es él quien pasa la polio!»). En privado, Bucky despotrica contra la «crueldad lunática» de un Dios que mata a niños inocentes.

  Crónica de una locura anunciada

Bucky tiene una novia, Marcia, que también es profesora y que en esos momentos está fuera de la ciudad, ayudando a dirigir unas colonias de verano en las montañas de Pennsylvania. Marcia presiona a Bucky para que huya de la ciudad infectada y se reúna con ella en su refugio. Él se resiste. Tiene la sensación de que corren tiempos extraordinarios que exigen sacrificios extraordinarios, y no solo en Normandía o en el Pacífico, sino también en el frente interno. Pese a todo, un día sus principios se vienen abajo inexplicablemente. Sí, le dice a Marcia; irá con ella; abandonará a sus muchachos y se salvará a sí mismo.

«¿Cómo he podido hacer lo que acabo de hacer?», se pregunta en el momento mismo de colgar el teléfono. Y no tiene respuesta.

Némesis es una novela hábilmente construida, llena de intriga y con un giro astuto hacia el final. El giro es que Bucky Cantor también es portador del virus de la polio. Y más concretamente, es esa criatura que apenas aparece en las estadísticas: el portador infectado pero sano. Es muy posible que los alumnos de Bucky que enfermaron y murieron fueran infectados por él. Es posible que el hombre al que estrechó la mano esté condenado. Y lo que es peor, cuando Bucky huye de la ciudad infestada, es muy posible que esté llevando la plaga con él a un refugio idílico donde un grupo de inocentes cree estar a salvo.

El resto de la historia de Bucky se nos cuenta deprisa. Poco después de llegar al campamento estalla allí un brote de polio. Bucky se hace la prueba y sale a la luz la terrible verdad. A continuación sucumbe él a la enfermedad. Después de su tratamiento sale del hospital convertido en un lisiado. Marcia todavía quiere casarse con él, pero él se niega y elige la soledad y la amargura. Marcia le dice a Bucky:

–Siempre te estás responsabilizando aunque no seas responsable. Todo siempre es culpa o bien de un Dios terrible o bien del terrible Bucky Cantor, cuando de hecho la culpa no es de ninguno de los dos. Tu actitud hacia Dios… es infantil, es bobalicona.

–Escucha, tu Dios no me cae bien, o sea que no lo saques a colación. Es demasiado mezquino para mí. Dedica demasiado tiempo a matar a niños.

–¡Eso es otra tontería! El simple hecho de tener la polio no te da derecho a soltar esas ridiculeces. ¡No tienes ni idea de qué es Dios! ¡Nadie lo sabe ni puede saberlo!

Dios no es el culpable porque Dios está por encima de la culpa y por encima del mero raciocinio humano. Marcia se hace eco del Dios del Libro de Job y de la burla que en él se expresa hacia la insignificancia del intelecto humano. («¿Descubrirás tú las profundidades de Dios?», Job 11,7.) Pero la novela de Roth evoca de forma más explícita el contexto griego que el bíblico. El mismo título Némesis enmarca la apelación a la justicia cósmica en unos términos griegos; y la trama hace uso de la misma ironía dramática que el Edipo rey de Sófocles: un líder de la lucha contra la plaga resulta ser sin saberlo portador de la misma plaga.

¿Qué es exactamente Némesis (o bien némesis con minúscula, el sustantivo abstracto)? Pues resulta que némesis (el sustantivo) es la traducción literal de la palabra latina indignatio, de la que deriva «indignación»; y se da el caso de que Indignación es el título de otro libro de Roth, publicado originalmente en 2008 (la cosa se complica) y que, junto con ElegíaLa humillación y Némesis, pertenece a un subgrupo de su obra que Roth denomina Las Némesis o novelas cortas.

Indignatio y némesis son palabras de significado complejo: pueden referirse tanto a actos improcedentes (injustos) como al sentimiento (justo) de rabia que provocan esos actos. Detrás del concepto de némesis (y a través del verbo nemo, «distribuir») está la idea de la fortuna, sea buena o mala, y de cómo se reparte esa fortuna en el universo. Némesis con mayúscula (la diosa, la fuerza cósmica) busca humillar a todos los que prosperan más allá de lo adecuado. Es por eso por lo que Edipo, conquistador de la Esfinge y gran rey, abandona Tebas convertido en mendigo ciego. Y es por eso por lo que Bucky Cantor, el admirado atleta –las páginas más líricas de Némesis celebran sus proezas como lanzador de jabalina–, termina convertido en un lisiado que trabaja sentado a un escritorio de la oficina de correos.

Dado que él no ha hecho nada malo de forma consciente, Edipo no es un criminal. Pese a todo, sus actos –parricidio, incesto– lo contaminan a él y todo lo que toca. Debe abandonar la ciudad. «Nadie más que yo puede cargar con mi avieso destino», dice. Bucky tampoco ha cometido crimen alguno. Sin embargo, está contaminado de una forma todavía más literal que Edipo. También él acepta la culpa y, a su manera, elige el camino solitario del exilio.

En el centro de la fábula de Edipo, y de la visión del mundo griega que refleja, hay una pregunta que es ajena a la imaginación moderna postrágica: ¿cómo funciona la lógica de la justicia cuando hay unas fuerzas universales inmensas cruzándose con las trayectorias de las vidas humanas individuales? Y más concretamente, ¿qué podemos aprender del destino de un hombre que sin darse cuenta cumplió la profecía de que mataría a su padre y se casaría con su madre, de un hombre que no vio nada hasta que se quedó ciego?

Para Sófocles, contestar que el hecho de que un hombre mate a su padre sin querer («por accidente») y luego se case con su madre sin saberlo («por casualidad») constituye una serie de acontecimientos tan improbable desde el punto de vista estadístico –más improbable todavía que ser portador de la plaga aun pareciendo sano– que no puede ofrecer una lección general, o bien –para explicarlo de otra forma– que las leyes del universo tienen una naturaleza probabilística que no se puede refutar por un solo caso individual aberrante, para Sófocles contestar todo esto es eludir la pregunta. Porque ese hombre existió: se llamaba Edipo. Él experimentó ese destino. ¿Y cómo podemos entender su destino?

Sófocles nunca nombra abiertamente a Némesis, algo para lo cual tendría sin duda sus razones. Sin embargo, la idea de némesis sí que recorre la tragedia griega en la forma de una fuerza temible que preside los asuntos humanos, una fuerza que redistribuye hacia abajo la fortuna, en dirección a lo medio y lo mediano, y aquí lo mediano se refiere también a la medianía, a la mediocridad, mezquina e implacable. ¡Hubo una época en que todo Tebas envidiaba a Edipo, dice el coro al final de la obra, pero miradlo ahora! La tradición griega está llena de cuentos con moraleja sobre mortales que provocan la envidia (némesis) de los dioses por ser demasiado hermosos o felices o afortunados, y que a menudo son castigados por ello. El coro, en cuanto que encarnación de la opinión pública imperante en Tebas, está perfectamente dispuesto a atribuirle este sentido a la historia de Edipo.

También existe la posibilidad de interpretar la historia de Bucky Cantor al estilo de un coro griego. Bucky era un tipo feliz y sano, tenía un trabajo que le gustaba, estaba enamorado de una chica preciosa y gozaba de una exención 4-F del ejército. Cuando la plaga descendió sobre la ciudad (la plaga de la polio y la plaga de la paranoia) no se acobardó, sino que luchó contra ella; fue entonces cuando Némesis lo apuntó con su arma, ¡y miradlo ahora! Moraleja: no destaques del rebaño.

Durante las primeras veinte páginas aproximadamente, la crónica del verano de la polio en Newark nos llega a través de alguien (un hombre) originario de la parte judía de Newark, alguien que no se quiere identificar sino que usa «nosotros» siempre que puede en lugar de «yo», y que en general interviene tan poco en la historia que casi nunca nos suscita la pregunta de quién es. Al cabo de esas veinte páginas, a medida que nos adentramos en la historia de Bucky, desaparecen incluso los últimos rastros de un narrador identificable. La voz narrativa adquiere una familiaridad tan grande con lo que está pasando en la mente de Bucky que podemos suponer que no es más que la voz en primera persona de Bucky trasladada a la tercera persona; o en caso de que no lo sea, debe de ser la voz de un narrador impersonal e incorpóreo, que ni corresponde al inventor de la historia ni a ningún participante en ella. Y aunque de vez en cuando este ser deja caer un mot juste –«[Se echó] a llorar, de forma torpe e inexperta, de esa forma en que lloran los hombres que suelen considerarse a la altura de lo que sea» [las cursivas son mías]– ciertamente no es el Philip Roth que conocemos, ni en términos de estilo ni de capacidad expresiva ni de intelecto.

Nuestra conjetura de que estamos leyendo la historia de Bucky –tanto la historia que él protagoniza como la historia que él en cierto sentido autoriza– solo se ve cuestionada fugazmente. Resulta un poco extraño y formal que Bucky se denomine a sí mismo «señor Cantor», pero es así como aparece en la historia la mayoría de las veces. Después de un centenar de páginas, sin embargo, en medio de una lista de muchachos que han contraído la polio, aparece la desconcertante frase «yo, Arnie Mesnikoff». Aun así, después de emerger momentáneamente, ese «yo, Arnie» vuelve a sumergirse y ya no volverá a salir a la luz hasta que solo falten cuarenta páginas para el final, cuando da un paso adelante para anunciarse nada menos que como el autor –y más concretamente, el autor al que le contaron todo– de la historia que hemos estado leyendo. En 1971, nos explica, se encontró por la calle con su antiguo profesor Bucky Cantor, lo saludó y terminó convirtiéndose en confidente suyo lo bastante íntimo como para contarnos ahora su historia. (Ese «ahora» carece de fecha, aunque deducimos que Bucky ya ha muerto.)

Así es como queda descartado el recurso narrativo que habíamos dado por sentado –esa máscara o voz sin mente propia y sin participación alguna en la historia–, y un desconocido, Arnie Mesnikoff, revela que ha estado presente todo el tiempo en calidad de mediador de carne y hueso entre Bucky Cantor y nosotros. Así pues, Némesis continúa la vieja costumbre de Roth de complicar la línea de transmisión por la cual el relato llega al lector y cuestionar las intenciones que tiene el mediador. La experiencia de leer Los hechos: autobiografía de un novelista (1988) u Operación Shylock (1993), por mencionar solo un par de ejemplos, está dominada por la incertidumbre de hasta dónde hay que creer al narrador. De hecho, Operación Shylock está construida a partir de la paradoja de Epiménides, con un narrador que afirma estar mintiendo.

En la narrativa reciente de Roth, la cuestión de cómo nos llega la historia es tan importante como siempre. Aunque ni Elegía ni Indignación son obras místicas, se da el caso de que ambas están narradas, por así decirlo, desde más allá de la tumba. Indignación contiene incluso meditaciones, al estilo del Beckett de El innombrable o Cómo es, sobre la existencia postmórtem y sobre cómo es tener que pasarte la eternidad repasando una y otra vez la historia de cómo viviste en la tierra.

La revelación de que Bucky nos ha llegado refractado a través de la mente de otro personaje de ficción, de alguien de cuya vida nunca llegamos a saber gran cosa, más allá de que de niño era callado y sensible, de que en 1944 pasó la polio y de que más tarde se hizo arquitecto especializado en modificar viviendas para discapacitados, nos exige replantearnos toda la historia que hemos estado leyendo. Parece poco probable que el huraño Bucky le confiara al joven los detalles de cómo hacía el amor con Marcia. Así pues, ¿acaso esa parte se la está inventando Arnie? Y en caso de que sí, ¿no es posible que haya otras partes de la historia de Bucky que Arnie ha dejado fuera, malinterpretado o simplemente no ha conseguido representar de forma competente?

(Arnie cuenta que la joven Marcia tenía «unos pechos diminutos, fijados en la parte alta del pecho, y unos pezones suaves, pálidos y no protuberantes». ¿Qué nos dice una palabra como «fijados» de la idea que tiene Arnie del cuerpo de las mujeres, o, para ser más precisos, de cómo interpreta Arnie las ideas de Bucky?)

  De Salsa y actores

La actitud de Arnie hacia el Bucky de después de la polio es, en el mejor de los casos, ambivalente. Puede respetar hasta cierto punto la devoción obstinada que le tiene Bucky a la tarea que se ha autoimpuesto de castigarse a sí mismo. Pero en líneas generales la gente como Bucky le parece desacertada y excesiva. Él cree que el azar rige nuestras vidas, y que cuando Bucky clama contra Dios, en realidad está clamando contra el azar, lo cual es estúpido. Una epidemia de polio es «absurda, contingente, ridícula y trágica»; no hay una «causa profunda» detrás de ella. A base de atribuirle intenciones hostiles a un suceso natural, Bucky no ha mostrado «nada más que hybris estúpida, y no la hybris de la voluntad ni del deseo, sino la hybris de la interpretación religiosa fantasiosa e infantil». Si él, Arnie, ha hecho las paces con el destino que le ha tocado, entonces Bucky también puede hacer lo mismo. La calamidad del verano de 1944 «no tenía por qué ser también una tragedia personal para el resto de su vida».

La crónica que hace Arnie de la vida de Bucky culmina en un resumen de una página en el que echa por los suelos la posición filosófica de Bucky. Este era un alma sin humor y sin el sentido de la ironía que lo habría salvado, un hombre aplastado por su sentido de la obligación y sin el intelecto suficiente. Al obsesionarse con el daño que había causado, convirtió un simple capricho del azar en un «gran crimen del que era culpable». Incapaz por una cuestión de temperamento de aceptar la arbitrariedad del sufrimiento humano, asumió la culpa de todo ese sufrimiento y lo usó para castigarse a sí mismo hasta el fin.

Aunque a veces vacila, esta es la esencia del veredicto que nos da Arnie de Bucky. Por mucho que sienta compasión por el hombre, no siente ninguna por su visión del mundo y de hecho ni siquiera la entiende. Arnie, que es un alma moderna, ha encontrado formas de salir adelante en un mundo que está más allá del bien y del mal. Y piensa que Bucky debería haber hecho lo mismo.

En la década de 1940, Bucky vio los efectos de la polio en Newark (y los efectos de la guerra en el mundo), sacó la conclusión de que la fuerza que lo estaba dirigiendo todo solo podía ser maligna y juró resistirse a aquella fuerza, aunque fuera únicamente a base de negarse a someterse a ella. Es esta resistencia por parte de Bucky lo que Arnie señala como «hybris estúpida». Y en la misma página en que habla de hybris emplea la palabra «trágica», como si perteneciera al mismo campo semántico que «absurda», «contingente» y «ridícula».

Como Arnie no llega a reflexionar nunca sobre la diferencia entre los conceptos de tragedia antigua (elevada) y moderna (degradada) –por lo que sabemos de él, podemos sospechar que no le vería sentido a esa diferencia–, imaginamos que es el propio autor el que está dejando caer irónicamente esos términos griegos tan significativos en el discurso de Arnie, y de forma deliberada. Y podemos aventurar también que su propósito podría ser dar argumentos al desafortunado Bucky para defenderse de su portavoz y sugerir que tal vez exista una forma de interpretar la resistencia de Bucky que no es la lectura despectiva que le da Arnie. Dicha lectura –brevemente, para no levantar una montaña de interpretaciones sobre lo que es una sugerencia mínima del autor– podría comenzar enmendando la descripción que hace Arnie de la epidemia de polio –y por extensión del resto de actos destructivos de Dios– como algo «absurdo, contingente, ridículo y trágico» y convirtiéndola en algo «absurdo, contingente, ridículo y sin embargo trágico».

Es posible que Dios sea incomprensible, como dice Marcia. Sin embargo, quien intenta comprender los misteriosos designios de Dios por lo menos se está tomando en serio la humanidad y el alcance del entendimiento humano; no es el caso de quien trata el misterio divino como un simple nombre más del azar. Lo que Arnie se niega a ver –o por lo menos se niega a respetar– es en primer lugar la fuerza del ¿por qué? de Bucky (lo llama «ese maníaco del por qué») y luego la naturaleza del «¡No!» de Bucky, que, por muy obstinado, derrotista y absurdo que sea, sin embargo, mantiene con vida un ideal de humanidad enfrentado al destino, Némesis, los dioses y Dios.

La intervención menos amable –y más mezquina– de todas viene cuando Arnie habla con desprecio de la transgresión en sí de Bucky, del origen de toda su calamidad. Igual que Dios no puede ser un gran criminal que urde las calamidades de toda la humanidad (porque Dios no es más que otro nombre del azar), transmitir el virus de la polio tampoco puede ser un gran crimen, solo una cuestión de mala suerte. Y la mala suerte no exige remordimientos a escala grandiosa y heroica: vale más levantarse otra vez y seguir con tu vida. En su intento de que lo consideren un gran criminal, Bucky simplemente se revela a sí mismo como un imitador tardío de los aspirantes a grandes criminales del siglo XIX, desesperados por conseguir atención y dispuestos a cualquier cosa, hasta a cometer los crímenes más viles, a fin de obtenerla (Dostoievski diseccionó a ese modelo de gran criminal en la persona del Stavrogin de Los endemoniados).

A lo largo de Némesis presenciamos muchas conductas deplorables por parte de una población castigada por la plaga y por el pánico, incluyendo la transformación de ciertas etnias en chivos expiatorios. El Newark de Némesis resulta ser un caldo de cultivo igual de fértil para el antisemitismo que la fantasía distópica de Roth, La conjura contra América (2004), ambientada en el mismo período histórico. Sin embargo, en su crónica de la plaga de 1944 a Roth no le preocupa tanto la conducta de las comunidades en épocas de crisis como las cuestiones del destino y la libertad.

Parece que una de las reglas de la tragedia es que la lógica que condujo a tu caída solo se puede ver de forma retrospectiva. Únicamente después de recibir el castigo de Némesis puedes entender qué es lo que la provocó. En cada una de las cuatro novelas del ciclo de Las Némesis tiene lugar un error o una caída de los que el héroe ya no se puede recuperar. La némesis ha hecho su trabajo; la vida ya no volverá a ser igual. En La humillación un actor famoso pierde de forma inexplicable su poder para cautivar al público; a esta merma la sigue la pérdida de la potencia sexual. El protagonista de Elegía, que se estaba preparando para una cómoda jubilación, ve reducirse a la nada sus horizontes vitales cuando sin aviso previo sucumbe a un terror que lo consume. La resolución del joven héroe de Indignación de practicar el acto sexual por lo menos una vez antes de morir conduce, siguiendo una lógica inescrutable, a su expulsión de la universidad y su muerte en Corea, siendo todavía, en el sentido clintoniano, virgen. Se cumple así la profecía de su padre: «El más pequeño paso en falso puede tener consecuencias trágicas».

La acción de Némesis bascula sobre lo que parece ser un paso en falso minúsculo que resulta en una caída fatídica. Y ese paso en falso tiene lugar en el momento mismo en que Bucky cede a las súplicas de su novia y acepta abandonar Newark. La intuición lo advierte de que se está traicionando a sí mismo, actuando en contra de sus intereses más elevados. Se encuentra frente a una especie de precipicio moral, y sin embargo, no hace nada para salvarse de la caída.

Bucky constituye por tanto un ejemplo perfecto de la debilidad o el fracaso de la voluntad, que en calidad de fenómeno moral/psicológico ha atraído la atención de los filósofos ya desde Sócrates. ¿Cómo es posible que podamos obrar de forma consciente en contra de nuestros propios intereses? ¿Acaso somos realmente agentes racionales, tal como nos gusta considerarnos, o bien las decisiones que tomamos vienen dictadas por unas fuerzas más primitivas, a las que la razón únicamente puede prestar racionalizaciones? A Bucky el instante en que tomó su decisión –el instante de su caída– le resulta inescrutable. El Bucky con el que Arnie no simpatiza vive atormentado por la sospecha de que cuando dijo «De acuerdo, me marcho de la ciudad», la voz que habló no era la de su yo diurno sino la de Otro que vivía en su interior.

Comparada con obras tan ambiciosas como El teatro de Sabbath (1995) o Pastoral americana(1997), las cuatro novelas del ciclo de Las Némesis son piezas menores del canon de Roth. El planteamiento de la propia Némesis –la capacidad inherente de los personajes que emplea y las acciones que les hace desempeñar– no es lo bastante grande como para hacer más que arañar superficialmente las cuestiones que plantea. A pesar de su longitud (280 páginas) produce la sensación de ser una nouvelle.

Pero si se ha apagado la intensidad del Roth de antaño, del Roth de las obras «mayores», ¿acaso ha aparecido algo nuevo en su lugar?

Hacia el final de su vida terrenal, «él», el protagonista de Elegía, visita el cementerio donde están enterrados sus padres y entabla conversación con un enterrador, un hombre lleno de un orgullo firme y profesional por su trabajo. Y este hombre le ofrece a «él» una explicación plena, clara y concisa de cómo hay que cavar una fosa. (Entre los placeres subsidiarios que nos ofrece Roth están siempre esos pequeños ensayos prácticos y didácticos que hay insertos en sus novelas: cómo fabricar un buen guante; cómo abastecer el escaparate de una carnicería.) Este es el hombre, reflexiona «él», que cuando llegue mi hora cavará mi tumba, se asegurará de que mi ataúd esté bien colocado y, en cuanto se haya dispersado el cortejo fúnebre, me echará la tierra por encima. Se despide del enterrador –que es su enterrador– con un buen humor inusitado: «Quiero darle las gracias … No podría haber sido usted más concreto. Ha sido una buena instrucción para una persona de edad avanzada».

Este humilde pero hermosamente escrito episodio de diez páginas constituye efectivamente una buena instrucción, y no solo para personas de edad avanzada: cómo cavar una tumba, cómo escribir y cómo afrontar la muerte, todo en uno.

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