Cuchillo y madre

En el marco de nuestra Tertulia La Roma, Geografía Oculta, publicamos este extraordinario cuento de Luisa Valenzuela, otra autora que se halla en el centro de estas conversaciones

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Tengo que cortar el hilo, se dijo, pero no hizo nada y dejó transcurrir su vida saboreando el triunfo de haber tomado por fin conciencia de tamaña atadura.

09/26/2020
Luisa Valenzuela
Cuento

Se empieza simplemente queriendo cercenar. Después hay toda una vida para ir averiguando qué.
__Siempre un pasito más adelante, plus ultra como quien dice, con obstinación, siempre.
__Tres son los protagonistas de esta historia: la hija, el cuchillo y la madre. También hay un antagonista pero permanece invisible y es mutante. Antagonista es todo aquel que entre los protagonistas se interpone, uniendo; o viceversa.
__Planteadas ya las prioridades, haremos primero la descripción de los personajes y luego pasaremos a los hechos. O mejor dicho al lento y penoso desarrollo de una trama que la narrativa volverá ligera.
__Ganador indiscutido de lo lento y lo penoso es el Tiempo, jugando a favor o en contra.
__¿Qué más?
__Lo demás será dado por añadidura.
__Por lo tanto:
__La hija tiene apenas cinco añitos cumplidos cuando empieza su camino de percepción que se arrastrará confuso por los años de los años.
__El cuchillo no es un arma, es un vulgar cuchillo de cocina, contundente y filoso, eso sí, y el color herrumbre de su hoja es precisamente herrumbre, no lo otro, y el cabo de madera sólo está manchado de grasa animal y de aceite comestible, como corresponde.
__De la madre basta decir que es bella.
__La nena debe de haberse fijado muchísimas veces en la belleza de su madre, pero esta vez parece fijarse con mayor intensidad. Y sufre.
__La bella madre está en su dormitorio, arreglándose para salir -una vez más arreglándose para salir, como siempre- y la nena está recostada en una reposera en el amplio corredor frente a la puerta de dicho dormitorio. La nena contempla, contempla, y le crece la angustia; debe de estar sufriendo de verdad con sus cinco añitos a cuestas y su cuerpito frágil y su cabeza enmarañada. Al ver a la madre vestirse, emperifollarse, piensa lo siguiente en forma no tan verbal:
__Yo me voy a levantar, en estos momentos me estoy levantando aunque no me mueva de esta reposera en la que estoy hundida, me voy a levantar me estoy levantando y voy a ir estoy yendo a la cocina y voy a buscar y en la mano lo tengo al gran cuchillo de la cocina, el enorme cuchillo de picar carne, de cortar papas, y me lo voy a clavar y es como si me lo estuviera ya clavando en la panza y mi madre después de mi muerte no se va a vestir de negro, mi madre va a seguir usando sus alegres vestidos floreados que tan bonito le quedan y pobre de mí, ¿quién va a sufrir cuando yo muera?
__(Y así, blandiendo un cuchillo que no le está permitido tomar de propia mano, la nena sin saberlo penetra en ese instante en el ambiguo reino de los símbolos, como en una ciénaga).
__A los cinco años la nena se quiere matar, cree querer matarse para que su madre la llore; su madre ni se entera.
__Y los cinco años pasan como tantos, con heridas que no son autoinfligidas.
__La nena ya es grande, es una muchacha, es una mujer casada, el cuchillo puede que siga allí en algún cajón del hogar materno pero el hogar y por ende la cocina han cambiado varias veces y la madre nunca ha sabido nada del cuchillo ni lo sabe ahora porque no transita mucho por la cocina y quizá -eso nunca puede saberse- tampoco transite mucho por el alma de su hija.
__A la madre cada tanto, en alguna discusión con la hija, en alguna pelea -digámoslo de frente- le da un berrinche súbito y empieza a los llantos. ¡Vos me querés matar! Le reclama a la hija, vos querés que me muera para heredar mis joyas (o para apropiarte de la casa, o para sacarme del camino, o para lo que fuere, cualquier motivo que corresponda a la orden del día). Vos querés matarme. Y el reclamo es una estocada directa al corazón de la hija que al no poder aguantar tanta injusticia, tanto dolor y oprobio, cae de nuevo en la angustia como en un profundo y correntoso mar con olas que la arrastran, la sumergen, y sólo puede respirar a bocanadas ávidas, desesperadas, y ese poco de aire parece querer explotarle en la cabeza y de nuevo se hunde.
__La madre se anota un tanto.
__La hija se desespera y lucha contra las olas, el oleaje a lo largo de múltiples mareas poco a poco va calmándose, en la superficie aparece alguna reverberación minúscula, extendiéndose, y todo vuelve a una paz acuosa que puede durar años hasta que revienta en un nuevo maremoto.
__Vos me querés matar, aúlla la madre. Vos querés que me muera.
__La hija sólo puede gemir como perro apaleado sin saber muy bien reconocer el golpe.
__Hay algo cíclico en todo esto, hay un reclamo materno que trasciende a la madre y a la hija y las orada a ambas.
__Hasta que cierto día, sin aviso, la hija le hace frente al reclamo materno y de alguna despiadada manera parece satisfacerlo:
__Y sí, le contesta a la madre, y sí, morite. Me lo decís tantas veces que por ahí tenés razón, sí, quizá quiera matarte, al fin y al cabo vos te lo buscás; sí, insiste, quiero que te mueras pero hacelo ya, no me hagas perder más tiempo, no me angustiés más, me estás jodiendo demasiado con esta eterna historia. Morite ya y acabemos con la farsa.
__La madre sabe reconocer la ironía y sabe salirse con facilidad del papel de víctima cuando éste no la favorece. La madre cambia de actitud, se ilumina, levanta la cabeza, suenan las campanitas de su risa, retoma su belleza, su encanto, su seducción, su inteligencia, su compasión, su desenfado. En una de ésas hasta abraza a la hija, y toda pero toda la amenaza de muerte se olvida, enterrada para siempre por la risa materna.
__La hija se siente liberada. Liviana. En ese aspecto, al menos.
__La hija carga otros pesos y así pasan los años, y las fricciones y las chispas atacan por otros inesperados flancos y la van distrayendo.
__Hasta que cierta noche, en una ensoñación o algo por el estilo, la hija vuelve a verse en aquella lejana escena de los cinco años: está en la reposera de lona, observando frente a la puerta del dormitorio las apariciones fugaces de la madre, a cada paso más alegre y colorida. Vuelve la imagen de la imagen del cuchillo y de esa pancita infantil que sueña con ser tajeada. Lo que no vuelve más es el dolor: entra por primera vez la percepción clarísima de un hilo dorado, elástico, resistente, dúctil, que une a la madre con la hija y se estira y se estira como cuando la hija ya un poquito más grande anduvo como gato merodeando por las azoteas del vecindario o intentó sin demasiado énfasis escaparse de la casa.
__Un hilo de unión dorado, maravilloso, persistiendo más allá de la muerte (de la madre), que deja a la hija satisfecha.
__Un hilo dorado, y hay una nueva forma de liberación, mucho más fuerte que aquella vez cuando alguien le habló de envidia: envidia de la madre, del vestido, de la panza de la madre, etcétera. La hija se siente como quien ha tocado una puntita del secreto.
__Hasta que un buen día retorna a su memoria el tercer personaje, el desdeñado. Vuelve el cuchillo que por algo estaba allí desde un principio. Y la escena se trastorna, se modifica y espeluzna:
__La madre siempre tuvo razón, la hija quiso matarla. Pero no en los tiempos de pelea cuando las palabras se bastaban solas. Debe de haber querido matarla en aquel entonces, a los cinco añitos, con el cuchillo simbólico en la mano, y fue tal el espanto de ese deseo inconfesable que el cuchillo -imaginario- se volvió contra la imaginación de la deseante y la cortó para siempre de sí misma.
__¿Para siempre? No. Sólo hasta ese momento. Hasta el instante de lucidez, digamos, cuando la hija supo que sí, que matar a la madre fue su oscuro deseo en la primera infancia. Un deseo tan atroz e imposible de reconocer que logró disfrazarse de otra cosa.
__Y se sintió liberada al poder mirar de frente su deseo.
__Y el deseo se le dio vuelta.
__Y la imagen del cuchillo volvió a aparecer años después y esta vez su urgencia de cortar fue muy distinta.
__Tengo que cortar el maldito hilo dorado, se dijo la hija que seguía siendo hija a pesar de la lejana (en el tiempo) desaparición de la madre (en el espacio).
__Tengo que cortar el hilo, se dijo, pero no hizo nada y dejó transcurrir su vida saboreando el triunfo de haber tomado por fin conciencia de tamaña atadura.
__Hasta que cierta vez bajo los árboles, cuando lo creía totalmente olvidado, el cuchillo se le apareció de nuevo y sintió que ya no se trataba de cortar o no cortar sino de tomar finalmente el cuchillo por el mango, asumir lo que había sido cortado en el comienzo de los tiempos y no tratar más de explicarse nada de nada porque ya otros habían explicado todo eso hasta el cansancio.
__Se sintió liberada, y
__(Algunos dicen que a esta altura el cuchillo está mellado. No es cierto, sólo se ha ido achicando notablemente por obra de tanto afilador que al juntar su rueda con la hoja hizo levantar chispas, pero su filo es más agudo que nunca. Quienquiera que lo tenga, sabe: corta un pelo en el aire.)

  Juan Gabriel Vásquez, nominado al Man Booker 2019

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