Crónica de una locura anunciada

La autora de esta crónica estrecha la relación entre covid-19, «Ensayo sobre la ceguera» y «El leviatán» de Thomas Hobbes

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03/31/2020

A través de Ensayo sobre la ceguera, la autora de esta crónica reflexiona sobre la pandemia producida por el Covid-19 y, en consecuencia, sobre las relaciones interpersonales

Por Jenny del Pilar Correales López

La naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del cuerpo y del espíritu que, si bien un hombre es a veces, evidentemente más fuerte de cuerpo o más sagaz de entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es tan importante que uno pueda reclamar, a base de ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no pueda aspirar como él. En efecto, por lo que respecta a la fuerza corporal, el más débil tiene bastante fuerza para matar al más fuerte, ya sea mediante secretas maquinaciones o confederándose con otro que se halle en el mismo peligro que él se encuentra

El leviatán, Thomas Hobbes

Aunque todo pueda apuntar a que leí por segunda vez Ensayo sobre la ceguera a propósito de la pandemia Covid-19, no es así, lo reinicié producto de la sugerencia del profesor de filosofía que nos imparte un curso sobre Hobbes, no sé muy bien aún su relación, pero fue esta la motivación inicial.

En medio del aislamiento social y la paranoia colectiva inducida —creo que con hechos y argumentos evidentes— y con la incredulidad que aún ronda en la atmósfera individual, luego de ser víctima de una masiva terminación de nombramientos de funcionarios públicos en Itagüí, mi modo de vida se modificó de tal forma que vivía en mi oficina, la cual había instalado en la parte posterior de mi vivienda: menos mal, bastante grande para albergar tres niños, tres familias diferentes, aunque de iguales lazos consanguíneos:  entre ellos dos locos; uno de los cuales era una mujer cabeza de familia, con dos hijos de nueve y siete años; mis sobrinos y un hermano esquizofrénico de veintiséis años a quien el encierro le aumenta la paranoia y cuyo trabajo para sostener una que otra cosa de aseo personal, se da en las frías y largas hileras que constituyen los talleres de confección del barrio Santa María. Supongo que le gusta, dado que es un trabajo de pulimiento de prendas en donde no tiene que socializar y por el contrario requiere de la concentración corporal lógica de un trabajo operario.

Una madre de cincuenta y siete años —que parece más joven— mal de familia, pero toda su vida ha trabajado como comerciante independiente y que no soporta un jefe diciéndole a qué hora llegar o a qué hora salir y menos el confinamiento obligado; además, prefiere la liquidez inmediata. Aunado a esto está mi novio, un escritor cuyo trabajo es ser comercial en un banco mediante subcontratación —como se acostumbra en nuestra provincia—, de quien sus habilidades sociales dejan mucho que decir, sobre todo en términos de todo aquello que necesite ser auscultado en su esencia.

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Thomas Hobbes, autor de «El leviatán»

Hago un barrido rápido sobre tales habitaciones y entiendo que en mi casa ha tomado forma el manicomio que describe Saramago en su novela, mucho antes de la pandemia. Ahora solo se agudiza por la obligación categórica de estar encerrados para evitar morir de una virosis, que de una otra forma se nos hace más lejana que el hambre que vemos caminar hacia nosotros; incluso los menos aventajados mentalmente, sienten temor de que sus proveedores no podamos hacer mucho por ellos en esta extraña situación. Bajo tal escenario no solo recreo el lugar de cuarentena de los ciegos, sino que me embebo en la lectura, sobra decir que con algo de la morbosidad que nos falta bajo las sábanas frías.

En las largas horas que dediqué a terminar mi lectura, fui ligeramente respetada en tal consigna, no obstante Simón, mi perro beagle, se echaba al lado, como a refregarme que tenía su tiempo para mí y el mío para él, ahora que mis dos hijos acampaban en otros lugares. Así que pronto le sobaba el lomo como respuesta a su requerimiento, entre tanto Vodka, mi gato, proponía la más placentera de las cuarentenas y su flojera y relajo eran tal, que me servía de ventana a un mundo que quizás no era este loquero.

A tales distracciones me arrastraban este par de seres, en tanto yo luchaba por volver a pelear con la chica que veía en medio de su propio manicomio, sin comprender la empalagosa miseria a que se dejaba arrastrar por sujetos a los que, con dos ojos, que no es poco, aventajaba. Entendí que el condicionamiento moral nos sirve a veces para justificar la cobardía y otros males de los ánimos débiles. A poco estuve de abandonar la lectura, acaso fuera porque recordé que el autor era prolífico con los desafortunados que gustamos de finales felices, y más adelante envalentonaría a esta pobre mujer.

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No siendo esto poco en mi torbellino de emociones, me preguntaba sobre lo que quizás querría decir Saramago al dividir el manicomio en dos alas principales: derecha, los ciegos, izquierda, futuros ciegos. Es conocido del autor su marcada posición de izquierda. ¿Será alguna clave política la que inspiro su división y por ende el actuar de estos individuos o mera coincidencia de la imaginación «Saramaguiana»?

Hago pausas lógicas para aliviar algunas necesidades que se ven exacerbadas por las continuas limitaciones de los locos —perdón los ciegos—. Recuerdo que mi realidad esta marcada también de una pandemia. Me propongo ponerme al día en noticias y percibo airada una serie de disposiciones que, en pro de salvar el pueblo, se marcan elitistas: prometen mermar la enfermedad acrecentando una especie de ceguera. Me turbo como la esposa del ciego frente a la ventana minutos después de que estos recobraran la vista y creo estar enloqueciendo como ella; quizás sin haber soportado tanto.

Aclaro que su personaje me había parecido débil y mojigato de espíritu, con lo que la olvido para recordar la profunda valentía del perro de las lágrimas; no va de más decir que sacrificarse pensando en ganar los buenos favores del espíritu no es sacrificio, no en mi visión espiritual del mundo, claro. Pero, en cambio, el perro de las lágrimas, tan indómito, pero tan abnegado, parecía tener un viejo aliento felino, no rogaba su comida, la buscaba, y no amaba sino a aquella a por quien había lamido sus lágrimas; consiguió de alguna forma humanizarse mientras mantenía la serenidad que le permitió avivar su espíritu protector. ¿Qué espíritu habitaría en tal personaje literario?

Me quedo en todo caso sin palabras, pero he terminado mi lectura, el miedo me acongoja en gran medida, no querré pensar en todo lo que se avecina, en el alza del dólar, la escasez alimentaria, la reconexión de servicios, el cierre de aeropuertos, las clases virtuales y menos en la economía familiar en prisión domiciliaria.

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No he dicho yo que soy abogada, intentando hacerme un camino, igual que mi novio escritor, tan rica como trabaje un día, con el tiempo congelado, con los litigios obligados a descender por el miedo del hambre y la muerte, no tengo yo, ahora, trabajo.

Como ha dicho bien Hobbes, la diferencia entre hombre y hombre no es tan importante que uno pueda reclamar, a base de ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no pueda aspirar como él. Con esto, el autor simplifica la igualdad humana en términos de la necesidad de sobrevivir o preservarse, finalidad en pro de la cuál se igualan fuertes y débiles desde cualquier aspecto a considerar de tal condición humana, la cual se ve instada a ejecutar acciones que le permitan librarse de las amenazas contra su vida. Es importante señalar que la amenaza produce miedo, y es allí en dónde la igualdad hobbesiana toma fuerza.

Situación está que puede verse reflejada perfectamente en Ensayo sobre la ceguera y a través del cual se busca recrear, mediante un cuidado análisis, cómo esta igualdad planteada se ve exacerbada por el miedo que produce sentir amenazadas las necesidades a que apunta José Saramago cuando habla de preservar la vida, y que describe, en correlación con El leviatán, las pasiones y la aversión o el deseo como esfuerzo constante en la vida humana. No es sólo que «si dos hombres desean la misma cosa que no puede ser disfrutada por ambos se conviertan en enemigos», o que cada cual lucha por su propia «conservación». Es también «el deleite» lo que mueve al combate. Y de ahí el temor y la «previsión» que regula las relaciones interhumanas. (Hobbes, 2013)

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