Confianza en uno mismo

Publicamos este bello fragmento del ensayo «Confianza en uno mismo», sobre el auto conocimiento, de Ralph Waldo Emerson

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CONOCERSE A UNO MISMO ES CONFIAR EN UNO MISMO

Y ahora somos ya hombres, debemos aceptar en el espíritu más elevado el mismo destino trascendente.

10/07/2020
Ralph Waldo Emerson
Ensayo

El otro día leí algunos versos escritos por un ilustre pintor. En versos auténticos y no convencionales como estos el alma oye siempre una admonición, sea cual sea el asunto del que traten. El sentimiento que destilan tiene más valor que ningún otro pensamiento que pudieran contener. Creer en tu propio pensamiento, creer en que lo que consideras verdad en tu fuero interno es verdad para todos los hombres: en eso consiste el espíritu. Deja que hable tu convicción latente, y esta tendrá un significado universal, porque lo más recóndito de tu ser será, a su debido tiempo, lo que mayor alcance ha de tener; y porque nuestro primer pensamiento nos es dado por las trompetas del Juicio Final. Por familiar que nos resulte la voz de la mente que nos habla, la alta estima en que tenemos a Moisés, Platón y Milton se debe a que hicieron caso omiso de los libros y las tradiciones, y se expresaron con sus propias palabras, no con las palabras de los demás hombres.

Un hombre debería aprender a detectar y contemplar ese relámpago de luz que le atraviesa la mente desde el interior de sí mismo, más resplandeciente que el brillo que dejaron en el firmamento los bardos y los sabios que le han precedido. Sin embargo, ese hombre deja pasar por alto su pensamiento tan solo porque es suyo. En toda obra de genio reconocemos las ideas propias que hemos desechado y que vuelven a nosotros con un cierto aire de majestad expropiada. En esto reside la enseñanza conmovedora que nos deparan las grandes obras de arte. Ellas nos enseñan a regirnos con amable inflexibilidad por nuestras primeras impresiones, tanto más si cabe cuando oímos un clamor de voces en contra del otro lado. De no ser así, tal vez mañana cualquier desconocido dirá con certero sentido común lo que nosotros ya habíamos pensado y sentido en todo momento, viéndonos entonces obligados a acatar avergonzados nuestra propia opinión en boca de otra persona.

Hay un momento en la formación de todo hombre en que se llega al convencimiento de que la envidia es ignorancia, y la imitación un suicidio; que un hombre debe tomarse a sí mismo como la porción que le ha tocado en suerte, para bien y para mal; que aunque haya abundancia de bienes en el ancho mundo, no obtendrá más grano de trigo para alimentarse que el que él mismo se haya esforzado en cosechar en el bancal de tierra que le ha sido dado. El poder que reside en él es de una naturaleza inédita, y nadie más que él conoce lo que es capaz de hacer, o ni siquiera eso hasta que él mismo lo haya intentado.

No en vano, un rostro, un carácter, un hecho, le causan una honda impresión, y otros, en cambio, ninguna. Y todo ello no adoptaría una forma en la memoria si no hubiera una armonía preestablecida. El ojo se situó donde un rayo de luz había de caer con el fin de dar testimonio de ese instante. Sin embargo, tan solo nos expresamos a medias, y nos avergonzamos de esa idea divina que cada uno de nosotros representa. Podemos depositar nuestra confianza en ella sin temor a equivocarnos porque es proporcionada y se ajusta a buenas razones. Así podrá ser transmitida fielmente, porque Dios no consentirá que su obra sea divulgada por cobardes. Un hombre se siente cumplido y dichoso cuando ha puesto su corazón en su tarea y ha dado lo mejor de sí mismo, pero si lo que dice o lo que hace no obedece a ese impulso, no encontrará sosiego. Será una liberación que no libera. En el intento, su espíritu le abandona; la musa le rehuye; no hay descubrimiento ni esperanza.

Confía en ti mismo: todos los corazones vibran al pulsar esa cuerda de hierro. Acepta el lugar que la divina providencia reserva para ti, la sociedad de tus contemporáneos, la conexión entre unos acontecimientos y otros. Hay grandes hombres que así lo han hecho y, como si fueran niños, se han confiado al genio de su época, revelando su percepción de que aquello que merecía su confianza más absoluta estaba impreso en su corazón, obrando a través de sus manos, reinando sobre todo su ser. Y ahora somos ya hombres, debemos aceptar en el espíritu más elevado el mismo destino trascendente. No somos menores de edad ni inválidos a salvo en un rincón; no somos cobardes que huyamos ante una revolución, sino adalides, redentores y benefactores que nos plegamos al esfuerzo del Todopoderoso, y que avanzamos en medio del Caos y la Oscuridad

Fuente: Confianza en uno mismo (Ed. Taller del éxito)

  Miguel De Cervantes: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha»

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