Literatura

Carne para caníbales: la sombra colectiva del suicidio

Por: Elbert Coes

La bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento.

En El lobo estepario Harry Haller presenta la crisis de identidad que, por no saber gestionar, deriva en una honda depresión y posteriormente en un intento de suicidio. Como un demagogo de su propia vida —y lo que por facilidad podría llamarse solipsismo­—, el personaje se salva gracias a una especie de alter ego a quien llama Armanda, una mujer que, en su envase, admirado y glorificado por Haller, representa todo lo que este no es, o mejor dicho lo que él ha reprimido de sí mismo a lo largo de su vida.

Situación analógica se halla en El sueño de un hombre ridículo de Dostoievski. Tras fundirse en la desesperanza y el sinsentido, el narrador toma la determinación de dispararse. Antes del cometido da un paseo por las calles de la ciudad, y vuelto a su habitación cae en un sueño profundo, en el que, como tenía previsto en la vigilia, consuma el acto, se dispara. Durante el estado onírico el narrador descubre que la muerte no es precisamente lo que esperaba: en lugar de dejar de sentir o de desaparecer, llevado por un ser desconocido —en efecto también un alter ego—, el narrador recorre con asombro lo que podrían ser los confines de la galaxia, un símbolo de autodescubrimiento.

Por otra parte, Carne para caníbales de Wilmar Ospina Mondragón (reeditado por Klepsidra en 2020), nos introduce en su universo narrativo a través de un conserje que está lejos de ser lo que se llamaría una buena persona, y quien servirá al asunto de mostrar las facetas del suicidio y la sombra en el inconsciente colectivo. En el capítulo «El hedor de la existencia», Eusebio, un negro despreocupado por esconder su carácter en parte obsceno, en parte fisgón, lee el periódico local y una revista nacional mientras cumple su turno en la unidad residencial para la cual trabaja.

Si bien Eusebio podría ser puesto en la misma canasta de Harry Haller y del narrador de El sueño de un hombre ridículo, hay una marcada diferencia, y es la forma en que cada personaje se relaciona con sus sombras. No del todo conscientes de ello, Haller y el narrador de Dostoievski han tenido que enfrentar su alter ego atentando contra la propia vida; en lugar de eso, Eusebio ve la muerte de frente, monologa sobre ella y hasta expresa, con brío y un humor de mala hierba, el modo en que se mataría.

«Carne para caníbales» de Wilmar Ospina Mondragón fue reeditada en 2020 por Klepsidra Editores tras ganar el Premio de Los Lectores

Cada personaje, cada relato, optó por una ruta. Cada uno se salva a su manera. Lo fundamental aquí es que se van de cara hacia sus sombras. Ninguno de ellos puede ser un «hombre bueno» y estar completo a la vez. Lo saben. En realidad, esa insistencia social de «ser buenos» es lo que ha permitido que el «dique» del inconsciente acabe manifestándose a través de sus actos. Hay tres aspectos por los cuales Eusebio es importante aquí: el primero de ellos consiste en el suicidio como una especie de epidemia regional. Sobre todo si se tienen en cuenta, no solo las tentativas de los últimos meses, sino además sus consumaciones. Para la ciudad no es un secreto como tampoco una novedad.

La literatura expuesta permite hacer una comparativa entre Europa y Latinoamérica. Los primeros sufren por sinsentido de la existencia, mientras que los segundos, tal como lo expresa la novela de Wilmar Ospina Mondragón, se quieren quitar la vida porque perdieron su empleo o porque no ven salida a la desesperanza que plantea este sistema económico.  «…el suicidio de un sujeto que, al parecer, por la perdida de su empleo y serios apretones económicos lo habían inducido a la fatal decisión». Una forma visionaria o, mejor dicho, prueba fáctica en que el autor refiere las razones regionales del homicidio del propio cuerpo. Notas suicidas, testigos e incluso videograbaciones, dan fe de esta verdad, sin que por ello se deba descartar otros motivos.

El segundo aspecto que nos permite examinar Eusebio es que el suicidio no es una carga individual, sino que, estrechamente relacionado con las formas de un país, constituye un mal de índole colectivo. Sus preocupaciones tienen mucha relevancia en ese sentido cuando el narrador de Carne para caníbales refiere «y ahora se halla un tanto confundido porque si el muerto que anunciaba la prensa tenía toda la vida por delante, qué tendría él que aún estaba vivo», el mismo Eusebio se responde: «un mundo lleno de incertidumbre, de vida y de muerte».

El suicida que el conserje examina en el periódico decidió lanzarse del complejo urbano Diario del Otún, detrás del cual se levanta una estructura que contiene oficinas de recaudo de servicios públicos y cerca a la sucursal del Citibank. La imagen evidencia la comedia del trágico: este acto suicida, como muchos, es una protesta contra el sistema económico, si bien lo es a título universal, en particular reclama contra la realidad repetitiva de la corrupción y la violencia política en Colombia.

«El sueño de un hombre ridículo», Fiódor Dostoievski

Esta violencia no es solamente, como se pensaría en principio, responsabilidad de quienes gobiernan. El «dique» de la sombra en nuestro inconsciente colectivo no puede resistir la hipocresía y la ortodoxia malintencionada. ¿Es el suicidio otra forma en que la sombra colectiva desborda la represión femenina en el hombre? Cuando aquí se expresa represión femenina, se hace relación a la incapacidad masculina de admitir que no necesariamente debe ser el sostén económico de un régimen construido bajo estamentos patriarcales.

La sombra a la que hace referencia Carl Gustav Jung no es otra cosa que los aspectos de un individuo que han sido subyugados para la creación de la personalidad en pro de adaptarse a las exigencias sociales. Dónde y cuándo se origina esta, son cuestiones a resolver como colectividad.  Eso nos lleva a replantear la interrogante de Eusebio en Carne para caníbales: ¿Qué le espera a un pueblo cuyos líderes políticos han sido aberrantemente corruptos durante los últimos cincuenta años? La respuesta puede ser catártica como desesperanzadora. Sin embargo, verdad es que el pueblo recoge los frutos de su mojigatería, de esconder sus vicisitudes tras la máscara colectiva de la perfección moral. Este moralismo se mimetiza en el deseo de poder y la equivocada motivación frente a la lucha de clases.

Por último, el tercer aspecto que Eusebio nos permite examinar está en él, quien representa al individuo y al mismo tiempo a una colectividad obrera y displicente de nuestra sociedad. Si bien el conserje no es del todo consciente de haber logrado integrar gran parte de sus sombras, los juicios que arroja sobre aquello que sucede delante de sus narices —la noticia de un suicida y un artículo sobre la corrupción—, parecieran venir de una autoridad, y es en parte justamente por la capacidad de juzgarse a sí mismo. Pero decimos aquí una integración de las sombras a medias porque Eusebio no ha logrado ver que también su indiferencia contribuye al rompimiento del «dique» que contiene las sombras colectivas de la nación.

Herman Hesse, autor de «Demian», «Sidharta», «El lobo estepario»

Si bien sostiene criterios como «La sociedad es rebelde políticamente pero obedece, por hambre y necesidad, a sus gobernantes», al mismo tiempo piensa que nada de eso es su problema, que «no le incumbía» porque «el presidente y sus andanzas lo tenían sin cuidado».  Esta actitud, que ya se ha dicho representa al individuo y a la colectividad, si bien no es exclusivamente una consecuencia, sí constituye un aspecto manifiesto de la misma enfermedad llamada corrupción. La indiferencia política es tanto causa como efecto, tanto sombra como resultado de reprimir la sombra, es síntoma y es también malestar.

Una manera de expresar el miedo a salir herido emocionalmente por tomar la decisión equivocada en el sufragio. La falta de integración de un sujeto político suele transferirse a otro hasta volverse sombra colectiva ­—especialmente cuando nos referimos a aspectos reprimidos del carácter—. Así es que constantemente se oye decir en tiempos de sufragio «Yo no voto por nadie», «todos los políticos son corruptos», lo cual de una u otra forma también es una proyección de la incapacidad de un pueblo para elegir sus gobernantes.

Ese «yo» de la sentencia «yo no voto» corresponde a la personalidad de un grupo de individuos indiferentes, donde «personalidad» es el carácter o la máscara que dicha colectividad ha decido mostrar frente a la sociedad para encajar en un grupo no individuado, por supuesto inconsciente de su propio detrimento. De este modo, Eusebio, igual que los suicidas de Dostoievski y Herman Hesse, de una u otra manera ha hecho frente a su sombra, la ha encarado y acabó integrándola, pero estas expresiones del inconsciente y el trabajo de la individuación ­—la integración de las sombras y la creación de una personalidad completa­— representan la búsqueda y la fe de las sociedades, utópicas o esperanzadoras según lo decidamos.

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