Breve historia satírica de Colombia

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Hace infinidad de años existían cuatro grandes potencias: Cocá, Nadá, Lombía y Mayoria. Todas localizadas al norte de Suresclavos, un continente rico en mano de obra pero pobre intelectualmente -por lo general, pues ha tenido grandes pensadores, pero pueblos más adiestrados que los propios animales solo allí se encuentran.

Por John Albornoz

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Cocá tenía bajo su poder grandes ejércitos de papeles verdes y mucha montaña rica en ignorancia; Nadá, poseía los paisajes más hermosos de Suresclavos pero una soledad perpetua caminaba sobre sus nubes, descendía y escupía pobreza en las planicies; Lombía, bajo su circunscripción cobijaba los ríos más limpios y llenos de color grana que se extendían por peñas y se adentraban en lo profundo de los valles de la monotonía; Mayoria estaba constituida por inmensas edificaciones donde se repartían píldoras para adormecer el cerebro y cultivar allí maíces que luego serían comidos por la golondrina de la estupidez.

Un día llegaron invasores –por mar- en busca de la tan preciada experiencia de viaje que aglutinaban en sus barcos estos seres nórdicos que traían consigo un arma demoledora con la que nada hicieron y así como llegaron se fueron, solo eran viajeros; los habitantes de estas cuatro potencias ni los recuerdan pues sus cárceles de enseñanza omiten esta parte de su historia. Lo que sí cuentan es sobre los que llegaron luego: otros hombres que llegaron por mar y traían consigo armas formadas por cuatro ángulos rectos que compartían un mismo vértice, y arrasaron con lo bello del norte de Suresclavos. Cierto, no hay que pasar por alto que este título fue dado por los de Norterialismo, antes no tenía nombre definido ya que vivían felices sin una identidad y sin ser civilizados.

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Debido a la barbarie y esparcimiento de la suprema estupidez causada por horribles cruces, se crearon gracias a la unión de pueblos dos nuevas potencias: Cocalombía y Mayorianadá; así se defendieron ante las hormigas que recitaban oraciones al viento e imponía a la fuerza un barbado Israelí, cuyo retrato de su padre era Griego y descansaba en los lares de todas las tribus cien años después. Cuando los viajeros y su cruzada se fueron en sus impíos barcos llenos de pescaditos de oro a defender su patria de cinco franceses que querían invadirlos. Cocalombía y Mayorianadá empezaron a agredirse con lo que encontrasen en el suelo para demostrar cuál de ellos era el que poseía la ignorancia más sublime y así poder esparcirla a sus nuevas generaciones; como era de esperarse, el poder de la divina carencia de intelecto primó.

Cocalombía pateó con facilidad a Mayorianadá en 1810. En la República de la Ignorante Patria, la primera de la nación; antes de nacer como país. Los extranjeros regresaron con sus cruces, pero ya no pudieron conquistar a pesar de aliarse con el pueblo que perdió la guerra ya que el intelecto de la ahora inexistente Mayorianadá estaba echando raíces y aunque los cruzados traían un buen nivel de mentira, fueron superados por años luz por los criollos nacidos de la unión de los Cocanos y los Lombíanos, usurpadores de las propiedades legítimas por historia de los Mayorias que ahora llaman indígenas; por desgracia las cárceles de enseñanza modificaron de nuevo la verdadera historia. La Constitución de 1821 fue la cúspide de la locura que estuvo firmada y proclamada por una mula -nunca batalló, pues lo hacía su esposa- que al momento de su muerte tomó forma humana y ahora descansa con los testículos al aire en un parque de Pereira.

Tras su firma los ríos que pertenecían a Lombía crecieron de manera inesperada y su color grana era cada vez más oscuro. Ahora la República de la Ignorante Patria tenía un problema más grande que el espesor de las vías fluviales y era la adoración a cruces que años antes habían asesinado a sus ancestros, se erigían en ese entonces casas con inmensas puertas de roble y montones de bancas para el descanso de los adiestrados comandados por un anciano con buena imaginación que adormecía el cerebro de sus feligreses.

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Después de esa Constitución nacieron docenas más y la casa con grandes puertas fue perdiendo estabilidad hasta que empezaron a caer y a levantarse de nuevo muchas veces; el día de hoy siguen en pie, pero con menos credibilidad que antes; Mayorianadá regresó a formar parte de la República de Cocalombía –llamada así en 1863- y se crearon dos grandes movimientos, uno que iba encaminado con la evolución y otro que impedía el progreso y se agarraba del pasado, después se llamaron partidos políticos (rojo y azul respectivamente) cuyos colores representativos significaban: la sangre de los caídos y por caer; y el azul acogía el mantener lo sabido a toda costa y no aceptar nuevos datos además de no cultivar el espíritu libre. Los dos se mataban hasta saciarse por lo que un día decidieron mandar representantes de cada uno a un montículo de tierra a otra parte del planeta para tratar de reducir brechas de ignorancia mientras en Cocalombía con ataques de pendejada y cremación de materia gris generando zombis adictos a la muerte que sucumbían en sus ríos y con ellos los valles y las costas se llenaban de peste; la inteligencia se degradaba cada vez más y era símbolo de exclusión social y exilio.

Muchas Constituciones hubo desde entonces y cinco Repúblicas y nada cambia, los 200 años desde aquella primera Patria Boba demuestran que la falta de intelecto y carencia de identidad van ligados de la mano; la historia no causa efecto en una civilización donde prima la conservación de la irresponsabilidad, la inmadurez y la negación al acceso libre  ideas. Hoy se camina por las calles llenas de rojo inexistencia y preguntas, ¿quién eres? o, ¿qué eres? y muestran un papel con su foto y su huella digital, no hay autoconcepto por la imposición, ni conocimiento de su pasado.

Los ríos crecen y se secan, se agrandan y desaparecen; siempre iguales al son del reloj, el ejército de papeles verdes donde se entrevé una pirámide con un ojo que sabe más del país que sus propios habitantes, los gobierna; la soledad camina por las sendas del alma de cada uno y se posa allí para nunca irse, solo disimula que se va cuando las edificaciones creadoras de maíz cerebral abren sus puertas cada sábado, se juega un partido y hay felicidad que acaba con el inicio del ritual infame e inacabable de las mentes opacadas por el entretenimiento barato; la semana entonces acaba y luego inicia otra en la comida para la mente vacía que es finalizada con un “amén” y todo regresa a la normalidad. Para poder vivir allí no hay otra salida que la ignorancia,

  Trapos rojos

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