Filosofía

Alan Watts: la humanidad debe reconocer su relación con la naturaleza

Por: Elbert Coes

El budismo nunca pronunció su enseñanza final

Filosofo, sacerdote anglicano y experto en religión, a través de su literatura Alan Watts nos acerca a las teosofías orientales sin desprestigio de nuestras costumbres y, lo que es todavía mejor, haciéndonos conscientes de animar a las culturas asiáticas en la misma dirección; la de proteger sus tradiciones y por supuesto su medio ambiente.

Nació en Chislehurt, Inglaterra, en 1915, y desde niño estuvo fascinado por la naturaleza que lo rodeaba, a tal punto que realizaba ritos funerarios a los pájaros muertos, muy probablemente influenciado por la religiosidad de su familia materna. Estas inclinaciones primerizas serían el fundamento para su forma de contemplar la naturaleza de la realidad, tanto externa como de la psique humana.

Cierta experiencia mística durante un momento febril, mientras contemplaba pinturas de arte japonés, lo llevaría a estrechar su relación con las culturas orientales, la cual duraría toda la vida. Más tarde, a Watts se le presentaría esta disyuntiva religiosa inevitable: continuar por la senda de su madre, en el anglicanismo, o bien la de sumergirse en el budismo. Fue entonces cuando empezó a estudiar en el London Buddhist lodge a sus dieciséis y durante varios años.

Alan Watts (1915 – 1973)

Dichos aspectos y afinidades de su infancia serán importantes para algunas de sus tesis. La relativa, por ejemplo, a la relación entre el hombre y la naturaleza, con la cual exhorta además al occidental a abrazar el mundo no como si emanara de él, sino que se asimile que ambos están inevitablemente en constante interacción. Pues no es que el humano haya venido al mundo, sino que salió de él.

En las conferencias recogidas en Salir de la trampa (Editorial Kairós, 1985), Watts plantea otra cuestión que se ha hecho muy común: creer que somos ínfimos en el basto universo, lo que significa que por ser tan pequeños frente a cuerpos astronómicos inmensos carecemos de importancia. Todo esto no son más que mitologías instaladas en el sentido común del Siglo XX; es decir, que resulta innecesario forzar una emancipación del humano frente a las leyes físicas del mundo.

Cuando occidente se desligó de las ideas de un Dios creador y apostó por el ateísmo o una razón práctica, sintió un gran alivió al entender que nadie lo vigilaba. Esta razón humana tiene un conflicto con la razón universal; en primera instancia, ambas parecen incompatibles, de modo que el ser humano prefiere un universo estúpido, al que pueda someter a su antojo, antes que uno organizado por una inteligencia divina. Así pues, nos deshicimos del mito de Dios y el precio que pagamos fue el de sentirnos como simples larvas nadando sin sentido en el vasto océano cósmico. Ahora llenábamos los vacíos con la ciencia, y lo que la ciencia no llenaba se convertía en un universo frío, extraño y estúpido.

Salir de la trampa – Kairós Ed.

¿Tiene en nosotros reversa esta concepción del mundo? No lo sabemos. Sin embargo, lo que Alan Watts propone es evitar intoxicar a los orientales con ella; máxime por esa tendencia a la colonización ideológica tan característica de occidente. Pese a todo, es necesario mantener siempre la concentración en que el ser humano solo sobrevive en la medida en que conserve saludable su entorno; y estas premisas están ya planteadas en el budismo y el taoísmo, ahora corroboradas por investigaciones en las ciencias biológicas.

«Lo que todo ello nos muestra es que no podemos mantenernos aparte como un observador independiente del mundo», reza el texto, «porque el observador es lo que está siendo observado. No estamos separados de ellos». Lo que indica que el humano no es un organismo independiente y que el entorno influye continuamente sobre él. En las culturas orientales y también en las amerindias este es un conocimiento ancestral que se ha ido instalando poco a poco en el sentido común de la actualidad.

Así mismo las ciencias biológicas y experimentales les dan la razón a las filosofías milenarias. Si bien no hay un títere tirando de los hilos de las personas o de las poleas del universo, el mundo se mueve como un cardumen; es decir, el mundo externo va con el ser humano, con su psique, «La cosa va con todos», así como vemos la luminosidad del sol gracias a los ojos, como el murmullo de un arroyo va con nuestros oídos, la tonalidad del mundo va con nuestra psique.

Gran buda sentado, Kamakura

La naturaleza en Alan Watts presenta grandes similitudes con la tesis del Dios de Spinoza. El ser humano es un atributo suyo que al mismo tiempo la contrasta. A la manera plotínica e incluso cabalista, donde la vida resulta del deseo de la conciencia universal de experimentarse a sí misma. En términos concretos adquiere definición por la relación entre el sujeto (el ser humano) y el objeto (la naturaleza). No obstante, el ser humano suele perder el horizonte, olvida que cuidar el exterior es cuidarse también él (y viceversa). Esta aparente separación no es más que para el deleite del uno con el otro, puesto que «con una sola mano no puede darse una palmada», más bien: «Si dos manos se golpean, crean la palmada». (Ibidem).    

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