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En el marco de nuestras Tertulias La Roma, Geografía Oculta, publicamos un cuento de J. G. Ballard, el cual influenció el ánime y la popular película «The Death Note».

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Si esto parece ingenuamente ambicioso, recuerden que yo no había apreciado aún las dimensiones reales y el propósito del poder, y todavía pensaba dentro de los límites de mi mundo estrecho y plano.

J. G. Ballard
Cuento

Usted pregunta: ¿cómo descubrí este poder loco y fantástico? Como al doctor Fausto, ¿me lo concedió el mismo diablo a cambio de mi alma? ¿Tal vez lo obtuve gracias a algún extraño talismán —el ojo de un ídolo, la pata de un mono— escondido de un viejo baúl o legado por un marinero moribundo? ¿O di con él mientras investigaba las obscenidades de los misterios eleusinos y de la misa negra, percibiendo de repente todo su horror y magnitud entre nubes de humo sulfuroso y de incienso?

Nada de eso. De hecho, el poder se me reveló de un modo bastante accidental, en el curso de actividades cotidianas, apareció discretamente en mis manos como un talento para el arte de bordar. En realidad, fue tan inesperado, tan gradual, que al principio no me di cuenta del todo.

Pero de nuevo me pregunta: ¿por qué debería contarles todo esto, escribir las increíbles y hasta ahora insospechadas fuentes de mi poder, catalogar libremente los nombres de mis víctimas, la fecha y la forma exacta del golpe de gracia? ¿Estoy tan loco como para desear que se haga justicia conmigo: la lectura de la sentencia, la capucha negra y el verdugo saltando a mi cuello como Quasimodo, haciendo sonar la campana de la muerte en mi garganta?

No (¡ironía consumada!), es tan extraña la naturaleza de mi poder que no temo transmitir su secreto a todos los que me escuchen. Soy esclavo de ese poder, y cuando lo describo no hago más que servirlo, llevándolo fielmente, como se verá, a su conclusión final.

Pero empecemos por el principio.

Rankin, mi superior inmediato en la compañía Seguros Eternos, se convirtió en el desafortunado instrumento del destino que me descubriría el poder.

Detestaba a Rankin. Era engreído y asertivo, de naturaleza vulgar, y debía su posición únicamente a una astucia verdaderamente desagradable, y a su persistente negativa a recomendarme a la Dirección de Promoción. Había consolidado su puesto de gerente del departamento casándose con la hija de uno de los directores (una bruja triste, añadiría yo) y, por consiguiente, era invulnerable. Nuestra relación se basaba en el desprecio mutuo, pero mientras yo estaba dispuesto a aceptar mi papel, seguro de que mis propias cualidades al final servirían por sí solas para promocionarme frente a los directores, Rankin abusaba deliberadamente de su antigüedad, aprovechando todas las oportunidades para ofenderme y denigrarme.

Él socavaba sistemáticamente mi autoridad sobre el personal de secretaría, que tácitamente estaba bajo mi control, decidiendo las responsabilidades de cada uno caprichosamente. A mí me asignaba proyectos largos y de poca importancia, que me aislaban del resto de los oficinistas. Pero por encima de todo trataba de molestarme con acciones personales. Cantaba, tarareaba, sin ser invitado se sentaba en mi escritorio a parlotear con las mecanógrafas y luego me llamaba a su despacho y me hacía esperar inútilmente mientras se leía de cabo a rabo y en silencio un archivo completo.

Aunque me contenía, mi odio por Rankin crecía cada día más, inexorablemente. Salía de la oficina hirviendo de rabia por sus maldades, y hacía el viaje en tren de vuelta a casa con el periódico abierto pero con los ojos cegados de pura rabia. Las noches y los fines de semana acababan arruinados, páramos poblados por la indignación y la amargura.

Inevitablemente, los pensamientos de venganza crecían, sobre todo cuando empecé a sospechar que Rankin pasaba a dirección informes desfavorables sobre mi trabajo. Sin embargo, era difícil dar con una venganza satisfactoria. Por fin, impulsado por la desesperación, me decidí por un método que despreciaba: la carta anónima, aunque no a los consejeros, pues les habría resultado muy fácil descubrir el origen, sino a Rankin y a su esposa.

Las primeras cartas, con las habituales acusaciones de infidelidad, nunca las envié. Me parecían ingenuas, inadecuadas, también obra evidente de un paranoico víctima de su rencor. Las guardé en una pequeña caja de acero y más adelante las rescribí, sustituyendo las crudezas más manidas por algo más sutil: insinuaciones de perversión y obscenidad que dejaran huellas más profundas de sospecha en la mente del lector.

Fue durante la redacción de una de las cartas dirigida a la señora Rankin, detallando en un viejo cuaderno las más despreciables cualidades de su esposo, cuando descubrí el curioso alivio que me proporcionaba el ejercicio de la composición, de la declaración formal, del lenguaje amenazador de la misiva anónima (que es, sin duda, un género especializado de la literatura, con sus propias reglas clásicas y recursos permitidos), y de la descripción de la crueldad y depravación del sujeto descrito y de la terrible venganza que le esperaba. Por supuesto, esta catarsis es muy familiar para todos aquellos que suelen contarle sus experiencias desagradables a un sacerdote, a un amigo o a la esposa, pero para mí, que llevaba una vida solitaria, sin amigos, ese descubrimiento fue particularmente conmovedor.

Todas las noches cuando llegaba a casa, empezaba a escribir un breve sumario de las perversidades de Rankin, analizando sus motivos e incluso anticipando las ofensas y los abusos del día siguiente. Y lo hacía en forma de narración, dándole gran libertad a mi imaginación, introduciendo situaciones imaginarias y diálogos que servían para poner de relieve el comportamiento atroz de Rankin y mi paciencia estoica.

La compensación era oportuna, pues al mismo tiempo la campaña de Rankin contra mí fue en aumento. Se volvió abiertamente abusivo, criticaba mi trabajo delante de los empleados más jóvenes y hasta amenazaba con informar a los directores. Una tarde me enfureció tanto que apenas pude contenerme y estuve a punto de agredirlo. Corrí a casa, abrí la caja donde guardaba los escritos y busqué alivio en mis diarios. Escribí una página tras otra, recreando en mi relato los sucesos del día, y extendiéndome a continuación hasta nuestro encuentro definitivo durante la siguiente mañana, culminando en el accidente que me salvaría del despido.

Las últimas líneas eran:

… Poco después de las dos en punto de la tarde del día siguiente, mientras espiaba desde su posición habitual en la escalera del séptimo piso a los empleados que regresaban tarde del almuerzo, Rankin perdió de repente el equilibrio, cayó por encima de la barandilla y murió al estrellarse en el vestíbulo de abajo.

Mientras escribía aquella escena ficticia pensé que simplemente estaba haciendo justicia, pero entonces no me di cuenta de que tenía entre los dedos un arma de enorme poder.

Cuando al día siguiente volví a la oficina después de almorzar, me sorprendió encontrar una pequeña multitud reunida frente a la entrada, y un coche de policía y una ambulancia detenidos junto a la acera. Al subir las escaleras salieron del edificio unos policías abriéndoles paso a unos enfermeros que llevaban una camilla en la que podía verse la silueta de un hombre cubierta con una sábana. No se le veía la cara, y por las conversaciones que oí deduje que alguien había muerto. Aparecieron dos de los directores, sorprendidos y consternados.

—¿Quién es? —le pregunté a uno de los chicos de la oficina que iba de un lado a otro, nervioso.

—El señor Rankin —me susurró y señaló el hueco de la escalera—. Se cayó por la barandilla del séptimo piso, cayó al vacío y rompió una de esas baldosas enormes junto al ascensor…

El chico siguió farfullando pero yo le di la espalda, aturdido por la violencia física que flotaba en el aire. La ambulancia se marchó, la multitud se dispersó, los directores regresaron intercambiando gestos de asombro y dolor con otros miembros del personal y los trabajadores encargados de la limpieza se llevaron sus fregonas y cubos, dejando tras de sí una mancha roja y húmeda, y el azulejo roto.

Al cabo de una hora me había recuperado. Sentado frente al despacho vacío de Rankin, viendo a las mecanógrafas revoloteando impotentes alrededor de su escritorio, al parecer sin poder convencerse de que el jefe ya no volvería nunca más, mi corazón empezó a calentarse y a cantar. Me transformé: la enorme carga cuyo peso amenazaba con romperme la espalda acababa de desaparecer, mi mente se relajó, las tensiones y la amargura se disiparon. Rankin se había ido, irremediable y definitivamente. La era de la injusticia había terminado.

Contribuí generosamente a la colecta conmemorativa que se hizo en la oficina, asistí al funeral, regodeándome por dentro, mientras el ataúd se hundía en la tierra, sumándome exageradamente a las expresiones de pesar. Me preparé para ocupar el escritorio de Rankin, mi legítima herencia.

Es fácil imaginar mi sorpresa pocos días después cuando Carter, un hombre más joven, con mucha menos experiencia y considerado en general como mi subordinado, fue promovido para ocupar el puesto de Rankin. Al principio me sentí desconcertado, incapaz de entender la lógica tortuosa que ofendía así todas las leyes de la precedencia y el mérito. Supuse que Rankin había conseguido denigrarme ante mis superiores con verdadera eficacia.

Sin embargo, acepté el desaire, le ofrecí a Carter mi lealtad y lo ayudé a reorganizar la oficina.

Superficialmente, los cambios fueron mínimos. Pero después me di cuenta de que estaban mucho más calculados de lo que parecía al principio, y que pasaban a manos de Carter la mayor parte del poder dentro de la oficina, dejándome a mí con los trabajos de rutina, cuyos archivos nunca salían de la sección y no llegaban a manos de los directores. También vi que durante el último año Carter se había estado familiarizando cuidadosamente con todos los detalles de mi cometido y que se atribuía labores que yo había hecho durante el mandato de Rankin en la oficina.

Al final desafié a Carter abiertamente. Y lejos de ser evasivo, simplemente recalcó mi papel de subordinado. A partir de ese momento hizo caso omiso de mis intentos de acercamiento e hizo todo lo posible por enfrentarse a mí en todo momento.

El insulto final llegó cuando Jacobson se incorporó a la oficina para ocupar el antiguo puesto de Carter y fue oficialmente designado ayudante de Carter.

Esa noche saqué la caja de acero donde guardaba el diario de la época de Rankin y empecé a describir todo lo que estaba sufriendo a manos de Carter.

Durante una pausa, la última entrada en el diario de Rankin me llamó la atención:

… Rankin perdió de repente el equilibrio, cayó por encima de la barandilla y murió al estrellarse en el vestíbulo de abajo.

Las palabras parecían estar vivas, tenían connotaciones extrañamente vibrantes. No eran solo una previsión muy precisa del destino de Rankin, sino que tenían también un poder claramente magnético y compulsivo que las separaba nítidamente del resto de las entradas del diario. En algún lugar dentro de mi mente, una voz inmensa y sombría las entonaba lentamente.

En un impulso repentino volví la página, encontré una hoja en blanco y escribí:

A la tarde siguiente Carter murió en un accidente en la calle frente a la oficina.

¿En qué juego infantil me estaba metiendo? Tuve que sonreír: me sentía tan primitivo e irracional como un brujo haitiano que clava alfileres en la imagen de arcilla de su enemigo.

Estaba sentado en la oficina al día siguiente cuando el chirrido de unos neumáticos frenando en la calle me clavó en la silla. El tráfico se detuvo bruscamente y se produjo un repentino alboroto seguido de silencio. Solo el despacho de Carter daba a la calle, y había salido hacía media hora. Nos apretamos tras el escritorio y nos asomamos por la ventana.

Un coche había patinado sobre el pavimento, se había atravesado en la acera y ahora un grupo de diez o doce hombres lo empujaban con cuidado para devolverlo a la calzada. No había sufrido daños, pero algo que parecía aceite se extendía en lentamente en un charco en el pavimento. Entonces vimos el cuerpo de un hombre tendido debajo el coche, con los brazos y la cabeza extrañamente retorcidos.

El color de su traje me era vagamente familiar.

Dos minutos más tarde supimos que era Carter.

Aquella noche destruí la libreta y todos mis apuntes acerca del comportamiento de Rankin. ¿Eran coincidencias o de alguna manera yo había provocado su muerte y la de Carter? Imposible: no podía haber ninguna conexión concebible entre el diario y las dos muertes. Las marcas de lápiz en las hojas de papel eran líneas arbitrarias de grafito que representaban ideas que solo existían en mi mente.

Pero la solución a mis dudas y especulaciones era tan obvia que no podía evitarla.

Cerré la puerta con llave, abrí la libreta por una página en blanco y busqué algo adecuado. Cogí el periódico de la tarde. Un joven acababa de ser indultado de la pena de muerte por el asesinato de una anciana. La cara del acusado miraba desde una fotografía, con expresión grosera, ceñuda, desalmada.

Escribí:

Frank Taylor murió al día siguiente en la cárcel de Pentonville.

El escándalo por la muerte de Taylor casi provocó la dimisión del ministro del Interior y de los miembros de la comisión de la prisión. Durante los días siguientes los diarios lanzaron acusaciones violentas en todas direcciones y finalmente se supo que Taylor había sido brutalmente golpeado hasta la muerte por sus carceleros. Leí atentamente las pruebas y las conclusiones del tribunal de investigación cuando se publicaron, con la esperanza de que pudieran arrojar alguna luz sobre el nexo extraordinario y malévolo que unía las entradas en mis diarios con las inevitables muertes al día siguiente.

No obstante, como me temía, no encontré nada. Mientras tanto yo seguía tranquilamente en mi despacho, haciendo mi trabajo rutinario, obedeciendo las instrucciones de Jacobson sin hacer comentario alguno, con la mente en otra parte, tratando de comprender la identidad y el significado de ese poder que me había sido otorgado.

Aún escéptico, decidí hacer una prueba final, en la que daría instrucciones detalladas y precisas, para descartar de una vez por todas cualquier posibilidad de coincidencia.

Convenientemente, Jacobson apareció como el sujeto perfecto.

Así, tras cerrar con llave la puerta tras de mí, escribí con dedos temblorosos, temiendo que el lápiz me saltara de la mano y se me clavara en el corazón:

Jacobson murió a las 14:43 del día siguiente, después de cortarse las venas de las muñecas con una navaja de afeitar en el segundo cubículo de la izquierda del lavabo de hombres de la tercera planta.

Metí la libreta en un sobre, lo cerré y lo guardé bajo llave en la caja de acero. Me quedé despierto durante toda la noche, las palabras resonaban en mis oídos, brillando ante mis ojos como joyas infernales.

Tras la muerte de Jacobson —exactamente según mis instrucciones— le dieron al personal del departamento una semana de vacaciones (en parte para mantenerlos lejos de los periodistas curiosos que empezaban a olerse una historia, y también porque los directores creían que Jacobson había sido morbosamente influenciado por las muertes de Rankin y Carter). Durante esos siete días esperé irritado e impaciente la hora de volver a trabajar. Toda mi actitud hacia ese poder había sufrido un cambio considerable. Tras haber verificado positivamente su existencia, aunque no su origen, mi mente se volvió de nuevo hacia el futuro. Con más confianza en mí mismo, me di cuenta de que si me habían concedido ese poder era mi obligación frenar todo temor y utilizarlo. Pensé que yo mismo podía ser simplemente el instrumento de una fuerza superior.

Por otra parte, ¿y si el diario era una especie de espejo del futuro, y yo al describir las muertes simplemente me estaba adelantando de alguna manera fantástica veinticuatro horas en el tiempo, como un cronista de hechos ya ocurridos?

Esas preguntas me perseguían sin descanso.

A mi regreso al trabajo me encontré con que muchos miembros del personal habían renunciado, y que sus puestos habían sido cubiertos con dificultad. La noticia de las tres muertes, el suicidio de Jacobson en particular, había llegado a los periódicos. Aproveché el reconocimiento de los directores, que agradecían a los empleados más antiguos que se quedaran, para consolidar mi posición. Por fin tomé el mando del departamento, pero eso no era más que hacer justicia; porque ahora tenía los ojos puestos en el cargo de consejero.

Literalmente, iba a ponerme los zapatos de los muertos.

En pocas palabras, mi estrategia consistía en precipitar una crisis en los asuntos de la empresa, lo que obligaría a la junta a nombrar nuevos directores ejecutivos entre las filas de los jefes de departamento. Por eso esperé a que faltara una semana para la siguiente reunión de la junta, y entonces escribí cuatro entradas, una para cada uno de los consejeros ejecutivos. Tan pronto como fuera consejero, estaría en posición de impulsarme rápidamente al cargo de presidente de la junta directiva, designando mis propios candidatos a las vacantes a medida que fueran apareciendo sucesivamente. Como presidente debería tener automáticamente un puesto en el consejo de la casa matriz de la empresa, donde repetiría el proceso con las variaciones necesarias. Tan pronto como tuviese a mi alcance un poder real, el ascenso al poder absoluto a nivel nacional, y en última instancia al global, sería rápido e irreversible.

Si esto parece ingenuamente ambicioso, recuerden que yo no había apreciado aún las dimensiones reales y el propósito del poder, y todavía pensaba dentro de los límites de mi mundo estrecho y plano.

Una semana más tarde, cuando las sentencias de los cuatro directores expiraban simultáneamente, yo estaba tranquilamente sentado en mi despacho, reflexionando sobre la brevedad de la vida humana, a la espera de la inevitable citación desde la junta de dirección. Es comprensible que la noticia de las muertes, en una sucesión de accidentes de tráfico, produjera una consternación general en la oficina, que yo aproveché fácilmente pues era el único que mantenía la cabeza fría.

Para mi sorpresa, al día siguiente todo el personal recibimos un mes de sueldo en concepto de indemnización por despido. Completamente estupefacto —al principio creí que me habían descubierto—, protesté ante el presidente, pero me aseguró que aunque apreciaba de veras todo lo que yo había aportado, la empresa no estaba en condiciones de mantenerse como una unidad viable y se dirigía hacia la liquidación forzosa.

¡Una verdadera farsa! Se había hecho una justicia grotesca. Aquella mañana, al salir por última vez de la oficina, me di cuenta de que en el futuro debería usar mi poder sin piedad alguna. La vacilación, el ejercicio de los escrúpulos, el cálculo de estas sutilezas me habían dado supuestamente una mayor vulnerabilidad ante las veleidades y las barbaridades del destino. A partir de entonces sería brutal, implacable, audaz. Además, no debía demorarme. Nada me aseguraba que el poder durara para siempre, dejándome indefenso, en una posición aún menos afortunada que antes de que se me revelara por primera vez.

Mi primera tarea era establecer los límites de mi poder. Durante la siguiente semana llevé a cabo una serie de experimentos para evaluar su capacidad, subiendo progresivamente en la escala del asesinato.

Sucedió que a unos doscientos metros de mi alojamiento estaba una de las principales rutas de descenso hacia el aeropuerto. Durante años yo había sufrido el estruendo insoportable de los aviones que pasaban por encima a intervalos de dos minutos, haciendo temblar las paredes y el techo, invadiendo todo posible pensamiento. Saqué las libretas. Allí había una oportunidad de unir la investigación con la reparación.

Uno se preguntará si no tuve remordimientos de conciencia por las setenta y cinco víctimas lanzadas a la muerte en el cielo de la noche veinticuatro horas después, si no experimenté compasión por los familiares, si dudé de la sabiduría de ejercer ese poder indiscriminadamente.

Y la respuesta es un no rotundo. Lejos de ser indiscriminado, llevaba a cabo un experimento vital para el perfeccionamiento de mi poder.

Decidí tomar un rumbo más audaz. Yo nací en Stretchford, una infame localidad industrial que había hecho todo lo posible por paralizar mi espíritu y mi cuerpo. Por fin la existencia de Stretchford podría encontrar alguna justificación probando la eficacia de mi poder sobre una zona más amplia.

Escribí en la libreta una declaración breve y simple:

Todos los habitantes de Stretchford murieron al mediodía siguiente.

A la mañana siguiente salí a comprar una radio, y esperé pacientemente durante toda la mañana a que interrumpieran las emisiones de los programas de la tarde para emitir los primeros informes horrorizados del holocausto local.

¡Sin embargo, no informaron de nada! Yo estaba asombrado, con la mente confusa, temía estar volviéndome loco. ¿Había desaparecido mi poder, se había desvanecido tan rápida e inesperadamente como había aparecido? ¿O las autoridades ocultaban deliberadamente toda mención del cataclismo, por temor a una histeria nacional?

Inmediatamente me subí al siguiente tren que se dirigía a Stretchford.

En la estación hice algunas discretas averiguaciones, y pude comprobar que la ciudad seguía existiendo. ¿Pero no serían mis informantes parte de la conspiración de silencio del gobierno? ¿El gobierno se habría dado cuenta de que existía una fuerza monstruosa y esperaba atraparla de alguna manera?

Pero la ciudad estaba intacta, las calles repletas de tráfico, y el humo de innumerables fábricas flotando por encima de los tejados ennegrecidos.

Esa noche volví tarde y me encontré a la casera esperándome para importunarme, reclamándome el pago del alquiler. Me las arreglé para posponer sus demandas por un día, y saqué el diario rápidamente y dicté sentencia contra ella, rezando para que el poder no me hubiera abandonado por completo.

Resulta fácil imaginar el dulce alivio que sentí a la mañana siguiente, cuando fue descubierta al pie de la escalera del sótano víctima de un derrame cerebral.

¡Así que mi poder seguía existiendo!

Durante las semanas siguientes se desvelaron sus principales características. En primer lugar, descubrí que solo funcionaba dentro de los límites de la viabilidad. Teóricamente la muerte simultánea de toda la población de Stretchford podría haber sido causada por las explosiones simultáneas de varias bombas de hidrógeno, pero ese evento era aparentemente imposible (vanas son, de hecho, las jactancias de nuestros líderes militaristas) y la orden nunca fue llevada a cabo.

En segundo lugar, el poder se limitaba a la aprobación de la sentencia de muerte. Traté de controlar o pronosticar los movimientos del mercado de valores, los resultados de las carreras de caballos, el comportamiento de mis jefes en mi nuevo trabajo, pero todo fue en vano.

En cuanto al origen del poder, nunca se reveló. Solo pude concluir que yo era un simple agente, el empleado voluntarioso de una macabra némesis que unía como una parábola la punta del lápiz con el pergamino de mis diarios.

A veces me parecía que las breves entradas eran secciones transversales de la narración de algún gran libro de los muertos que existía en otra dimensión, y que a medida que yo las escribía se superponían a la de ese escribano mayor, a lo largo de la fina línea de lápiz que hacía de intersección de nuestros respectivos planos temporales, trayendo a la orilla desde el mar eterno de la muerte la sentencia definitiva de alguna víctima del mundo tangible a mi alrededor.

Mantenía los diarios celosamente guardados en una caja fuerte de acero, y escribía todas las entradas con el máximo cuidado y secreto, para evitar cualquier sospecha que pudiera relacionarme con la ola creciente de muertes y desastres. La mayoría de las anotaciones que realizaba eran exclusivamente para fines experimentales y no me aportaban beneficio personal alguno.

Por eso fue todavía más sorprendente cuando descubrí que la policía había ordenado que se me mantuviera bajo una vigilancia esporádica. Me di cuenta cuando vi al sucesor de mi casera conversando furtivamente con un policía local que señalaba mi habitación y se daba palmaditas en la cabeza, presumiblemente para indicar mis talentos telepáticos y magnéticos. Más tarde, un hombre al que ahora puedo identificar como un detective vestido de civil me paró en la calle con un pretexto endeble y comenzó una conversación insulsa acerca del tiempo, obviamente con el propósito de obtener información.

Nunca presentaron cargos contra mí, pero pronto mis jefes también empezaron a mirarme con curiosidad. Asumí entonces que la posesión del poder me había dado un aura distinta y reconocible, y era eso lo que estimulaba la curiosidad de los demás.

Cuando esta aura empezó a ser detectada por un número cada vez mayor de personas (la advertían ya en las colas del autobús y en las cafeterías), y por alguna razón incompresible la gente empezó a señalarla abiertamente, haciendo comentarios divertidos, supe que el período de utilidad del poder se acababa. Ya no podría ejercerlo sin temor a ser detectado. Tendría que destruir el diario, vender la caja fuerte que durante tanto tiempo había mantenido mi secreto, y probablemente incluso abstenerme de pensar en el poder por si eso era lo que generaba el aura.

Verme obligado a abandonar el poder cuando estaba solo en el umbral de su potencial me parecía un giro cruel del destino. Por razones que todavía me eran desconocidas había logrado penetrar el velo de los lugares comunes y de la familiaridad que enmascara el mundo interior de lo intemporal y lo sobrenatural. ¿Era necesario que el poder y la visión que se me habían revelado se perdieran para siempre?

Me hice esta pregunta mientras hojeaba por última vez mi diario. Estaba casi lleno, y pensé que era uno de los textos más extraordinarios, aunque inédito, de la historia de la literatura. ¡En efecto, en él se establecía la primacía de la pluma sobre la espada!

Saboreando ese pensamiento, tuve de repente una inspiración de extraordinaria fuerza y brillantez. Había tropezado con un método ingenioso pero sencillo para conservar el poder en su forma más impersonal y letal sin tener que ejercerlo yo mismo ni detallar los nombres de las víctimas.

Este era mi plan: escribiría y publicaría una historia aparentemente ficticia, una narración convencional, en la que describiría, con toda franqueza, mi descubrimiento del poder y la historia posterior. Detallaría con precisión los nombres de las víctimas, las circunstancias de sus muertes, el crecimiento de mi diario y la sucesión de experimentos llevados a cabo. Sería escrupulosamente sincero, y no ocultaría nada en absoluto. Por último explicaría mi decisión de abandonar el poder y publicar un informe completo y desapasionado de todo lo que había sucedido.

En consecuencia, después de un considerable trabajo, la historia estuvo acabada y se publicó en una revista de amplia circulación.

¿Se sorprende? Estoy de acuerdo, es como si hubiera firmado mi propia sentencia de muerte con tinta indeleble, enviándome directamente a la horca. Sin embargo, omití una sola parte de la historia: el desenlace, o la sorpresa final, la última vuelta de tuerca. Como todos los cuentos que se precien, este también tiene su giro final de la trama, de hecho es tan violento como para arrancar la Tierra misma de su órbita. Porque eso es precisamente para lo que se diseñó.

Este último giro de la trama es el que contiene mi última orden al poder, mi sentencia de muerte definitiva.

¿Contra quién? ¿Contra quién, sino el mismo lector del cuento?

Ingenioso, sin duda, admitirá usted de buen grado. Mientras queden ejemplares de la revista en circulación (y su proximidad a las víctimas de esta extraordinaria plaga lo garantiza) el poder continuará su tarea de aniquilación. El único a quien no irán a molestar será al autor, pues ningún tribunal aceptará un testimonio indirecto, ¿y quién vivirá para dar testimonio directo?

Pero ¿dónde, preguntará usted, fue publicado el relato, temiendo comprar inadvertidamente la revista y leerla?

Yo le respondo: ¡aquí! Es el relato que se abre ante sus ojos. Saboréelo bien, porque su final es también el de usted. Al leer estas últimas líneas se sentirá abrumado por el horror y la repugnancia, y luego por el miedo, el pánico. El corazón se le encoge… se le acelera el pulso… se le nubla la mente… la vida se le escapa… se está hundiendo… dentro de unos pocos segundos usted se unirá a la eternidad… tres… dos… uno…

¡Ahora!

Cero.

  La invención de la melancolía

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